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Planetas donde encontrar una patria

Javier Cercas y Manuel Vilas, ganador y finalista del Premio Planeta 2019 respectivamente, hablan de su lugar en la literatura y de las transformaciones de sus vidas en una larga entrevista.

Javier Cercas y Manuel Vilas,
Javier Cercas y Manuel Vilas,

JMG/XF   | 24.11.2019 
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1. Cercas. Cercas, cazadora, aire también juvenil, como Vilas, se parapeta tras las gafas, porque nunca ha dejado de tener un cierto rebozo tímido, autoprotector, se abraza con los amigos (son ya muchos encuentros, novela a novela), quiere trasladarnos su descubrimiento como un nuevo escritor. “Corría el riesgo de repetirme”, dice, alarmado, mientras tomamos asiento. No ha sido fácil. En los primeros momentos el revoloteo de las fotos nos ha mantenido en danza por el salón del Hostal, aderezado con las frases cruzadas por esta atmósfera tan llena de historia, frases que vuelan como pájaros felices y preguntan sobre asuntos domésticos, sobre cómo va la gira (“y mañana Bilbao”, dicen) y cómo va la amistad entre ellos, los premiados: “hasta ahora, magnífica. Nos compenetramos muy bien”. Corbillón hace selfis con gran maestría.

Recuerdo (Giráldez) cuando presenté la última novela de Cercas en esta ciudad. En Cronopios se montó un debate sobre la historia como argumento propicio para la ficción, y, sobre todo, la historia personal, la historia personal, la historia familiar, hasta un punto en el que la ficción y la realidad se tocan, se mezclan, se funden como pan y mantequilla. Es algo que Javier Cercas ha utilizado varias veces: indagar en el pasado que le toca, viajar hacia lugares y momentos que han de ser reconstruidos desde la memoria. Aquel día Cercas me dijo: “es que todo es realidad, absolutamente todo”.

Hasta que decidió que iba a cambiar. “Sigues siendo tú, perfectamente reconocible” (Xurxo Fernández). “Se nota que te sientes cómodo, también te digo. Creo que ‘Terra Alta’ es de lo mejor que has escrito”. Y Cercas, las manos juntas, baja la mirada hacia el mantel, aunque acepta el elogio. “Yo también lo creo. Mira que parece una novela menor, con aire de ‘thriller’ y tal, desde el principio. Me gusta que el texto ofrezca esa impresión, la de una novela que no tiene pretensiones. Siempre digo eso: novelas fáciles de leer y difíciles de entender. De pronto, un recuerdo de los libros dentro de los libros. Los libros que inspiran a los escritores. “¡Has hecho que quiera volver a leer ‘Los Miserables’!” (X. Fernández). ‘Los Miserables’, y sus personajes, Valjean, y especialmente Javert, son muy importantes en la nueva novela de Cercas. “Te parecerá otra novela ahora, seguro”, tercia el escritor. “Es una novela terrible que provocó un gran terremoto en su época. ¡Cómo me gustan las novelas que provocan terremotos!”
Le pregunto (Giráldez) a Cercas si se siente bien con su nuevo papel de escritor. No es que haya abandonado la pasión por la historia, por cómo nos afecta la historia. ‘Terra Alta’ está llena de todo eso. Allí la Guerra Civil escribió episodios amargos. Pero ahora es un hogar. Una patria. La última frase de la novela lo dice. Cercas, entonces, reconstruye ante nosotros el momento en que todo cambió, aquel otoño de 2017. Los acontecimientos pasaron sobre él, como un platillo volante. “Cuando acabé ‘El monarca de las sombras’ sentí que había cerrado una especie de ciclo. Pero dejadme que os diga algo que no he dicho mucho… casi nunca, en realidad”, titubea Cercas. Mira de nuevo al mantel, junta los dedos, y dice entonces. “Después de ‘Soldados de Salamina’ intenté escribir ‘El monarca de las sombras’. Pero no me salía. No estaba preparado en aquel momento, lo supe después. Quería narrar la historia del héroe de la familia, falangista, y todo eso… Creo que llegué a escribir más de 150 páginas que no sé por dónde andarán”.

