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Los misterios de Gaudí

Xavier Güell, escritor: "Mejor sería devolver La Sagrada Familia a como estaba cuando Gaudí murió" // El bisnieto de Eusebio Güell publica una muy detallada y emocionante biografía ficcionada del arquitecto Gaudí, cuyo nombre le acompaña desde los años de la infancia

Xavier Güell, tataranieto del hombre que financió a Gaudí en sus proyectos más importantes, hace hablar al personaje en ‘Yo, Gaudí’ (Galaxia Gutenberg), para contarnos la vida de uno de los arquitectos más geniales de la historia.
Xavier Güell, tataranieto del hombre que financió a Gaudí en sus proyectos más importantes, hace hablar al personaje en ‘Yo, Gaudí’ (Galaxia Gutenberg), para contarnos la vida de uno de los arquitectos más geniales de la historia.

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ (TEXTO Y FOTOS)  | 19.10.2019 
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El 7 de junio de 1926 el arquitecto Antoni Gaudí fue atropellado por un tranvía en Barcelona.

Tres días después, moría: tardaron más de cuarenta y ocho horas en percatarse de que aquel hombre, casi vestido como un mendigo, era, en realidad, el gran genio de la arquitectura. Muchos años después, su figura sigue muy presente en la ciudad, como uno de los más afamados y polémicos creadores que Cataluña haya dado nunca. La obra de Gaudí, que sigue creciendo casi un siglo después con las obras, también polémicas, de La Sagrada Familia, es rescatada ahora por un descendiente del Conde de Güell, que fue el gran mecenas y protector de Gaudí. El hombre que lo conoció aun siendo muy joven y que lo apoyó prácticamente en todas sus obras. Xavier Güell, director de orquesta durante muchísimos años, educado musicalmente cerca de genios de Bernstein o Celebidache, charló largamente para este suplemento con Miguel Giráldez en torno a la vida personal de Antoni Gaudí, todavía hoy muy desconocida. El Gaudí encerrado en sí mismo, cada vez más aislado del mundo, próximo al misticismo, discurre por las magníficas páginas de ‘Yo, Gaudí’, el libro que Xavier Güell acaba de publicar en Galaxia Gutenberg. Porque es cierto que la obra del gran arquitecto de Reus es bien conocida y celebrada, y también sus polémicas con el Modernismo, y su aversión a viajar, y su interés en las geometrías y en la extrañeza de los números. Pero pocas veces como en esta biografía envuelta en un aire de novela, escrita por Xavier Güell, hemos tenido la oportunidad de sentir tan cerca al artista, a este hombre tan especial que fue Antoni Gaudí. Y todo ello contado por un descendiente de Eusebio Güell. 

 

La figura del arquitecto Antoni Gaudí (Reus, 1852) sigue envuelta en un cierto misterio personal, cultivado por él, especialmente en los últimos años de su vida. Su obra, fundamentalmente llevada a cabo en Cataluña (conocida era su gran aversión a viajar) es hoy celebrada mundialmente, de manera especial el gran templo de La Sagrada Familia de Barcelona, una obra inacabada que sigue en construcción. Más allá de las polémicas originadas por las interpretaciones contemporáneas de las ideas arquitectónicas de Gaudí, y también por las controversias a las que su obra dio lugar en vida, lo cierto es que Antoni Gaudí como ser humano siempre resultó críptico y enigmático.

Su obra no dejó indiferente a nadie, como quizás no podría ser de otra manera, al tratarse de un artista verdaderamente único que apenas puede compararse con ningún otro. Pero, ¿cómo era Gaudí? Difícil en el trato, eso se sabe. Amigo de contemplar el mundo, de vivir en cierta soledad. También se sabe. Pero lo cierto es que no siempre fue así.

