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Los poetas del solsticio

Cada 21 de junio decenas de poetas y músicos se reúnen en la pequeña población irlandesa de Waterville para celebrar la llegada de Amergin a ese lugar, procedente de las costas de Galicia. El mito se hace realidad por unos días de la mano de Paddy Bushe y Fiona de Buis, creadores del ‘Solstice Poetry Gathering’, Éigsena Gréine. Amergin, el supuesto creador del primer poema irlandés, sigue desplegando en los tiempos modernos una energía semejante a la de aquellos días de invasiones. Pero hoy la invasión es pacífica y emocionante, un ejército de poetas y artistas trepa por estas colinas redondeadas de Iveragh, se asoma a un Atlántico tantas veces bronco y oscuro, descubre la belleza de playas salvajes y escucha el ronco rumor de un oleaje que trae en su seno la historia del pasado. O, al menos, los poderosos relatos de la imaginación

A la izquierda, Manuel Rivas se prepara para cruzar el lago Currane, en Waterville en el verano de 2018. A la derecha, el poeta de Noia Martin Veiga con el gaitero Mano Panforreteiro, este año en el Waterville Solstice Poetry Festival - FOTO: JM Giráldez
A la izquierda, Manuel Rivas se prepara para cruzar el lago Currane, en Waterville en el verano de 2018. A la derecha, el poeta de Noia Martin Veiga con el gaitero Mano Panforreteiro, este año en el Waterville Solstice Poetry Festival - FOTO: JM Giráldez

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ  | 14.07.2019 
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Ha pasado un año desde que estuve en esta misma habitación, la número 11 del hotel Lakelands Farm, un edificio amarillo en el que se respira una paz absoluta. Al otro lado de la ventana, los mil tonos de verde de la isla se acumulan en el entorno del lago Currane, comunicado con el Atlántico a sólo unos metros de aquí. Charles Chaplin solía venir a Waterville a pescar. Dio al pequeño pueblo del oeste de Irlanda cierta popularidad en su época, y hoy, como recuerdo, una pequeña estatua en bronce del actor puede contemplarse en el paseo marítimo. No es la única estatua ni tampoco el único personaje famoso asociado a la villa. Hay algunos más, pero, sobre todo, uno muy antiguo de cuya existencia no se tiene constancia absoluta, pero que, como suele decirse, si no existió habría que inventarlo. Se trata del druida Amergin, el hijo de los Milesios, o de Mil Spáine, que habría llegado exactamente a esta bahía antes de todos los tiempos, inaugurando así la literatura y la poesía de Irlanda, y, de paso, invadiendo lo que entonces era el territorio de los Tuatha Dé Danann, la tribu de los dioses, y convirtiéndolo, en teoría, en tierra conquistada por los exploradores de las costas de España, o mejor de Brigantia, de donde el druida Amergin al parecer procedía. 

Así fue como la tierra que se contemplaba desde la torre de Breogán pasó a ser objeto de deseo de los Milesios (o bien, objeto de revancha por la muerte de Ith, hijo de Breogán), y así fue también como estas costas desde las que escribo ahora se convirtieron en el territorio de encuentro, en el lugar de una fusión cultural primigenia, mientras Amergin se retiraba nueve ondas hacia la mar, la tormenta se desataba con enorme virulencia, y su voz, entonando una canción primero y una invocación después, hacía ceder a la magia de los druidas rivales y a las fuerzas supremas de la naturaleza. Y así es como llegamos hasta aquí, según el mito, y cómo crecimos como pueblos afines. Y esa es la razón por la que Paddy Bushe y Fiona de Buis han decidido que la historia de Amergin debía regresar a la bahía de Waterville, y parece que lo han conseguido.