Lo que sucedió es que mucho tiempo después, como es sabido, fui capaz de escribir aquella historia. Pero, una vez publicada, empecé a decir a la gente, gente como vosotros, periodistas, amigos, a todo el que me preguntaba, que no sabía qué hacer. Podía haber continuado con la autoficción, con novelas de Cercas sobre Cercas, novelas con cero de ficción dentro… Ese territorio estaba explorado (ahora está muy concurrido, por cierto). No quería convertir todo eso en una fórmula. Cada cual que haga lo que quiera, pero yo no podía ir por ahí sin evitar el peligro de escribir otra vez la misma novela. Me he pasado un año entero sin escribir. También podía decir adiós: no hay más, esto es todo amigos. Pero voy a la Terra Alta a presentar la novela anterior, a un palacio en el que había muerto Manuel Mena [el protagonista de ‘El Monarca…’], un palacio reconvertido en la época en hospital militar. Mucha gente asistió, fue muy bonito. Y dije que había encontrado allí una especie de patria, no la patria tóxica que luego se han inventado algunos como concepto, sino ese lugar pequeño donde están tus seres queridos, esa patria cervantina, el lugar en el que te aman y te esperan, como dice Sancho.

Al día siguiente, descubrí que habían intentado robarme el coche (ya lo he contado estos días), y entonces los mossos llegaron para tomar las huellas. Me dijeron que era raro lo que me había ocurrido, porque allí nunca pasaba nada. El mosso termina y me dice: “ahora tiene usted que pagarme”. “¿Cómo pagarle?”, le digo. “Bueno, es que mi mujer tiene todos sus libros en casa, los ha leído todos y quiere que se los firme…” Y allá fui, por supuesto. Me contó su historia. Se había trasladado allí desde Barcelona, se había casado, había formado una familia y había convertido la ‘Terra Alta’ en su nueva patria. Durante mucho tiempo, me decía, no había logrado dormir bien: demasiado silencio alrededor”, cuenta Cercas.
Entonces Cercas nos dice que con esos ingredientes armó la novela. “Le dije a mi mujer que tenía un tema: qué ocurriría si alguien como este policía, que llega a un lugar donde nunca pasa nada, tiene que afrontar de pronto un caso importante, porque sí ha pasado algo. Compuse la primera frase de la novela y supe que allí había algo. Me inspiraba esa voz que me pareció nueva”. Y así fue cómo aquella tarde en ‘Terra Alta’, el escritor Javier Cercas decidió abandonar la primera persona.

Cuenta Cercas que volvió a casa y, una vez dentro de ella, llegó el otoño catalán. “¿Qué pasó?” (X. Fernández). “Pasó que no hice nada. Mucho hablar con periodistas extranjeros… para intentar desmentir las trolas que estaban por todas partes. Experimenté algo que nunca había experimentado: cómo una sociedad es capaz de partirse por la mitad. Me pareció un clima prebélico, como bien dijo Josep Fontana, patriarca de los historiadores catalanes, que murió hace poco más de un año. Al que me preguntaba, le decía que aquello me había cambiado de pronto. Y los periodistas, del medio que fuera, me decían: ‘a nosotros también’. Lo que no sabemos aún es cómo nos ha cambiado todo aquello. Aquel otoño. Construir una sociedad es muy difícil, pero se puede destruir en un día, en unas horas. Así que cuando me puse con el libro, yo ya era otra persona. Aunque reconozco que había escuchado antes los ruidos de la madera, como cuando un barco está a punto de desencuadernarse”. Cercas se para y añade: “la historia vino en mi ayuda. El mejor combustible para el escritor es la desgracia”.

“Hay un momento en ‘Alegría’ en el que Vilas escribe “… tierra alta…”, decimos. Y responde Cercas: “¡no me jodas!”. “Talmente”, le digo (Giráldez). Risas estentóreas (X. Fernández). Acordamos que esa coincidencia es como una señal, como una fantasmagoría, un juego mental. “Ahora, yo creo que mi libro, aunque ‘thriller’, tiene maneras de ‘western”, tercia Cercas, casi en la despedida. “Los escritores podemos no decirlo, pero sabemos qué libro de los nuestros es mejor”, afirma. “Como contaba Calvino, el mejor libro es aquel que no acaba de decir lo que tiene que decir. Ya no me disfrazo de Javier Cercas, como antes, aunque estoy en el libro, claro. Yo adoro a Melchor, lo quiero muchísimo. ¿De dónde ha salido su furia? ¿De dónde su dolor? ¿De dónde la sed de justicia o de venganza? Él crea su verdadera patria, porque tiene que reinventar toda su vida”.