Su mayor protector y mecenas fue, como es sabido, el conde Güell, que conoció a Gaudí cuando empezaba, apenas con 26 años. Eusebio Güell se interesó por el joven arquitecto desde el principio. Consideró que él era la persona ideal para llevar a cabo las muchas ideas que tenía sobre la posibilidad de modernizar la ciudad de Barcelona. Esa unión entre mecenas y artista continuaría toda la vida. Así que, en gran medida, debemos a la familia Güell la carrera fulgurante de Antonio Gaudí: sin su apoyo es muy probable que no hubiera podido realizar muchos de sus complejos proyectos. Uno de los descendientes de Eusebio Güell es el director de orquesta y musicólogo Xavier Güell, con el que mantuve esta semana una larguísima conversación sobre su tatarabuelo, y sobre cómo influyó decisivamente en el arquitecto de Reus. Parte de ella se reproduce a continuación. Xavier Güell acaba de publicar en Galaxia Gutenberg ‘Yo, Gaudí’, una biografía envuelta también en las nieblas de la ficción: en ella Gaudí habla, a través del descendiente de su principal mecenas. Xavier Güell utiliza el artificio literario de 21 cartas que, supuestamente, Gaudí envió al hijo de su único vecino en el Parque Güell (Alfonso Trías), escritas (también supuestamente) mientras se recuperaba de una enfermedad grave en la Cerdaña, bajo el cuidado de su médico Santaló.

El artificio, resuelto con gran eficacia, nos sirve para adentrarnos en las brumas personales de Gaudí, del que tan poco sabemos. Xavier Güell nos presenta al arquitecto que su familia conoció tan de cerca, y al que apoyó durante tantos años. Un viaje emocional a una figura controvertida y excepcional, uno de los grandes creadores de la ciudad de Barcelona. Y no sólo de Barcelona.

Me encuentro con Xavier Güell en A Coruña, a media tarde. Hablamos largamente, emocionadamente. Él, acostumbrado a la música y a la pasión de la dirección de orquesta, se mueve en su asiento, agita las manos de vez en cuando, compone en el aire, casi diría, la música que anima la figura de Antoni Gaudí. Todo lo que dice Xavier denota su cercanía al artista, al que fue conociendo durante años, porque la memoria de Gaudí era omnipresente en la casa de los Güell.

Tú tienes una gran carrera musical a tus espaldas. Estudiaste con grandes maestros, como Bernsteiny Celibidache. Has dirigido orquestas y sigues haciéndolo, pero desde hace unos años combinas esa profesión con el trabajo literario, y ya has publicado algunos libros. Ahora, este gran viaje hacia la personalidad de Gaudí. ¿Cómo ha sido para ti ese movimiento, desde la música a la literatura?

Yo diría que muy natural. Porque sigo haciendo lo mismo que cuando tengo una partitura delante: interpretar lo que veo. Lo importante no está en las notas, que no las puedes cambiar, sino en lo que hay entre ellas. La parte emocional, lo que tiene que ver con la intuición. Lo que no es evidente. Me identificaba mucho con la obra que dirigía, me la sabía de memoria, porque la verdad es que me sentía como si fuera el propio autor. Eso me lo dijo Bernstein, cuando fui asistente suyo: “si tocas a Mahler, tiene que creer que eres Mahler. Yo soy Mahler. Si no lo creyera, no podría dirigir una obra suya”. Y cuando haces un Shakespeare, tienes que creer que eres Othello o Falstaff. Al escribir, interpreto la vida de otros. Como ahora con Gaudí. Por eso escribo habitualmente en primera persona.

No habrá sido fácil escribir de un personaje tan escurridizo.

Bueno, desde el principio me di cuenta de que lo conocido de él es su obra. Pero su personalidad es otra cosa. Su mundo interior, muy profundo, es muy desconocido todavía hoy. Gaudí era una persona muy difícil de carácter. Era muy tímido, le disgustaba compartir lo que pensaba con los demás.

