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Una pasión irlandesa

Antonio de Toro deja tras de sí un prolífico magisterio en el día de su jubilación de la Universidade da Coruña

Antonio de Toro
Antonio de Toro

JOSÉ MIGUEL A. GIRÁLDEZ // PROFESOR DE LA UDC   | 22.09.2019 
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Fue un acto emocionante, el corolario perfecto a varias despedidas entre amigos y colegas en las últimas semanas, pero que sólo el sábado de la pasada semana alcanzó esa sensación de completitud y de celebración en nombre de la amistad y el respeto académico. Antonio Raúl de Toro Santos se jubilaba de su cátedra de la Universidade da Coruña con una reunión emocionante, una comida en la que se daban la mano familiares, profesores, compañeros y amigos, en el hotel Zenit de A Coruña. No se trataba tanto de una despedida profesional como de una fiesta por lo vivido y por lo que queda por vivir. No era un momento para sesudos discursos académicos, como él mismo dijo en su alocución, donde a duras penas logró contener alguna lágrima, sino para recordar los detalles que realmente vertebran una vida, que son siempre emociones de la infancia, nuestra verdadera patria, epifanías que permanecen suspendidas en el aire, sensaciones de momentos intensos que brillan con luz propia en el gran tapiz de la memoria.

Antonio de Toro se despedía sin solemnidades, como a él le gusta, y con mucho humor. El mismo que pusieron sus cinco hermanos en cinco monólogos breves, que merecerían figurar en las mejores antologías. Junto a Antonio, tocado para la ocasión con un sombrero negro (uno de los regalos de la noche), Manuel, Javier (médicos ambos), Xelís (recién aterrizado de Inglaterra, cofundador con Macías de Edicións Positivas, ese sello que es toda una referencia emocional de nuestra poesía), Oscar, barista, y Suso, escritor (con su madre Mercedes contemplando la escena orgullosa en la distancia), explicaron cómo había sido la vida numerosa de seis hermanos, todos chicos, en aquellas calles históricas de Compostela. Cómo jugaron en rúas que aún eran carreteras o apenas corredoiras, cómo sintieron aquella libertad que sólo da la infancia, a pesar de los tiempos que corrían, en una ciudad donde el arte y la lluvia se combinaban con la ternura de los encuentros cotidianos. Y luego, el trabajo en el bar Venecia, que se estableció en 1962, uno de los símbolos de la familia. "Mi padre llevaba 'La Noche' a casa, y la presencia del periódico nos hacía, de algún modo, sentirnos diferentes", vino a decir Antonio de Toro. 'La Noche' introdujo con naturalidad en su casa el germen de la cultura en aquellos días, con sus firmas extraordinarias, y luego, como dijo Javier, catedrático igualmente en la Universidade da Coruña, y también tocado con sombrero para la ocasión, "aparecieron libros y libros..., que más tarde fueron desapareciendo (explicó entre risas). Y un bigote, el que trajo Antonio de su primer viaje a Inglaterra: que sólo duró en casa 24 horas".

Fue un recorrido por los recuerdos, no los más importantes sino lo que brillan en la distancia con esa luz inextinguible que da el amor, un recorrido por el tejido de la existencia y la memoria, hasta llegar más allá de las fronteras de la infancia, aunque regresando siempre al origen y a la casa paterna. Un relato fragmentario y emocional, un tanto joyceano, poblado de instantes reveladores en el itinerario de toda una vida. Óscar, ahora al frente del bar Venecia, cargado siempre de iniciativas y espíritu innovador, lo que le ha valido varios reconocimientos, ironizó con sus palabras, también extraordinariamente divertidas: "yo era el que no quería el bar, pero al final me quedé con él. Era difícil en una familia en la que había profesores, catedráticos, artistas, escritores... Era difícil decidirse a ser el tabernero y continuar así la tradición. Pero lo hice", explicó.

Suso de Toro recordó que ya en el año 63 empezó a entrar el espíritu anglosajón en la casa familiar, y no sólo por los Beatles: "Tuvo que ser Antonio quien nos inoculó ese espíritu, porque por entonces en casa entraron conceptos nuevos, ideas de fuera, como el 'pickup', y otras más cercanas como las canciones de Los Tamara, que cantaban en gallego y en inglés. Los Beatles fueron, sin embargo, el gran cambio. Con ellos entró definitivamente la disidencia y, sobre todo, la idea de libertad. Y culturalmente, accedimos de pronto a las nuevas corrientes literarias e ideológicas. Antonio siempre hizo todo con mucha alegría, lo recuerdo siempre muy alegre, y yo creo que con mucha iniciativa".

De esa iniciativa de la que el pasado sábado habló su hermano, el escritor Suso de Toro, quedan múltiples muestras a lo largo de su vida profesional. Con él, por ejemplo, se puso en marcha el primer Instituto de investigación de Estudios Irlandeses en España, Amergin, que Antonio ha dirigido en la UDC hasta hace unas pocas semanas, cuando cedió el testigo a David Clark. Su pasión por Irlanda y por los irlandeses nunca le ha abandonado. Encontró en ellos lo más parecido a una casa fuera de Galicia. Una casa con la puerta siempre abierta. Su amistad con poetas y escritores de aquellas tierras le llevó un día hasta Seamus Heaney, al que apadrinó en su doctorado Honoris Causa por la Universidade da Coruña. Y mantuvo con él esa amistad inquebrantable hasta la muerte del poeta en 2013, que continúa hoy, con su viuda, Marie Heaney, gran conocedora de Galicia.


Desde la izquierda, Manuel, Óscar, Francisco Javier, Xaco y su padre, Antonio de Toro, Suso y Xelís. Delante de todos ellos, la madre de los seis hermanos, Mercedes.

Pero fuera de lo académico, merece la pena señalar su última aventura: la formación de la banda de rock 'Distrito Diez', que, por supuesto, cerró el acto de homenaje con una actuación memorable, en la que no faltaron 'oldies goldies', como 'Hotel California". El grupo, con Antonio de Toro al frente de amigos, colegas de profesión y sobre todo apasionados de la música como (al menos eso dijo) la mejor medicina del espíritu, reedita así la tradición musical de la familia, con Xelís como uno de sus exponentes ('Os Quinindiolas'), o con la memoria de los años sesenta, con 'Suso y los multiusos', aquel grupo fundacional, donde Suso de Toro "hacía rap sin saber muy bien lo que era el rap", como dijo una vez en 'El Progreso'.

Antonio de Toro, que continuará como profesor honorario de la UDC, deja tras de sí un magisterio prolífico, como uno de los fundadores de los estudios irlandeses en España. Pero, sobre todo, deja muchos amigos, recuerdos emocionantes que estos días vuelven a todos nosotros, los que hemos sido y somos, y seremos siempre, sus colegas y compañeros en el Instituto de Estudios Irlandeses Amergin (Pablo, David, Manuel, Eduardo, Teresa, y el que esto escribe), entre los profesores de nuestra facultad (representada en este acto, entre otros, por la decana, M. Jesús Lorenzo Modia, y por Teresa López, directora del departamento), y cuantos la pasada semana tuvimos ocasión de celebrar con él y con gran parte de la gente que le quiere, entre sus sobrinos y sus nietos, que no faltaron, y con su hijo Xaco, un activista de la educación como gran herramienta de progreso e igualdad entre las personas, su emocionante viaje por la literatura y por la filología. Su gran amor por las palabras. Su incomparable pasión irlandesa. Un viaje que, por supuesto, no se detiene aquí.