2. Vilas.
Con Vilas lloré mucho, muchísimo (Giráldez). Me veía también así: con el fulgor lejano de los padres muertos, las excursiones a los ríos y al monte, las pequeñas cosas de la felicidad perdida. Vilas está siempre a punto de desbordarse en mil arroyos de humanidad. Vilas es finalista del Planeta con ‘Alegría’. No pensó en otra palabra. Le digo que es el ‘making of’ de su obra anterior, tan celebrada. El andamiaje y lo que vino después. El escritor, desvalido, que navega entre el oleaje del éxito, de la mano de su hijo.     

“La línea que separa la autoficción de la autobiografía es un poco compleja”, comienza diciendo Vilas. “Yo cedo mi vida a una voz narrativa, eso es cierto”, explica. “Le doy cierta autonomía, pero el personaje me pide la autodeterminación (risas). Termina yéndose a su aire. Pero utiliza mi pasaporte. Ahora bien, ¿es mi vida? Hombre no, no… no exactamente”. Vilas, en esta novela, sigue en el territorio de las emociones, pero hay menos recuerdos, esto es más vivo, esto es el descubrimiento de las fuentes de la alegría, que no son ostentosas, no son grandes cataratas ni lagos inmensos, sino más bien un brote breve, de agua y de luz, un súbito manantial que emerge entre los espacios de la vida doméstica, en los hoteles viajeros, en lugares donde las epifanías se manifiestan como luces extrañas y hechiceras.
“Ahora se lleva la felicidad. Es una cosa social, la felicidad de cartón piedra. La ves en las redes… Pero no me convence. En cambio, la alegría es más humilde, más sencilla, más atávica. Es difícil de comunicar. Mi personaje cree que lo que importa es levantarse, que el sol esté allí arriba y que le quieran sus hijos. Lo demás le parece irrelevante. La dimensión social de su persona le da exactamente igual”, explica Vilas. Le pregunto entonces (Giráldez) si él mismo firmaría eso. Y dice que sí. “Yo estoy muy obsesionado con el amor incondicional”.

La novela discurre como un viaje, un viaje de verdad, pero también como un largo viaje hacia el interior, hacia esa especie rara que es la alegría, a la que se atrapa en recónditos lugares. “Es un ‘making of’ de Ordesa”, le decimos de nuevo. “Sí, me parece una estupenda idea. Eso es lo que es”, confirma Vilas. “Técnicamente, pensé que esta novela no debería remitir a la otra. ¿Que has leído la anterior? Estupendo. Pero no es necesario. Sin embargo, está claro que ‘Ordesa’ me lleva directamente a esta. Digo a veces que es un homenaje al Quijote, porque aquí todo es itinerante. Voy siguiendo las ferias del libro, por ejemplo, y me encuentro con gente que me habla de mis padres, porque los habían conocido. En Barcelona me encontré con un señor que llevaba el libro completamente subrayado: había sido compañero de trabajo de mi padre. En Jaca, me hablaron de su primera novia. Es decir, personas que venían a contarme cosas que yo no había incluido en mi novela anterior, en ‘Ordesa’, porque no las sabía, claro está. Me pareció fascinante. Así que pensé que yo tenía que escribir de todas estas cosas”.   

En ‘Alegría’ también salen muchos músicos, que luego se transmutan en actores (“Y ahora Vivaldi es Montgomery Clift y Bra es Marlon Brando”). Músicos clásicos, grandes músicos. Ahí están todos, y, especialmente, el inventor del dodecafonismo, Arnold Schoenberg, que, además de señalar la música de vanguardia, es como si señalara al villano de la historia. “¿Cómo es eso de identificar a Schoenberg con la desgracia? ¡Pobre hombre!” (Xurxo Fernández, un tanto irónico). “Por romper con el canon de la armonía, por ponerme vanguardista. Se trata de hablar de la idea del ruido, de lo que rompe con el pasado”, explica Vilas sin inmutarse. Todo suena, es verdad, a sinfonía. Para Vilas los nombres de los grandes músicos traen belleza al mundo, como los personajes de su novela que toman ahora esos mismos nombres.