Nunca tuvo alumnos ni escribió casi nada. Ni siquiera cartas. Se fue retirando a su vida interior poco a poco, y curiosamente ese es el Gaudí que más se conoce. El Gaudí de los últimos años. Como sabes, muere tres días después de ser atropellado por un tranvía, pasan muchas horas hasta que lo reconocen en la sala común del hospital, es ya un hombre solo. Se habría podido salvar, la verdad.

¿Es ‘Yo, Gaudí’ una biografía?

No, es un recorrido vital. No es lo mismo. Por supuesto, voy analizando su vida a medida que ejecuta sus dieciséis obras, que empiezan con el Capricho de Comillas hasta lo último que hizo de La Sagrada Familia. Lo que hace Gaudí es convertirse en un arquitecto asombroso que sobrepasa todo lo que se hacía en su tiempo. El suyo es un viaje vital fascinante. Yo creo que las cinco últimas obras, a partir del Parque Güell, que me parece una obra maestra, y de la Colonia Güell, que también lo es, forman parte del legado imprescindible de la humanidad, como, por ejemplo, los últimos cuartetos de Beethoven o la última Pietá de Miguel Ángel.


Para mí es muy emocionante estar frente a alguien de la familia Güell, tan cercana a Gaudí. Nunca pensé que me ocurriría. Imagino que tú también has sentido la presencia del arquitecto Gaudí durante toda tu vida.

Por supuesto. Siempre ha estado ahí. Desde mi infancia viví en el entorno de Gaudí. Mi padre y mi abuelo me explicaban la fantástica relación que Eusebio Güell tenía con el artista, una relación que dura toda una vida y que va mucho más allá de la figura del mecenas que paga obras con su dinero. No, esto fue todo un proyecto vital. Güell conoce a Gaudí después de ver una vitrina suya en el pabellón español en la Gran Exposición Universal de París. Muy pronto se da cuenta de que quiere trabajar con él, que es a quien estaba buscando. Sabe que es su hombre. Pero Gaudí no era nadie todavía, apenas tenía 26 años. Güell tenía 31 años cuando lo conoció. Era senador real y diputado provincial. Martorell, un arquitecto famoso entonces, le dice que no sabe si Gaudí es un loco o un genio. Y ahí va a comenzar ese proyecto conjunto, que no es otro que el de la Barcelona moderna, ese sueño trasformador que tenía Eusebio Güell. Hasta que Güell muere, en 1918, la relación será maravillosa y muy creativa.

Gaudí llega a Barcelona para estudiar arquitectura y se encuentra con una ciudad polvorienta, una ciudad que le parece un gran almacén. Es el momento es que sabe que es necesario intervenir, hacer algo nuevo.

Gaudí, que hizo todo lo posible en su vida para no viajar, que viajó poquísimo (aprovechó mucho la incipiente fotografía, se ayudó de ella, y así no se movía del sitio) es, por encima de todo, de Tarragona. Ama el Mediterráneo, esa luz que le parecía perfecta para admirar las cosas (cuarenta y cinco grados de inclinación), y ama también las tierras rojas de Tarragona. Gaudí pensaba que sólo se podía hacer arte en lugares con la luz adecuada, porque, con otra inclinación, nada se podía ver bien. Por eso cree, por ejemplo, que en el norte el arte no es posible, o poco menos.

Yo, por circunstancias, la primera obra de Gaudí que vi fue la Casa de Botines de León. Para un niño, aquello era todo un castillo mágico. Mi madre tenía tuvo allí, durante algunos años, la consulta de su dentista. Así que yo me paseaba por los pasillos de la Casa de Botines sin saber muy bien lo que significaba. Pero me gustaba mucho. 

