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La poetización sucia del dolor: barbarie interior

La muerte ya no está en nuestras casas sino desviada a los tanatorios y los nuevos cementerios, de diseño, urbanismo y arquitectura asépticos, se encuentran en la periferia de la población

1 Biblioteca Central (Seattle) / 2 Casa de la Música (Oporto) / 3 Casa de la Música (Oporto) / 4 Selfieskitsch de turistas en lugares sagrados / 5 FelixNussbaumHaus (Alemania, 1995-1998)
1 Biblioteca Central (Seattle) / 2 Casa de la Música (Oporto) / 3 Casa de la Música (Oporto) / 4 Selfieskitsch de turistas en lugares sagrados / 5 FelixNussbaumHaus (Alemania, 1995-1998)

MARÍA KARLA BARCA MARRERO / ESCRITORA  | 14.07.2019 
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Este mundo, que en sí mismo parece carecer en la actualidad de proyecto, obtiene sentido al traducirse en cultura del espectáculo. Estamos tan insensibilizados a la muerte y a la tragedia que, primero la banalizamos para después poder estetizarla. Desde luego, algo tiene que suceder, porque, como dice Vicente Verdú, nunca en la conciencia social existió tan fuerte rechazo a la posibilidad de estar muerto.Aquí aparece, entonces, un necesario interrogante: ¿por qué?

Rechazamos la muerte porque molesta a nuestra filosofía hedonista. Tan solo hay que echar una hojeada a nuestros cementerios para encontrar una prueba de esta negación.

La muerte ya no está en nuestras casas sino desviada a los tanatorios y los nuevos cementerios, de diseño, urbanismo y arquitectura asépticos, se encuentran en la periferia de la población. Su diseño, a merced de que pueda ser baladí, es elocuentemente significante. Aquí uno podría preguntarse a razón de qué seguimos consumiendo lo trágico si en verdad existe un fuerte rechazo en nuestra conciencia. Lo cierto es que estamos dispuestos a seguir viéndolo en las pantallas porque no los percibimos como real; todo es espectáculo, una retahíla deimágenes en las que se desarrolla todo el contenido simbólico. El espectador ya no está dispuesto a enfrentarse al suceso través de la experiencia vicaria. Influyen de manera sublime y mortal en esta banalización del dolor o poetización sucia de la barbarie, la forma en la que nos son presentadas las imágenes pues nos conducen a la insensibilidad.

La irrupción del soporte digital completa el discurso sobre la cultura del simulacro ya que, frente a los soportes tradicionales, lo digital es inmaterial. Para Jean Baudrillard, la sociedad se desvanece hasta el punto de difuminar los límites entre realidad e hiperrealidad. Con los atentados del 11-S, que comportan un punto de inflexión pues ponen fin a la posmodernidad, el tratamiento mediático de un suceso cambiará por completo: desde TheFallingMan (El hombre que cae), las lecturas de la barbarie ya no se volvieron a leer de la misma manera. Definitivamente, la muerte real no parece corresponder a nuestro tiempo. Hemos adoptado una preocupación superficial ante las noticias; esa inquietud por estar informados nos inhibe de la participación activa, nos distancia y nos crea una barrera frívola.

Sin duda alguna hay una poetización sucia del dolor cuando nos encontramos, por ejemplo, los amasados planos en los que los judíos son conducidos a las cámaras de gas bajo el melodrama del piano. Al respecto, basta con citar a Jacques Rivette pues ve en los travelling niuna cuestión de moral como pensaba Godard, ni el colmo del formalismo,sino en verdad el colmo del exceso terrorista.

Estamos asistiendo a la banalización del desastre.ShahakShapira, un cómico y escritor israelí, rastreó Twitter, Instagram y Facebook buscando esos selfieskitsch de turistas en lugares sagrados (como el Monumento a los judíos de Europa asesinados) y haciendo uso del Photoshop, les dio la vuelta. El resultado es crudo, irónico y una crítica mordaz a la vulgarización del daño.

El polaco Libeskind, cuyos diseños recuerdan a violentos accidentes ferroviarios, se inspiraba en uno cuando hizo el FelixNussbaumHaus (Alemania, 1995-1998). Y Rem Koolhaas, se inspiraba en un F 117 Stealth, un caza invisible de ataque estadounidense que estuvo de misión en Panamá, fue a la Guerra del Golfo, a la de Kosovo e invadió Irak, para el diseño de la Casa de la Música de Oporto y de la Biblioteca Central de Seattle.

Más que cerrar heridas, parece que celebramos el desastre y ni el arte es capaz de escapar a su vulgarización. No le falta razón a Ignacio Delama Zaragoza cuando dice que la banalización de la muerte es un grave síntoma de enfermedad moral.