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Rosario Raro: “La literatura consiste en elegir: decidir qué ponemos y qué no”

Rosario Raro novela el comercio triangular, la vida en las haciendas cubanas y cómo prendió la llama contra el esclavismo y la trata de seres humanos.

Rosario Raro - FOTO: ecg
Rosario Raro - FOTO: ecg

DR. MIGUEL A. GIRÁLDEZ / UDC, FAC. DE FILOLOGÍA, DEP. DE LETRAS  | 11.08.2019 
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Llevas ya unos cuantos años entregada a ficciones que parten de historias reales, desde ‘Volver a Canfranc’, publicada en 2015, que alcanzó un notable éxito de público, hasta ‘La huella de una carta’. Pero ahora nos haces viajar hasta un momento crítico de la historia española, que fue el final de las colonias de ultramar, con la pérdida de Cuba. ‘Desparecida en Siboney’ (Planeta) ofrece enigmas dentro de una excelente ambientación histórica, que va de Cuba a Barcelona, a finales del siglo XIX. La novela está recorrida por un gran tema, que es la abolición del esclavismo.

No es un tema del que se haya hablado mucho. La presencia literaria del esclavismo no ha sido muy abundante en este país, se ha pasado de puntillas, y eso a pesar de su indudable presencia desde el siglo XVI hasta finales del XIX, porque no se puede olvidar que el esclavismo se va a abolir en 1880 en los territorios de ultramar españoles. No ha pasado ni siglo y medio.

Mi novela sucede en 1975, veintitrés años antes de la pérdida de estas últimas posesiones. Pero hubo otra guerra importante, la de los Diez años [también llamada Guerra Grande], que tuvo lugar entre 1868 y 1878. Evidentemente, la novela refleja todo esto, y, sobre todo, la lucha por la libertad. Más allá de los asuntos particulares de la trama, mi novela muestra esa tensión permanente entre el esclavismo y el abolicionismo. Todo tuvo que ver con los intereses económicos, como suele suceder. No olvidemos que Cuba era la más rica de las provincias españolas, la perla del Caribe, y prescindir de los esclavos produciría una especia de batacazo económico, especialmente en la industria textil por la cantidad de algodón que llegaba.

Tú trabajas ahora en la Universidad como profesora de escritura creativa, y como dijimos en la introducción has conseguido una buena aceptación de los lectores con tus primeras novelas. Pero lo más curioso de tu biografía es que viviste diez años en Perú. Supongo que te ha influido en tu manera de entender la literatura, pues, finalmente, Perú es un país muy literario que ha dado grandes autores.

Sí, claro. No es sólo una influencia en mi forma de entender la literatura, sino en mi forma de entender la vida. A veces parece que cada país de Latinoamérica tiene un cupo concreto de escritores, y así, al hablar de Perú se habla, claro, de Mario Vargas Llosa y de Bryce Echenique, y poco más.

Pero hay otros muchos muy estimables, muy grandes, como Alonso Cueto. Siempre hay otra manera de hacer las mismas cosas. La locura consiste en repetir lo mismo esperando resultados distintos: eso es algo que decía Einstein. Creo que vivir en otros lugares te abre extraordinariamente la mente, te hace ver todo de otra forma, y eso es porque la mente es como los paracaídas, que sólo funcionan como se abren.   

Imagino que habrás tenido que empaparte de ese ambiente de finales del siglo XIX, tanto en España como en Cuba, y, aunque no sea tan distante como la Edad Media, o como en las novelas de tu compañero de universidad y gran amigo y escritor, Santiago Posteguillo, que como todos saben se dedica a Roma, lo cierto es que no habrá sido fácil la labor de documentación.

Yo no puedo escribir sin buscar documentos, sin atar cabos. Me lo tomo como algo detectivesco. Como la novela está basada en hechos reales, como se suele decir, yo hago una documentación mixta. He viajado bastante a Cuba, he leído muchas novelas del siglo XIX, sobre todo para acostumbrarme al lenguaje, a los usos y las costumbres. Por supuesto, tuve que ver películas de la época y leer ensayos diversos sobre el tráfico negrero.

Es una novela dickensiana, por su atmósfera.

¡Ya quisiera yo! Pero bueno, sí, la atmósfera tiene sus parecidos. Si pensamos en ‘Oliver Twist’, por ejemplo, pues tenemos el tema de la explotación en las fábricas. Yo estoy hablando de la esclavitud al otro lado del océano, pero tu sabes que aquí las condiciones laborales eran tremendas, el movimiento obrero empezaba a tener peso en Manchester y Liverpool, no todavía aquí, donde se daba también, como en otros lugares, la explotación infantil. En ese sentido, cuando escribes del trabajo de finales del siglo XIX es obvio que vas a dibujar una atmósfera dickensiana.