Es una buena manera de descubrir a Gaudí, desde luego. La etapa de León es complicada, también, en su biografía. En realidad, como sabes, sólo hizo tres obras y una restauración fuera de Cataluña. Y la primera que hace, que es el Capricho de Comillas, un jardín de los sentidos y los placeres en Cantabria, ni siquiera la visita. Astorga sí, porque allí estaba el obispo Grau, buen amigo, nacido también en Reus, que termina convenciéndole para que proyecte la obra, una vez que, al poco de tomar posesión del obispado, la sede de Astorga sufrió un aparatoso incendio. Y Gaudí acepta construir el palacio episcopal. 

El obispo va a morir en una visita a Zamora, y finalmentea pesar de que le expulsan de las obras, van a pedirle a Barcelona que vuelva. que se haga cargo del proyecto, aunque él en principio se niega, porque considera que su experiencia en Astorga había sido muy difícil.

En el libro se cuentan todas esas vicisitudes [modificaciones del proyecto original, dudas sobre las ideas de Gaudí, etc]. Como León está muy cerca de Astorga, Güell le pide que vaya a ver a dos familias del entorno textil, socios suyos, Fernández y Andrés (descendientes de Botines), por lo visto quieren construir en el mismo centro de la ciudad, no lejos de la catedral gótica, una casa y un almacén. Y Gaudí, por su amistad con Güell, acepta. Así que la Casa de Botines será su segunda obra en León [también envuelta en cierta polémica, especialmente por lo que se refiere a la cimentación]. Una obra que, como sabes, no se parece absolutamente en nada a todo lo que la rodea. Hace esta obra y la de Astorga prácticamente en unos cuatro años, y fue, yo diría, la única vez que salió verdaderamente de Cataluña y la única que vez que supervisa algo lejos de casa.

Gaudí, como dices no era un hombre fácil. Y, además, en tu libro nos recuerdas sus lados más enigmáticos, sus contextos esotéricos, la numerología, etc.

Sí, empezando por esto de las 21 cartas, que tiene que ver con la numerología y la Cábala. Bueno, le influían mucho este tipo de cosas. Los números, los ‘rosacruces’, algo que estaba en el ambiente de la época. Incluyendo la masonería, en la que yo creo que estuvo integrado en una etapa corta de su vida. Esto es significativo.

No hay que olvidar que Reus era la segunda ciudad masónica de España. Su mejor amigo desde la infancia, Eduard Toda, era un importante masón y diplomático, un gran egiptólogo.Habían descubierto juntos la tumba del Duque de Wharton, fundador de la masonería en España en el siglo XVIII, en las ruinas del monasterio de Poblet. Creo que alguien que no perteneciera a la masonería no podría haber construido nunca el Parque Güell, que está absolutamente lleno de esta simbología. Es importante destacar también su mundo esotérico, por otra parte. Gaudí sorprende porque termina siendo un muy ferviente católico, pero al tiempo tuvo todas estas influencias, era republicano, y, desde luego, profundamente catalán.

Hay también un lado político en tu libro.

Sí, estoy muy contento precisamente con esa parte. Hay que pensar que aquí emerge la figura de Joan Maragall, el gran intelectual y poeta catalanista de la época. Era íntimo de Gaudí. Sin duda Maragall influyó mucho en Gaudí y le ayudó a comprender cuál era la razón por la que el concierto español, la forma de ensamblar tanta diversidad, no había salido adecuadamente. Le parecía que no se comprendía bien ese hecho diverso. Era necesario, decía, entender la naturaleza de un país tan dispar, y contra eso, aseguraba, no se podía luchar. Es el hecho distinto para Maragall lo que verdaderamente nos une: los distintas formas de pensar que deben armonizarse y conjugarse. Si no se armoniza esta riqueza cultural, habrá problemas. Maragall advierte que ha habido un ensimismamiento a partir del XIX, cuando España, con su potencial y su diversidad, podría haber llegado mucho más lejos de lo que llegó. Y yo creo que es cierto, que, en el fondo, seguimos teniendo los mismos problemas que teníamos hace cien años. Seguimos sin reconocernos a nosotros mismos, sin reconocer nuestra esencia que nos daría muchos más éxitos. En la contradicción, no hay progreso.

