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TRIBUNA LIBRE

Tierra prometida

Torre de David en la ciudad vieja de Jerusalén - FOTO: Gary Todd
Torre de David en la ciudad vieja de Jerusalén - FOTO: Gary Todd

GHALEB JABER IBRAHIM Y NACHO VARELA FUNDACIÓN ARAGUANEY-PUENTE DE CULTURAS   | 09.06.2019 
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Dos palabras hermosas que, utilizadas unidas o por separado, deberían haber llenado relatos maravillosos, tanto aludiendo a su propio significado como a través de interpretaciones poéticas o metafóricas, y sin embargo, han acabado adquiriendo una connotación catastrófica. Muy lejos de ese componente identitario y de esperanza, de entendimiento y paz, "tierra prometida" se asimila a ocupación, aniquilación, y especialmente, a destrucción de derechos y de sueños.

Los pasajes del génesis y éxodo bíblicos, donde se interpretan alusiones de Yavhé al derecho de los judíos a poseer e instalarse en la tierra de Canaán -también conocida como 'Tierra Santa' o 'Palestina'-, no dejan de ser parte de la que podríamos denominar una ficción de fe. Y aunque aquellos que profesen la creencia, quieran darle credibilidad, en ningún caso puede justificar lo que Israel ha hecho en Palestina en los más de 70 años de ocupación.

La aparición del sionismo a finales del XIX y la posterior creación del Estado de Israel son las causas de un conflicto que tiene sus razones en los intereses económicos, en concreto la aparición de pozos petrolíferos en la zona, y la mala conciencia de Europa después de las dos grandes contiendas. El buscar los antecedentes en Yavhé y sus descendientes, no es más que la plasmación de una acción perversa y mal intencionada, ejecutada con premeditación y alevosía. No hay posible motivación religiosa que le aporte sentido a esta situación. Los hijos de Abraham son por igual árabes y hebreos, sin que el citado testamento declare favoritos.

El sionismo basó la ocupación de Palestina en tres grandes argumentos:

Que aquella era la tierra prometida. Así aparece supuestamente reflejado en el libro del Éxodo: Yahvé dijo a Moisés, "márchate de ese lugar tú y tu pueblo que saqué de Egipto; sube a la tierra que yo prometí con juramento a Abraham, a Isaac y a Jacob cuando les dije: se la daré a tu descendencia.". Parece ser que ni Moisés ni el pueblo israelita, al que guió por el desierto durante 40 años, lograron culminar la expedición y entrar en la tierra prometida. Todos murieron en medio de fábulas y castigos, donde la culpabilidad pasa de unos a otros dependiendo de quién interprete la historia.

La realidad es que se desconoce testimonio o referencia documental coétanea de la época con tal manifestación divina y que, por tanto, resulta difícil darle veracidad 1.500 años después, momento en que aparecen los primeros documentos escritos. Parece entonces razonable, considerarlo como posible si nos basamos en el dogma o cuestionarlo si lo analizamos desde la praxis histórica.

Otro de los argumentos era que se trataba de un territorio devastado y sin vida: "Una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra". Más de un millón de personas vivían en Palestina en esa época, al comienzo del siglo XX. Y cuando se atribuye esta misma afirmación a tiempos históricos, esto era lo transmitido por la avanzadilla enviada por Moisés para inspeccionar la zona: "Era una tierra maravillosa, rica, fecunda y como prueba de su fertilidad traían un racimo de uvas tan enorme, que para cargarlo debieron transportarlo entre dos personas". "Los exploradores también contaron que la población era muy numerosa, sus ciudades fuertes y amuralladas y sus habitantes gigantescos". En definitiva, nunca quisieron aceptar, ni antes ni ahora, que "Palestina era una novia hermosa pero que ya estaba casada".


Ya finalizada la Segunda GM, el otro gran argumento fue el desamparo de los judíos supervivientes y por ende, el comienzo de la mala conciencia occidental motivada por el holocausto. Como consecuencia, Europa y USA ponían el dinero y los palestinos dejaban su vida y su tierra, otorgándole carta de naturaleza a la petición del hogar nacional judío que reivindica el sionismo. Con ello se le concedía al pueblo judío un estatus de nación (como los polacos o los alemanes), pasando a ser algo más que un grupo religioso (como son los musulmanes o los católicos). Con estas premisas, nada bueno podía ocurrir.

Pero es que además, en la propia esencia de la creación del Estado de Israel, el espíritu colonizador preside las intenciones. En ningún momento se está pensando en los judíos que ya vivían en armonía dentro de Palestina. Muy al contrario, el objetivo era y es, la ocupación violenta del territorio por parte de judíos no palestinos (sionistas) procedentes de cualquier parte del mundo.

Incluso si analizamos el aforismo "tierra prometida", desde la reivindicación del derecho natural, "lo que es", frente al derecho positivo "lo que debe ser", el supuesto anuncio divino se enmarcaría en la teología positiva antes que en la teología natural. El Derecho Natural no tiene que ser revelado por Dios, ni tiene que estar escrito, sino que es intrínseco a la naturaleza humana y encuentra en el derecho a la vida e identidad, a la libertad de a­cción y pensamiento, a la búsqueda de la verdad y la justicia, sus pilares fundamentales. Y además, no existe ley positiva que tenga validez si atenta contra los derechos fundamentales de las personas. Por eso, no existe ley que pueda justificar el holocausto nazi, ni tampoco la hay que pueda dar amparo al genocidio sionista en los territorios ocupados. Y mucho menos, fundamentarlo en un pasaje bíblico que narra una promesa divina.

Desde Abraham y Moisés, hasta Herzl, Rostchild, Balfour, Churchill o ahora Netanyahu y Trump, la ocupación siempre tuvo pro-hombres, autoproclamados profetas, que decidieron prometer y repartir Palestina a los judíos. ¿Sería alguno de ellos el Mesías que tenía que aparecer para cumplir la promesa y resulta que no nos enteramos?