Dickens y Balzac, grandes testigos de su tiempo.

Bueno, Balzac siempre dijo aquello de que toda gran fortuna siempre ocultaba un crimen. Por eso escogí la frase para la portada, aunque con ese añadido mío, referido, claro, a la esclavitud, de que “otras ocultan cientos”. Balzac dijo esto quizás porque intuía que no se haría rico con la literatura, a pesar de hallarse ya inmenso en su gran empresa, el ciclo monumental de ‘La comedia humana’. Las grandes fortunas le resultaban sospechosas.

En tu novela hay casi un paralelismo perfecto entre el mundo textil de Barcelona de la época y la vida en Cuba, con la presencia abrumadora de Mauricio Sargal, que ha de viajar allí para enfrentarse con el hecho enigmático con el que arranca la novela: la desaparición de su hermana, una mujer criolla llamada Dulce.   

No sólo hay paralelismo, sino que las cosas suceden el mismo día. Todo es simultáneo. Yo quería que se viera lo que sucede en una plantación azucarera de entonces, como la de Nuestra Señora de las Mercedes, en la carretera de Siboney, y lo que pasaba en Barcelona en este momento.
Quería que se viera el proceso extractivo de las materias primas, en Cuba, el tabaco, el café, el algodón, y luego, al tiempo, el lujo que todo eso generaba en la vida de Barcelona. Pero también me interesaban otros aspectos, como esa escena en la que Clive Barnaby, el ingeniero nacido en Manchester, abolicionista tras su experiencia en África, se traslada hasta el Círculo Antillano para hablar de precisamente de sus ideas, algo que era como meterse en la boca del lobo.

Ahora diríamos que era un activista. Va allí, apela a su conciencia, habla de cómo eran transportados desde África, etc. Quería que se viera ese lado tenebroso.

Hablas del ingeniero que enlaza este mundo con la revolución industrial, con los nuevos inventos. La novela nos enseña los avances tecnológicos en el trabajo textil, la incorporación de nuevas lanzaderas. Y para ello utilizas a la familia de Augusto Esmerla, que es un poco el símbolo de estas transformaciones, que desea crear una especie de Arcadia para los trabajadores, frente a Delia, su mujer, que muestra una ambición sin límites.

Es como el mirlo blanco (de ahí el apellido) de los comerciantes textiles. Pero no olvidemos que una novela como esta hay que leerla con los ojos del siglo XIX. Doña Delia quiere tener fortuna propia, no heredada. Una mujer en aquel tiempo apenas podía maniobrar en el terreno económico, necesitaba, para todo, la aprobación de su marido.

Ella sabe que si fuera hombre las cosas serían muy distintas. No es que Augusto sea tan bueno, también hay que decirlo. Bajo esa estructura que incluía economato, bodega, jardín, tienda de ultramarinos, etc., se escondía la voluntad de controlar a todos los trabajadores. Y los obreros, comprando en el economato, terminaban devolviendo todo el dinero a quien se lo había pagado.

Uno de los personajes más relevantes de esta historia es Manón, una mujer que se presenta ante el lector como un ser misterioso. Manón ha sido rescatada por Mauricio de ser enviada a las colonias para ser comprada como esposa. La joven trabaja para los Esmerla, y hay un momento en el que ella va a la fábrica y protagoniza allí una tensa escena que es muy significativa en la novela.

Quería simbolizar con ella las condiciones en que las que los obreros tenían que vivir. Ya dijimos que por entonces el movimiento no había arraigado lo suficiente en este país, así que las condiciones eran tremendas. Manón se rebela contra eso, y le pasa todo lo terrible que le pasa porque era una sociedad muy jerarquizada y no se entendía que alguien no respetase esa sumisión que se le exigía a los obreros.

Mauricio Sargal es seguramente el gran personaje de la novela. Evoluciona ante nuestros ojos, está lleno de matices.

A lo largo de la novela hay una toma de conciencia. Mauricio vive una vida frívola, es un pianista de habaneras, esa composición de ida y vuelta que también me interesaba por lo que tiene de nostalgia. Es millonario, por herencia, es libertino y liberal, y por eso le interesa todo lo que tiene que ver con la libertad.

Así que se alinea con el movimiento abolicionista. Quería contar el largo viaje en barco porque en ese tiempo pasan muchas cosas y muchas son relevantes. No se podía hacer una elipsis. Ahí conocemos a Orfiria, vestida con traje de zíngara, que convive con el padre Vergel, y que se embarca con una tabla de ouija, porque asegura que puede hablar con los espíritus.