Hace un año, el ambiente en Lakelands Farms era tan pacífico como ahora. Había algunos visitantes venidos seguramente de lejos, como los hay en esta ocasión, una camarera española (este año, la camarera es argentina), y ahí persiste el recuerdo permanente de la pesca de salmónidos en los cuadros y fotografías que penden de las paredes del salón de desayuno. A pesar de las numerosas visitas que he hecho a esta zona del mundo, y a Waterville en particular, sólo en 2018 empecé a hospedarme en este lugar que recuerda a ratos uno de esos hoteles americanos. El año pasado, como éste, llegué acompañado de Antonio de Toro (como representantes, ambos, de nuestro instituto de investigación en la Universidade da Coruña, que toma el nombre del bardo milesio, según aconsejó en su día Seamus Heaney). Llegamos emocionados por el paisaje y por la pasión creadora de la gente para la inauguración oficial del Solstice Poetry Gathering, la reunión de los poetas del solsticio en el condado de Kerry. Una reunión que Paddy Bushe había estado diseñando en su cabeza durante muchos años.

Bushe es uno de los poetas más celebrados de Irlanda. Creo que también uno de los más queridos. Aunque nacido en Dublín, él y su mujer, la inagotable Fiona de Buis, se instalaron pronto a pocos metros del Atlántico, en la parte más alta de la bahía, un tanto separados del núcleo de Waterville. La casa, en la que hay recuerdos de sus múltiples viajes (sobre todo de Katmandú, la capital del Nepal, quizás el que más les influyó), respira literatura y naturaleza por todos los costados. Creo que esos son los dos elementos que mejor definen a esta pareja tan volcada en encontrar vínculos artísticos entre los pueblos, tan cercanos a los conceptos de pacifismo y ecología, y, de manera especial, tan interesados en mostrar la relación entre Galicia e Irlanda: poesía y naturaleza. Ninguna de estas dos cosas puede pasar desapercibida cuando llegas a este enclave del condado de Kerry.

Me encontré por casualidad con Paddy Bushe hace unos doce años, cuando ya llevaba algunos trabajando sobre la poesía irlandesa y había visitado en dos ocasiones a Bernard O’Donoghue en su territorio de Cullen, en Cork West, el primer poeta irlandés vivo al que conocí personalmente. Ahora acabo de reencontrarme con él, ya retirado de sus deberes docentes en Oxford, durante su emocionante lectura de poemas en la iglesia de St. Michael, que ha servido para algunas de las sesiones de este año del Solstice Poetry Gathering, en honor de Amergin. Mi primer encuentro con Bushe, en unas jornadas en el University College de Cork, me llevaron a trabar con él una amistad que juzgo inquebrantable. A partir de aquel día han llegado momentos que no olvidaré, tanto en cualquier sitio de Irlanda como descubriendo la Costa da Morte de Galicia (Bushe pasó casi una hora contemplando el mar en el faro de Corrubedo), o Ferrolterra (aquí en compañía de Antonio de Toro y Pablo Cancelo), durante la visita que hizo junto a Fiona, hace apenas un par de años. Todavía recuerdo mi primer contacto con la cultura primitiva y el folclore de Iveragh, en las celebraciones de St Brigid, a comienzos del mes de febrero, con la presencia de la cantante celta Nóirín Ní Riain, que este año ha vuelto. Luego, quedan en la memoria algunas escapadas exploratorias al anillo de Kerry, acompañado de un guía tan extraordinario como Adrian Ó h-Éalaithe. Y, a partir de ahí, un largo camino que ha desembocado en este incomparable festival en honor del bardo que llegó desde Galicia y que entró en Irlanda recitando una canción e invocando a las fuerzas de la naturaleza.

Mientras saludo a amigos, como la gran poeta de Mayo (aunque nacida en Dublin), Geraldine Mitchell (‘Mountains for Breakfast’), o me encuentro con el poeta de la naturaleza Seán Lysaght (este año el Amergin Solstice está envuelto en una perspectiva ecocrítica), atravieso las salas de Lakelands, al lado del Currane, este hotel-granja separado por una vereda de tres kilómetros circundados por hierbas salvajes, vacas rubias pastando y… algún campo de golf del centro de Waterville. Los pasillos de Lakelands me devuelven memorias del año pasado. Hasta aquí llegó Manuel Rivas, dispuesto a leer sus poemas, traducidos al inglés por Lorna Shaughnessy, poeta ella misma y profesora en la Universidad de Galway, otra gran conocedora de Galicia. Aquí se hospedaba hasta el último día, en el que Paddy Bushe decidió llevarnos en un ‘curragh’ moderno, digámoslo así, hasta la Church Island (Inis Uasal), en medio del lago Currane, una isla breve que hoy es propiedad de la familia de la poeta Kathleen Moran. Los restos de una iglesia y el asentamiento monástico del siglo XII, en cuyas paredes de piedra aún puede verse un violinista, tocando una fídula medieval (fiddle player), resultan hoy absolutamente emocionantes.

