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Once días ante El Chicle: retales de un juicio con notas al margen

Frases atrevidas, salidas de tono, piques ante el estrado, momentos bochornosos y hasta hilaridad contenida: este es el relato que complementa la crónica de uno de los procesos judiciales más mediáticos de España: el del crimen de Diana Quer

A la izqda., El Chicle declarando ante el juez; a la dcha., Juan Carlos Quer, padre de la víctima, atiende a los periodistas - FOTO: Fernando Blanco
A la izqda., El Chicle declarando ante el juez; a la dcha., Juan Carlos Quer, padre de la víctima, atiende a los periodistas - FOTO: Fernando Blanco

SUSO SOUTO /F. BLANCO-A. HERNÁNDEZ-EFE   | 08.12.2019 
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Once sesiones de juicio, con más de 90 testigos y en base a una instrucción de 14 tomos (más de 5.000 páginas) en la que se analizaron 16 millones de datos procedentes de varias videocámaras y de 8.000 antenas de telefonía, dan para mucho. Es el caso del crimen de Diana Quer, que sentó en el banquillo al rianxeiro José Enrique Abuín Gey El Chicle.

Lo sustancial ya se juzgó, llenó ríos de tinta y está a la espera de sentencia. Pero en la sala sexta de la Audiencia Provincial de A Coruña pasaron esos días muchas otras cosas que, aún sin tener demasiada relevancia judicial, complementan el relato de lo que ocurrió y se dijo ante el tribunal. Momentos, frases y curiosidades, duros en algunos casos, distendidos en otros. Son los retales de uno de los juicios más mediáticos de los últimos años en España.

Desde que el juez Ángel Pantín le tomó declaración al acusado el primer día hasta que le ofreció el último turno de palabra, Abuín no se desprendió de su cazadora vaquera. Ni siquiera cuando resoplaba acalorado. En realidad, más que una prenda fetiche parecía ser para él una cortina: subía o encartaba el cuello de esa prenda para esconderse de las cámaras, para no cruzar su mirada con los padres de la víctima y para no ver en el monitor de su mesa las imágenes del cadáver de la joven a la que, según el veredicto, raptó, agredió sexualmente y asesinó con alevosía para ocultarlo en un pozo de una nave de Rianxo y guardar silencio casi 500 días.

El pasado 12 de noviembre, el jurado escuchó su versión. Estaba tranquilo y, mientras relataba cómo, según él, mató a Diana "sin querer" estrangulándola con una mano, se metió en un jardín que, por un momento, pareció preocuparle más que el crimen. Al explicar que se asustó al verla muerta y que decidió ocultar el cuerpo porque tenía antecedentes por tráfico de drogas, frenó el relato para preguntar: "Pero... aquí no me van a juzgar por eso, ¿no?".

Luego, tirando piedras contra su propio tejado, presumió de ser capaz de "levantar el peso de mi cuerpo con dos dedos".

Durante los once días, estuvo solo ante el jurado. No acudieron sus padres y, uno a uno, los que un día fueron de su círculo íntimo le fueron negando ante el estrado. Empezando por su esposa, Rosario Rodríguez, quien dejó claro al sentarse que están "divorciados totalmente", hasta su hermana María Jesús, que sólo dijo buenos días, porque se negó a declarar: ni a favor, ni en contra. Incluso su compañero de juergas, Manuel Somoza, le negó para siempre: "Éramos amigos, ya no", se apresuró a aclarar.


"¿En un atraco? ¿yo?". Hubo incluso quien se llevó un buen susto cuando, al escuchar mal al juez, creyó que le estaba relacionando en un hecho delictivo con el acusado. Fue un feriante que, cuando su señoría le preguntó aquello de "¿Conoce al acusado? ¿Tuvo algún trato con él?", entendió: "¿Conoce al acusado? ¿Estuvo en un atraco con él?". El hombre respondió indignado: "¿En un atraco? ¿Yo? ¡Yo no estuve en ningún atraco con ese señor!".

La abogada de Abuín, Fernanda Álvarez, hizo un brillante ejercicio de la presunción de inocencia y del valor de la prueba, pero no lo tuvo fácil ante el contundente trabajo de los investigadores. Las periciales fueron tan minuciosas que, por ejemplo, se esperó a hacer el informe de luminosidad de la nave a que hubiese el mismo ciclo lunar que el día del crimen. Y, para sumergir en el pozo un bolso similar al de Diana, se introdujeron objetos iguales a los que tenía dentro (gafas, auriculares...).

El momento más duro fue el visionado (sólo por las partes y el tribunal) del vídeo del rescate del cuerpo (del que se habían desprendido la cabeza y las manos). El rostro del juez, horrorizado, fue ilustrativo. El Chicle no quiso verlo. Los agentes contaron que, tras su confesión, tampoco quiso acercarse al pozo ese día. Les dijo que tenía grabada la cara de la chica. Su cobardía contrastó con el respeto que el perro adiestrado parecía mostrar al sentarse sobre la arqueta para marcar el lugar.

También fue espeluznante el vídeo de la reconstrucción de los hechos, en el que Juan Carlos Quer tuvo que ver cómo el asesino confeso se reía a carcajadas. "¡Podría ser tu hija!", le dijo, consciente de que sería expulsado.

En sus conclusiones, Fernanda Álvarez dijo que la expresión "morena, ven aquí" que los investigadores le atribuyen a Abuín en el momento de raptar a Diana (y que ella escribió en un mensaje al alertar a un amigo de que alguien la seguía), "no es una marca registrada de mi defendido".

