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Enrique del risco, escritor

"Todo el mundo tiene su propia posverdad."

El escritor cubano analiza algunos temas clave de su novela 'Turcos en la niebla': el derrumbe de las ilusiones, el autoengaño, la verdad y la paternidad. Cuba, las mentiras, las máscaras, el anhelo de salir adelante sin perder el carácter caribeño tienen sus ecos en el libro

Un exiliado necesita preguntarse a cada rato si lo sigue siendo, si al final el exilio no es más que una pose para distinguirse del resto de los inmigrantes
Un exiliado necesita preguntarse a cada rato si lo sigue siendo, si al final el exilio no es más que una pose para distinguirse del resto de los inmigrantes

EDUARDO NORIEGA   | 04.08.2019 
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"Tuve una bonita infancia en Cuba. Mi padre era botánico en La Habana, uno de los más importantes del país, y mi madre profesora en varias escuelas. Crecí en un barrio que está justo al lado de Buena Vista, un barrio muy popular de casas confiscadas de gente que escapó de la isla y que se las dieron a personas como mi abuelo. Mi padre tenía un coche con el que recorrimos Cuba, fui un muchacho más o menos privilegiado. Viví en una dicotomía entre la ciencia por parte de mi padre y las letras por parte de mi madre. Al final estudié Historia y empecé a escribir con una mirada sobre la historia. Aunque empecé con el humor. Darme cuenta de lo que era Cuba fue un proceso lento. Incluso cuando con unos veinte años leí 1984, de 'Orwell', no me convencía mucho la transformación de Winston tan repentina. Al final, en 1995 salí de Cuba y ahora vivo en Nueva York".

Y es allá donde Enrique del Risco (La Habana, 1967) ha escrito sus principales libros. Aunque desde los primeros creados en La Habana ya miraba la revolución cubana con distancia y la brecha en la sociedad que llevaron a que fuera vigilado. Un día se dio cuenta de que no había ninguna voluntad de cambio. En 1995 logró una invitación a Alemania y a su pasó por Madrid decidió pedir el asilo, vivió un buen tiempo sin lograrlo hasta que terminó en Nueva York, donde trabaja como profesor. Su novela Turcos en la niebla fue galardonada con el XX Premio Unicaja de Novela Fernando Quiñones.

 

EL título de su novela es bastante sugerente.

Manejé varios títulos, entre ellos Los náufragos de Bergenline porque Bergenline es la calle más importante de la zona donde vivo, y veo el exilio como una especie de naufragio. Pero luego le escuché una frase a un amigo argentino "está más perdido que turco en la niebla" que me encantó sin saber lo que significaba. Se refería, según me explicó, a los vendedores ambulantes que en cierta época en su país solían provenir del Medio Oriente (y que por esa manía simplificadora les llamaban turcos a todos pero que podían ser sirios o libaneses.

Esos vendedores se iban al campo, a zonas que no conocían y al parecer solían perderse en aquellos caminos, más cuando había niebla. Y me pareció una imagen misteriosa y sugerente para representar el exilio, que es un tema central de mi novela: el exilio como un estado de continua incertidumbre. Incluso sin tocar temas como el desarraigo, la separación familiar o la pérdida de contacto con los amigos, el exilio es una tierra de nadie que no habita ni siquiera la gente que te rodea. Ni siquiera tú. El exilio supuestamente es temporal, un espacio permanente condicionado por acontecimientos pasados o futuros porque el presente prácticamente no te toca. Un exiliado necesita preguntarse a cada rato si lo sigue sieno, si al final el exilio no es más que una pose para distinguirse del resto de los inmigrantes.

 

Una experiencia muy particular la de ese exilio que describes...

Sí, se trata de un exilio (el de los cubanos del norte de Estados Unidos) dentro de un exilio (el exilio cubano radicado mayoritariamente en Miami) dentro de otro más que son los Estados Unidos, un país de exiliados desde su fundación. La historia tiene lugar en Nueva Jersey, en la misma zona en que vivo, en el condado de Hudson, un condado que es mayoritariamente latino y cuya población en gran parte está compuesta por inmigraciones recientes: chinos, turcos, coreanos, rusos. Dentro de esos inmigrantes latinos me ocupo de un grupo de cubanos que insisten en verse a sí mismos como exiliados políticos. Y dentro de estos me ocupo de un grupo de amigos con intereses muy particulares, con una idiosincrasia muy específica. Entre ellos hay incluso una argentina que primero estuvo exiliada en Cuba como hija de guerrillero y que, por vueltas de la vida, ha terminado en medio de este núcleo cerradísimo de cubanos.