El tema de la espiritualidad es importante en la época, porque, al tiempo que la religión yoruba que había sido llevada desde África, había llegado a un sincretismo con la católica, el espiritismo se consideraba entonces prácticamente una ciencia (en Barcelona hubo un congreso internacional famosísimo). Por otro lado, siguiendo las normas del trasporte de pasajeros, la compañía naviera estaba obligada a llevar a bordo un sacerdote y un médico, para atender las almas y los cuerpos. Por eso aparece el padre Narciso Vergel, que es en realidad Jacinto Verdaguer.

Todo lo que escribo coincide punto por punto con su biografía. Por supuesto que fue un poeta extraordinario, muy celebrado, un gran modernizador de la lengua catalana, pero también practicaba exorcismos, como es bien sabido, lo que derivó en que le prohibieran dar misa, y acabó teniendo graves problemas con la diócesis de Barcelona.

En el fondo estamos ante un ser profundamente contradictorio, un ser humano que tiene las debilidades del ser humano y que sufre, sobre todo, el impacto de las confesiones del negrero, Bartolomé Gormaz, que había escapado a hacer las Américas huyendo de una orden de arresto en su Sevilla natal. Es tal la crueldad y la dureza de aquellos relatos, que llega un momento en el que Vergel/Verdaguer dice que su mente se está convirtiendo en una ciénega.

Bartolomé Gormaz y su hija Romi, abandonada y desesperada por la desaparición de su madre, forman parte del otro lado de la novela, el lado de ultramar. Ahí asistimos al trato terrible a los trabajadores en los ingenios del azúcar, como se les llamaba, y también advertimos que Romi va poco a poco siendo consciente de cómo había sido educada desde niña para que no se mezclara con los negros, para que los tratara de un modo marginal.

Sí, esa es la otra parte de la historia. Él no parece buscar con mucho interés a su esposa, que, en efecto, ha desaparecido de la hacienda. También hay que tener en cuenta que los quince años de Romi no son como los de ahora. Ahora la adolescencia dura hasta los cincuenta años (risas). Así que el entendimiento de las cosas de la vida iba más rápido que ahora, y Romi comprende enseguida lo que está pasado.

Su habitación en Nuestra Señora de las Mercedes da justo para la zona trasera, donde viven los trabajadores de la plantación, y es obvio que tenía que percatarse de los gritos y de los chasquidos de los latigazos. Dulce Sargal, además, para complicar más la historia, era miembro de lo que se conocía como la ‘sacarocracia’, que era algo así como la aristocracia de la sacarosa. Por tanto, tenía un peso social importante, dentro de una sociedad jerarquizada y muy compleja, en la que convivían esclavos, funcionarios, criollos, etc.

Esta parte de la historia nos revela, aunque de manera literaria, las circunstancias en las que se desarrollaba lo que se llamó el comercio triangular, que no era otra cosa que la trata de seres humanos. Y la participación también en lo que se llamó el negocio de la guerra.
 
Y es aquí donde entra en acción Mauricio Sargal, nacido en Cuba, retornado a España, el pianista de habaneras que, en contra de lo que siempre había jurado, vuelve a cruzar el océano ante la llamada de Romi, en busca de su hermana desaparecida. Y es el personaje que tú utilizas también para dibujar el impulso cada vez mayor de la causa abolicionista.

Mauricio se niega a rememorar todos los años que estuvo allí, porque le duelen. Cuando llega a Santiago de Cuba, ni siquiera se atreve a entrar en La Favorita, la tienda que había pertenecido a su padre.

Mauricio llega por circunstancias personales y ahí conocerá a Benito Friné [antiguo boticario], un personaje increíble que va a resultar fundamental en la lucha por sobrevivir. Y decisivo también en la causa abolicionista, que prende en ellos. (Friné articuló el movimiento contra el esclavismo en la isla, pero antes dio a la luz un documento que llegó a los círculos del poder de Barcelona, y que incluía estremecedoras litografías sobre el trato a los esclavos, y documentación extraída del despacho de Bartolomé Gormaz, entre otras cosas).

Creo que la ambientación es decisiva, claro, y la autenticidad. Y es cierto que eso que llamamos el color de la época es algo que el lector debe percibir de manera natural, sin que la acción se detenga a causa de prolijas explicaciones.

Así es. Hay un riesgo grave en la novela histórica que es el anacronismo lingüístico, que nos saca del texto. El lenguaje es una manera muy efectiva de lograr credibilidad. Me interesaban mucho las conversaciones entre los personajes, porque las cosas deben verse en contexto. El lenguaje es muy importante. La verdad es que no me gusta hacer ensayo histórico cuando hago ficción, ni introducir largas descripciones, ni largos párrafos explicativos de la época. Sólo con la reproducción natural del lenguaje a través de los diálogos el lector puede sentirse partícipe de la acción, como si en realidad estuviera allí ahora mismo, al lado de los personajes que conversan en el territorio de Siboney en 1875. Sólo así se consigue el milagro de la literatura.