El veredicto se hizo esperar tras una devolución por contradicciones. Para la Fiscalía, habían encajado las piezas del puzle; para la defensa, la Guardia Civil quiso meter algunas "con calzador".

En la sala de prensa, por la que pasaron 55 periodistas de 33 medios (a los que la defensa acusó de "haber repartido piedras" para tirar a su cliente), se esperaba la fumata blanca con tensión. Salió el sábado 30 a las 14.00 horas. Primero, rapto. Luego, asesinato con alevosía. Alguno se apresuró a descartar ya la posibilidad de una condena de prisión permanente revisable en base a la no culpabilidad de violación ni de tentativa de la misma. Pero, a renglón seguido, el jurado le declaró culpable de agresión sexual, abocándole a una probable prisión permanente revisable por "actos de contenido sexual que no se han podido determinar".

La frase dará que hablar.

Careo de forenses, un teorema "para catetos" y una pregunta en el aire

El juez Pantín no dejó pasar ni una en relación a otras acusaciones que pesan sobre El Chicle, especialmente la denuncia de su excuñada por una supuesta violación. Se limitó a permitir que constase que hay un procedimiento abierto. El magistrado y la letrada de la defensa, Fernanda Álvarez, tuvieron sus más y sus menos, aunque siempre dentro de la corrección. Unas veces cortó la protesta de la abogada con diplomacia ("todavía no decidí nada y ya protesta"); otras, con socarronería ("sí, sí, proteste, proteste"); y otras, con firmeza ("eso no merece la categoría de pregunta", le espetó cuando preguntó a Vanesa, excuñada de Abuín, "¿por qué le denunció?" en referencia a la supuesta violación).

Hubo dos momentos bochornosos. Uno lo protagonizó un forense que, para defender su argumentación, dijo al juez: "La abogada juega con el hecho de que...". "Yo no vengo aquí a jugar", exclamó ella ofendida.

Otro lo provocó un agente que, cada vez que era interrogado por la defensa, le daba la espalda al responder. "A mí el que me interesa es el jurado", llegó a decir.

Para intentar poner luz ante las diferencias que arrojaron los informes de la autopsia realizada por Fernando Serrulla y la revisión de la misma (que hizo José Blanco Pampín) el juez tuvo la idea de hacer un careo entre los equipos de ambos forenses.

Y, por momentos, saltaron chispas. Con Pampín acudió José Luis Otero, autor de un informe basado en un teorema matemático (el de Bayes) que, sobre una serie de variables, concluye que hay un 99,9 % de probabilidades de que el móvil del crimen de Diana fuese sexual. Fernanda Álvarez ya había dicho que le parecía un teorema "para catetos", pero Fernando Serrulla le espetó al equipo de su colega que "ninguna sociedad científica forense autoriza usar el Teorema de Bayes en el ámbito judicial" y que "el estudio estadístico es muy interesante, pero no demuestra lo que pasó".

Por otra parte, Pampín aportó un dato que no había trascendido: en una foto de la autopsia, descubrió un edema en la zona vulvar. El magistrado le reprochó hasta en dos ocasiones: "Usted descubre un edema que puede estar relacionado con una agresión sexual ¿y no lo hace constar en su informe?". Él respondió que no le habían preguntado por ello.

Quizá las dos palabras más repetidas ese día fueron brida y circunferencia. La primera, el arma del crimen, según las acusaciones. La segunda, la clave para determinar si estuvo en el cuello de la víctima, según la defensa.

Acabado el juicio, quedó una pregunta en el aire. Del estudio entomológico se desprende que Abuín pudo volver 20 días después de meter el cadáver en el pozo para lastrarlo por segunda vez. ¿Rastreó la UCO su móvil en esos días para apuntalar esa posibilidad? Este diario se la trasladó a un investigador. ¿La respuesta?: que cuando quisieron hacerlo, había formateado su dispositivo.

Retratos de un asesino: un putero con la ge marcada

En el juicio se hicieron varios retratos de El Chicle: el psicológico, el delictivo, el psicografológico... Pero, si alguien retrató su lado más gamberro, fue su amigo Manuel Somoza, que lo definió como mentiroso, infiel, acosador, putero y ladrón. Eso sí: ante el juez quiso dejar bien claro que "éramos amigos, ya no". Pero lo malo de tener que decir la verdad es que hay que decirla toda, y, claro, él también estaba allí cuando ambos salían a robar gasoil, a ligar a las discotecas o a acosar niñas en los institutos ("él, yo no", aclaró).

Dijo que le gustan todas, que iban a casas de alterne y que Abuín quiso ligar a su hermana.

En la sala de prensa, quien más y quien menos revisaba su escritura y miraba de reojo al compañero mientras el psicografólogo Rafael Cruz esbozaba su retrato del acusado en base al análisis de varias cartas. Tras explicar que "tiene el palote de la ge muy pronunciado" y "aspectos de sadomasoquismo", le catalogó de "depredador sexual" y aventuró que "con absoluta probabilidad, va a seguir ejerciendo la violencia sexual". La defensa suscitó una hilaridad contenida al preguntarle: "¿Cómo tiene el palote un depredador sexual?". El juez preguntó si entre tanto análisis no vio nada positivo. "Yo no tengo la responsabilidad de que esta persona sea así", exclamó Cruz.