Pero al mismo tiempo se siente como una experiencia muy universal.

En algún momento de nuestras vidas todos estamos exiliados, interponiendo una barrera entre nosotros y la realidad. Queriendo que la realidad no nos toque, no nos corrompa. Encerrándonos al vacío. Pero es una falsa ilusión. Nadie puede permanecer ajeno al presente. La realidad no te va a permitir que la ignores: se va a vengar de ti, te va a dar caza. Y eso es lo que le pasa a mi protagonista, Wonder Recio. Se desentiende de la realidad para resolver sus problemas con el pasado, pero el presente viene y lo destroza: abandona el trabajo en su taller en pro de un plan para liberar su país -al menos eso es lo que dicen- y terminan embargándole el taller por falta de pagos. De ahí este largo monólogo en el que trata de explicar qué hace allí.

 

Las voces de sus amigos no son menos importantes.

Cierto. Hay una decena de personajes entre amigos, examantes y familiares que forman parte de su círculo más cercano que son parte importante de esa vida que cuenta y de la novela. Tres de ellos tienen voz directa en la historia, hablando de sus propias vidas con sus propias voces.

En el libro se habla de cuestiones muy debatidas ahora: el terrorismo, la violencia policial, la tenencia de armas, el abuso sexual. Todos temas muy actuales.

Buena parte de esta novela fue concebida y escrita antes de que algunos de esos temas estuvieran de moda como lo están ahora. Varios de ellos son parte del debate cotidiano en los Estados Unidos desde hace tiempo. Otros siempre me han preocupado en lo personal, como el abuso sexual, que está mucho más extendido de lo que nos atrevemos a reconocer. Y hablo de violaciones en toda regla, no de que alguien te agarre la mano por más de dos segundos. Aparecen un par de conclusiones oportunistas de última hora: la elección de Trump como presidente y la muerte de Fidel castro.

Eran acontecimientos que por fuerza tenían que afectar al círculo de personas que había creado en Turcos en la niebla y los aproveché en el cierre de la novela. Pero más importante que esos temas es otro que vuelve a estar de moda: el de la verdad. Desde hace rato se cuestiona la relevancia de la Verdad, con mayúsculas, y se insiste en el relativismo, en la diversidad de los relatos.

Puedes creerte la historia que quieras pero luego, a la hora de compartirla con el resto del mundo, debería encajar con ese rompecabezas colectivo al que llamamos realidad. Por mucho que queramos relativizar los hechos, al final te emplazan preguntas que requieren respuestas claras. En ese sentido, Turcos en la niebla es una novela retrógrada, reaccionaria. Trata temas tan anticuados como la verdad y las mentiras, la amistad y la traición. Todo el mundo tiene su propia posverdad. Hablar de verdad ahora es reaccionario.

 

Pero por mucho que fabules algo tendrá que ver una novela que trata sobre un círculo de cubanos que viven a orillas del río Hudson con un escritor cubano que reside en el mismo sitio que su personaje.

Decidí escribir sobre un mundo que conozco bien. Cuba empezaba a quedarme lejos como realidad inmediata así que si iba a escribir una historia americana debía ser la de la Norteamérica que mejor conozco. De pronto, cobraba sentido llevar años viviendo allí, empapándome de sus historias. Material tenía de sobra. Lo complicado fue darle forma, hacerlo inteligible. Pero tampoco pretendo identificar mi realidad con la ficción.

El exilio que me ha tocado vivir casi se podría catalogar de feliz. Y esa cotidianidad he debido compactarla, dramatizarla: el drama está ahí acechándonos todo el tiempo, basta que tomes una mala decisión, te descuides o, simplemente, tengas mala suerte. Pero la novela, sin ser especialmente feliz, está llena también de esos momentos de alegría compartida que los exiliados, y los inmigrantes en general, valoramos tanto.

ENTREVISTA

"En algún momento de nuestras vidas todos estamos exiliados, interponiendo una barrera entre nosotros y la realidad. Queriendo que esta no nos toque, no nos corrompa"

"Puedes creerte la historia que quieras pero luego, a la hora de compartirla con el resto del mundo, debería encajar con ese rompecabezas colectivo

al que solemos llamar realidad"