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En torno a los conciertos de la Costa Azul

El aristócrata que fusionó en Francia el arte y el swing . Una breve historia de las extraordinarias grabaciones de Ellington con Ella Fitzgerald

X. FERNÁNDEZ   | 24.05.2015 
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Entre el 26 y el 29 de julio de 1966 tuvo lugar en la Costa Azul francesa una de las series de conciertos más extraordinarios que recordarse pueda. Los protagonistas, dos de los músicos más notables del siglo XX: Ella Fitzgerald y Duke Ellington. El segundo fue un compositor que supuso en jazz lo que Ravel o Rinsky-Korsakov en clásica: era un orquestador infalible. Creó un estilo que se repetiría hasta la saciedad en toda cuanta big band apareció luego, y que aprovecharon en especial los virtuosos que se agruparon en torno a los dos conocidos drivers Kenny Clarke y Francy Boland.

En cuanto a la Fitzgerald, decir que pocas veces un nombre propio ha bastado para reflejar la perfección en una determinada disciplina. Como Arturo (que, dicho sea de paso, puede aludir, dependiendo del contexto, al marido de Ginebra -o Guinnevere, si prefieren-, o bien al infalible Toscanini, el más visceral de todos los directores de orquesta) o Pablo (por Picasso, por Casals; habrá que añadir que el sello del mismo hispano nombre especializado precisamente en jazz, estaba dedicado a los dos al cincuenta por cien) o Carmen (el arquetipo de Bizet construido a partir del molde establecido por el ínclito Merimée y por Doré, cuando visitaron Andalucía en el florido XIX; o bien, en distancias cortas de los 50, la Miranda). El caso es que Ella sólo ha habido una, y, no les quepa la menor duda, no volverá a repetirse. Ella cubrió un espacio enormemente denso. Su voz poseía unas características muy curiosas. Tenía un timbre amplísimo, haciendo escalas tan bajas que parodiaban las de un barítono bien entrenado, y tan altas que, virtualmente, eran capaces de romper copas de cristal. Así que, aunque parezca sólo un mito Óscar, el personaje de El tambor de hojalata de Günter Grass, que dibujaba con la voz -para su amada Raswita Raguna- un corazón en un vaso, es en realidad algo más que un hecho incontrovertible.

 


UN FOCO ARTÍSTICO. Las grabaciones se efectuaron en varias localidades de la Costa Azul francesa, constituyendo en la época algo que debió de asemejarse mucho a un circo ambulante. Una de ellas fue Juan les-Pins, una villa que vio pasear con harta frecuencia a Charles Chaplin y a dos vecinos de Aix en Provence: Paul Cézanne -verdadero padre de toda la pintura del siglo XX- y Víctor Vasarely. Otra de las sedes de ese festival de fantasía fue Saint Paul de Vence. En este caso, es fácil asociar a otros pintores angulares: Pablo Picasso, entre ellos (es famoso su retrato de la cantante). Pero hay más. El lugar fue la Fundación Maeght. Recuerden que esa fue la sala que tuvo el buen gusto de exponer en sus primeros tiempos a Antoni Tápies, a George Braque, a Robert y Sonia Delaunay. Ahí, Jacques Damasse organizaba tirajes limitados de obra gráfica de todos ellos y de algunos más, como Joan Miró.

Pueden suponer, pues, que el magnetismo que se produjo entre los músicos fue extraordinario. Estaban el Duque y Ella. Estaba Norman Granz al frente de una producción de lujo. Y, respecto a los instrumentos, es hoy el día que da vértigo nombrarlos uno a uno y pensar que hayan podido estar juntos: Ben Webster, Cat Anderson, Mercer Ellington, Herbie Jones, Cootie Williams, Lawrence Brown, Chuck Connors, Johnny Hodges, John Lamb, Sam Woodyard, Harry Carney, Ray Nance...

Fue un milagro anunciado. A la sombra de los pintores -o delante de alguno de ellos, en los conciertos-, Ellington creó un sonido lleno de color, con un cromatismo que recordará siempre a los viejos maestros: Cézanne, Miró, Arp...