Hopper es otro nombre clave para entender ‘Alegría’. La desolación de los lugares, el vacío de una habitación de hotel. Como sucede con la música, siempre hay algo que frustra la sensación duradera de felicidad… “en este libro la alegría es una persecución…”, apunta Vilas, al tiempo que explica algunas cosas que, de contarlas, revelarían demasiado sobre el final. Schoenberg, el enemigo, se convierte en Nosferatu. Es el que dice al autor: “pero si la alegría es imposible… el mundo está lleno de muerte.” “Esta novela cuenta que la historia de la cultura ha venido habitualmente en nuestro auxilio, nos ha ayudado mucho: los libros, la música, el cine…, como le ayudan al protagonista”.

Pero hay alegría, después de todo. Es posible encontrarla. Hablamos entonces de Hierro, de su poemario del mismo título (1947), que por supuesto inspiró a Manuel Vilas. “Cuando vi un título de poemas titulado así, por alguien que ha salido de la cárcel después de cinco años en ella, me pareció desafiante y maravilloso. Y quería rendirle un homenaje, claro”.

Le pregunto entonces por lo cotidiano, por lo doméstico (Xurxo Fernández). Por ese viaje, sobre todo por las ciudades de Estados Unidos. Por esa facilidad para narrar no lo importante, no lo monumental, sino lo que se ve al otro lado de la ventana. “Te sientes abrumado por el tamaño de las cosas”, señala Vilas. “El paisaje americano te abruma, yo tengo un conflicto con ese país. Muchas cosas de él no me gustan, pero allí perdura un extraño chute de alegría, que yo creo que viene de los orígenes. Claro que, en mi libro, [la escala] es más íntima. Al final, estás con tu hijo, vives a la americana… A los dos les (nos) gustan las mismas cosas, compran (compramos) ropa juntos, toman (tomamos) comida rápida juntos… Y veo cómo duerme, y me acuerdo de cuando era un bebé… Sabes bien que eso es una experiencia mística”.

Le recuerdo a Vilas su visión de Zurich, muy interesante (X. Fernández). La partida de ajedrez entre Lenin y Tristan Tzara, que realmente ocurrió (hay foto). Digo (dice Xurxo): “Me gusta esta composición de lugar. Allí, al lado del Cabaret Voltaire, en la Spiegelgasse, sucedió todo esto, claro. Cerca, más arriba, hay una fuente, que es en la que se bañaban los del Cabaret Voltaire en pelotas... Frente a esa fuente vivía Lenin. Más abajo Kafka, y Goethe. Mi amigo Juanjo Navarro de ‘La Vanguardia’, decía que, si Lenin se hubiera bañado en pelotas en esa fuente con los otros, la Historia habría sido muy distinta”. (Risas, abundantes). [Estamos ya en el Dadaísmo, por lo que veo].

Y no sólo hablamos de las ciudades. También le pregunto por los hoteles (Giráldez), que esta es una constante en Vilas, creo que no sólo literaria. Responde Vilas: “En los hoteles hay una refundación de tu propia identidad. Piensas que allí puedes ser otro, descansas de ti mismo. Recibes el anonimato con ilusión. Crees que puedes cambiar de identidad. Y me suelo preguntar: “¿y si me quedara a vivir aquí, donde no me conoce nadie? ¿Sería eso la máxima libertad? Lo deseo tantas veces… Aunque no sólo me obsesiona lo que permanece, sino lo que desaparece. Tengo también una obsesión con las cosas que se van. Pensar que todo lo que ha ocurrido en una habitación de hotel, o en un restaurante, desaparecerá. Las risas, el amor, la amistad, las celebraciones… Me duele que las cosas cierren, o que desaparezcan para siempre”.