¿Cómo hubiera sido Gaudí hoy?

No muy distinto. Es que la situación de hoy no es tan diferente de aquella. Republicano, catalanista. Sería igual. Lo que pasa es que Gaudí no era político, ni tampoco articulaba un pensamiento político.

Unamuno, tan amigo de Maragall, es también muy importante en tu libro. Ahora, tan de moda con la película de Amenábar, su figura vuelve a reivindicarse. Pero con Gaudí no tuvo mucha química.

Bueno, eran dos espíritus demasiado parecidos como para estar juntos. Eran dos leones en la misma jaula. Unamuno le dice que le produce terror La Sagrada Familia, le parece, y es un cañonazo, que el exterior y el interior de la basílica no se corresponden. Él se revuelve y le dice que los del norte no pueden entender nada del arte. Unamuno se comporta de forma antipática, como era, pero le dice que no hay comunicación ente el exterior superficial y la intensidad dramática que tiene la basílica por dentro. Pero era imposible que se llevaran bien, eso está claro.

Gaudí abominaba de la decoración absurda, sin motivo estructural. Pero su obra es una sinfonía de detalles, parece una contradicción.

Gaudí viene de una familia de artesanos. Ocho generaciones de caldereros de Reus. Hacían piezas con cobre. Por eso le encantaba modelar y trabajar con muchos materiales, como el trencadís, su uso de la cerámica, que tiene mucho de Monet y de los impresionistas. Ves la Sala hipóstila del Parque Güell y te das cuenta de todo eso.

Recuerdo que visité el parque, un día de verano, el sol cayendo a plomo. ¡Y subiendo aquellas calles! ¿Tú recuerdas la primera vez que viste el parque Güell?

Tendría siete u ocho años y me llevó allí mi abuelo. Fíjate que iba a ser una urbanización para cuarenta familias, así que después de todo fue un proyecto fallido. Sólo se vendió una casa, la del abogado Martí Trías. Gaudí paseaba con su hijo, tuvo una relación muy especial con Alfonso Trías, y por eso decidí que a él le dedicaba las cartas que utilizo para el argumento del libro.

Gaudí no fue siempre tan místico como al final de su vida.

No, no. Incluso fue anticlerical en su época de estudiante. Grau fue quien le cambió radicalmente. Le dice que es el mejor, pero que necesita guiarse por el gran espíritu, como dice Kant. Es la distancia entre lo bello y lo sublime. Todo eso le hace cambiar, le trastorna un poco y esa presencia espiritual, bastante tormentosa a veces (ayunos, etc), le provoca un progresivo aislamiento, y, como Mahler, él se aleja del ruido del mundo.En los últimos años, tras la muerte de Güell, Gaudí está frustrado con la lentitud de las obras en la Sagrada Familia, se abandona, lo confunden con un mendigo. Es un Gaudí triste, con nueces en el bolsillo. A veces piensas (lo dejo caer en la novela) que su muerte fue más provocada de lo que se dice, pero, por supuesto, no se sabe. Quizás estaba harto ya de no morir. Y de que la basílica no avance, por las muchas dificultades económicas. Creo que las obras actuales en La Sagrada Familia no le gustarían nada. Pero es su culpa: no dejó planos, no se conservan las maquetas… Todo estaba en su cabeza. Y no se puede copiar la obra de Gaudí. Todos lo están haciendo, desde el que designó como seguidor. Creo que sólo Jujol, que es responsable de varias cosas en la obra de Gaudí, podría haberlo hecho bien. Era el elegido en principio, pero finalmente no fue así, y pienso que se equivocó absolutamente. Hoy la Sagrada Familia no es más que una imitación kitsch, es un desastre anunciado. Y mejor sería volver a lo que dejó en el año 26 cuando murió.