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TRIBUNA LIBRE

Nélida Piñón, ojos de miel

ALBERTO BARCIELA PERIODISTA Y REDONDELANO   | 03.11.2019 
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Nélida Piñón goza la cualidad de otear las almas, de escudriñar más alla de lo meramente aparente, de intuir decencias, saberes y motivaciones. Auspiciada por la magia inspirada de su sangre gallega, hermosamente meiga, la escritora alcanza a ver lo que otros siquiera columbran. Lo hace inspirada por una cultura calmada, genética o voluntariamente adquirida, por una curiosidad incomensurable, por una sensibilidad esencialmente femenina. Así lo demuestra en Una furtiva lágrima, su último libro, dedicado a su inolvidable Gravetinho.

Es versada en saberes, aconteceres y horizontes diversos. Estudia, vive con intensidad y viaja sin alevosía. Devora libros, instantes y paisajes. Los deglute con glotonería y establece la receta con la que habrá de compartirlos en su escritos. Sabe lo que busca: aromas de racionalidad, componendas de certezas, una esperanza para sí misma y para los demás. Hay intención. Sus vislumbres adquieren el tono genuino de quien sabe conservar con complacencia, analizar con esmero y urdir con palabras. Puede ser una sacerdotisa, un émulo de diosa descreída, pero, en lo esencial, se sabe peregrina en la selva menuda, mundana, desgranada. Sus flechas son casi tan cautivadoras como su conversación. Fluyen de su prodigiosa oralidad o del recoveco de sus textos.


En su migrar llega con Una furtiva lágrima -Editorial Alfaguara-. Lo hace en un momento en la que el agua y la sal derramadas suponen emoción de vivir cada instante, de hacerlo con la intensidad de quien, siendo niña, encontró en la cultura la posibilidad de justificar una existencia; de quien, cuando fue adulta, escribió contando sus raíces y sus matices plurisociales, mestizos; de quien alcanzó la revolución intelectual, capaz de crear sus propia ideología, su misma República de los Sueños; de quien, al llegar a la madurez experta, entorna coqueta los ojos menudos para ver en grande su interior y sacar lo mejor de sí misma. Uno se la imagina ya de cría alcanzado el entendimiento desde los anaqueles de la librería en la que su padre le abrió una cuenta para que dispusiese de toda el saber leíble, ficcionado o real, desde los westerns hasta Homero, en un hilo que pasa de los mitos helenos a los poetas franceses e ingleses, a los filósofos de todos los tiempos. Todo, con el murmullo candescente de la música de Verdi, Wagner, Mozart o Bach. La vida es una gran representación, como la de esas óperas que tanto placer aportan.


Su nuevo libro es una glosario de momentos a los que la Premio Príncipe de Asturias de las Letras nos aproxima como proyectando sombras sobre nuestra caverna. Y lo hace recurriendo a Epicuro, a Inocencio X de Velázquez -con el que se reencuentra periódicamente en distintos escenarios-, a Pablo de Tarso, a Wagner, a Carlos V, a su familia gallega, a Cotobade y Brasil. Nélida comprende a Penélope. Es mujer, teje y desteje con palabras; pero en este caso es la fémina la que viaja, es ella la que se traslada de Río de Janeiro a Borela, y de la aldea al mundo, de la máquina de escribir al ordenador más sofisticado. Viaja, sí, por la historia y la filosofía, por la gastronomía y la educación delicada, por la familia -Carmen, Lino, Amada, Daniel...- y los amigos. Lo hace incluso para alcanzar las almas de los seres queridos que siempre estarán presentes y hasta el espíritu de los que, no estando físicamente a su lado, tenemos la dicha de ser sus seres queridos: Karla, Kristie, Carmensa de la Hoz, Aureliano, las Koplovich, Bethhy Lagarderè, Carmen Iglesias, los Mariño, los Piñeiro, Manolo Cruz... Ahí radican los académicos vitales, los sarmientos con los que compone su diccionario emocional y referencial, aquel que le permite abrir de par en par su corazón, generoso anfitrión, complementario del Académico estricto o de las amistades excelsas de una profesión que la han encontrado en la relación de familiaridad con Gabo, Saramago,Vargas Llosa, Alberto Manguel y cuantos genios contemporáneos quieran imaginar. Gente civilizada, como diría su referencial Machado de Asiss o exigiría su amiga hermana Carmen Balcells.


Nélida Piñón es una dama, una señora de la vida y de las letras, una profunda conocedora de la semántica, de la lingüística, de la narración. Una golosa componedora de adjetivaciones únicas. Eleva una frase a lo sublime. No se corrompe con sentimentalismos vacuos y disimula sus dolores -quién no lo hace- con la fortaleza de quien ha de tomar sus propias decisiones. Escribe: "Soy mestiza y me gusta (...) Soy mujer, brasileña, escritora, cosmopolita, aldeana, un ser de todas partes, de todos los puertos (...) Soy diversa, soy muchas". Y añade, "sí, soy una mujer de la fantasía, de la realidad, soy la mujer del pasado que se quedó atrás, soy la mujer que voy a conocer el mañana. Una mujer en permanente metamorfosis. Todos somos múltiples. La vida cobra cambios, mudanzas, alternativas. La inteligencia promueve el cambio, la misma lectura de un periódico". Creyente declarada, lectora compulsa de la Biblia, goza la esperanza del reencuentro y, entre tanto, juega con los mitos y con los dioses minúsculos.

En Una furtiva lágrima, Nélida se apasiona, se enamora y, sin pudor, hace el amor en público, con sus adoradas palabras. Transgrede lo justo para trasladarnos su obra más escatológica, sus últimas verdades, es el preludio de una novela sobre el Portugal del XIX, que llegará tan inmensa como esta misma obra que les comento. Conversaremos sobre ella mientras visitamos a las vacas en el campo, pues la Piñón siempre regresa desde A Lagoa a Galicia para comer caldo y empanada de bacalao con pasas, con la humildad de quien comparte sus mesa y su literatura, la misma sencillez de quien en su imaginario sigue subiendo a Pé da Múa, en Cotobade, para otear el universo pensando en los otros. Quizás ese sea el secreto de su armonía textual, su elixir de amor para conquistar intelectos, y también su melodía emocional, en la que habitamos acobijados sus amigos y admiradores.

 

La vi turbarse con sus vecinos rezando en la capilla del hermoso puente de Borela y en una visita sorpresa al muelle de Vigo, desde el que los emigrantes partían hacia América. Ella llegó allí desde Río siendo una niña.

Tiene unos ojos muy peculiares, casi orientales, y un mirar admirado. En su persona permanece abierta esa emoción tan gallega como universal, dibujada esa geografía humana a la que siempre regresa en sus paseos por el mundo y en sus escritos, esa Tierra, Madre y Señora, amada y furtiva que está dondequiera que se encuentre. El bagaje repleto, como sus maletas baúles mundo.

Para este artículo, tomo prestado el título de una hermoso poema, de una canción, que Luis Tosar, Presidente del Pen Club de Galicia, amigo también de Nélida, dedicó a una buena ferrolana. Tres palabras, Olliños de Mel, definen la dulzura de mi querida amiga Nélida.