La segunda edición de esta reunión de poetas y músicos en el solsticio de verano, que tiene lugar en Waterville mientras escribo, nos trae a viejos amigos, algunos escritores que tienen esta cita como algo obligado. Entre ellos el incomparable Cathal ÓSearcaigh, uno de los responsables del renacimiento de la poesía en lengua irlandesa en este país, cuya traducción de ‘Crann Na Teanga’ (‘The Language Tree’), un volumen monumental publicado por The Irish Pages y traducido junto al autor por Paddy Bushe, me parece una joya de la poesía irlandesa contemporánea. Imprescindible. Mientras cenamos en An Corcan, Cathal reparte sonrisas y abrazos. Otros, llegan por primera vez al festival (no a Waterville, desde luego), como el poeta noiés Martin Veiga, que dirige el Centro de Lingua Galega en Cork. Martin lee esta noche, junto a su traductor, el también poeta y escritor irlandés y residente en Vigo, Keith Payne, poemas de su último libro, ‘Diary of Crosses Green’ (Francis Boutle). Para la ocasión, también escucharemos los versos de Bríd Ní Mhóráin y las palabras del embajador de España en Irlanda, el ferrolano Ildefonso Castro.

Es difícil hablar de todos, pues hay tantos. Muchos, en efecto, empiezan (o empezamos) a ser asiduos a esta reunión maravillosa, que esta noche del solsticio está dedicada, como siempre, a Galicia. Por los pasillos de Lakelands andaba el año pasado Carlos Núñez, cuya participación en este evento fue sencillamente abrumadora. No menor resulta el impacto del escocés Allan

MacDonald, o del singular gaitero gallego Mano Panforreteiro, que anoche no logró contactar con nosotros en Killarney, camino del oeste, desde Dublin, pero que llegó finalmente. La emoción que despliega el gran Panforreteiro, interpretando docenas de instrumentos sorprendentes, se mezcla con la guitarra de Steve Cooney, otro imprescindible, el guitarrista de los pies descalzos. Otro que empieza a ser asiduo, para fortuna de todos.

No pasa desapercibida la presencia de grandes contemporáneos, como, entre otros muchos, Moya Cannon, el propio McCarthy, una respetada figura de la crítica y la investigación literaria, Grace Wells, Maura Dooley, Bernard O’Donoghue, Gabriel Fitzmaurice… y, junto a Cathal, dos de las figuras señeras de la poesía en irlandés y de toda la cultura irlandesa, Eiléan Ní Chuilleanáin y Nuala Ní Dhomhnaill, que leen poemas ahora mismo ante mis ojos agradecidos y asombrados.

Este año no podré quedarme a la hoguera de San Juan, donde se escuchan historias espléndidas. Una despedida rápida esta vez, un adiós a los pasillos del edificio amarillo de Lakelands. Junto a Antonio de Toro me despido también de Marie Heaney, la viuda del gran poeta de Derry, que ha leído esta vez para nosotros uno de los poemas más queridos de Seamus: ‘The Given Note’. Adiós también a la imponente escultura en memoria de Amergin que Holger Lonze ha erigido en el frente marino: un mástil lanzado al cielo, donde se fragua la tormenta y suena la canción de Amergin. Ese mástil poderoso habla de cuando la poesía comenzó en esta tierra. Y adiós por unos meses, quizás no tantos, a Paddy y Fiona, magos modernos de la cultura. Sólo una tristeza me llevo: Chancer, el perro que compartía con ellos la casa del mar, se ha muerto de viejo.