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DESDE AROUSA NORTE

Un cura se confiesa (bis)

LUIS BLANCO VILA  | 08.03.2020 
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cualquiera, igual que yo, puede recordar el ocurrente título de José Luis Martín Descalzo, cura joven y poeta sapiente, del grupo Estría del Colegio Español de Roma, donde vivían mientras hacían estudios superiores de grado en las universidades eclesiásticas romanas. Fue un grupo muy interesante, sobre el que empecé a documentarme hace muchos años; algunos coincidieron, cronistas del Concilio Vaticano II,  conmigo en los dos años de corresponsal que vivimos en Roma (1970-71). Pero mis mudanzas pudieron más que yo y por los caminos de Europa quedaron, en tales  trances, cajas de documentación única e impagable.

Cuando era monaguillo en la parroquia de Santa Baia e Boiro, al pasar por delante del confesionario solía detenerme siempre unos segundos por lo menos. Si el confesonario estaba fuera de servicio por falta de “pecadora” –solía ser “ella”–  curioseaba unos segundos más y hasta me hacía a mí mismo preguntas que me hacían reir. ¿Y si entro y en la penumbra…? ¿Quién se va a enterar? Seguro que alguna pica y se confiesa conmigo… Pero no tenía valor, tal vez podía más  el respeto reverencial a las cosas de Dios… Y, curioso, solía venirme siempre a la mente una pregunta digamos que irreverente. ¿Y si fuera el cura párroco el pobre pecador que se confesara conmigo? ¡Ah! Esa idea me gustaba… Pero nunca pasé de la complacencia a la puesta en práctica. Seguro que era pecado mortal imperdonable. Después, en mi estancia romana –ya se sabe– “Roma veduta, fede perduta” los curas del Vaticano me parecían  demasiado tiesos, funcionarios de élite.  Como para dejarse confesar.

En el caso de Martín Descalzo, antes de conocerlo ya me había llamado la atención su libro Un cura se confiesa, publicado en 1955 unos años antes de vivir nosotros en Roma, cuando él , con sólo 23 años, ya llevaba dos ordenado. Formaban parte del grupo de la revista poética Estría, allí en Roma, Antonio Montero, más tarde obispo/arzobismo y bautizador de mi hija mayor; José María Javierre, operario diocesano, que nos casó cuando me negué a que lo hiciera el que iba ser Duque de Alba consorte; A­lonso Schökel, cuya Biblia sigue siendo la mía; Joaquín Luis Ortega, factotum de la revista Vida Nueva, José María Cabodevila, con quien coincidí alguna vez en la tertutlia zaragozana de Luis Horno Liria, en el Paseo, mientras hacía yo el servicio militar y jugaba al fútbol de suplente de Marcelino o Canario, que no llegué a estrenarme oficialmente, porque  el del gol de cabeza al soviético Yatsin… en el mundial de 1964, siempre estaba en forma..
El primer libro de José Luis que llamó la atención fue, como digo, Un cura se confiesa. Algo así como dar la vuelta a la tortilla. Mi obsesión era fingir que el cura se confesaba conmigo… A esa tortilla me refiero, a confesar al confesor. Y termino con Martín Descalzo: sus cincuenta y sesenta fueron de intenso trabajo. Mientras cosechaba el Nadal de Novela con La frontera de Dios, estrenaba teatro, publicaba poesía, llenaba más de un periódico con hermosos comentarios de actualidad, dirigía Vida Nueva…     
Confieso que he tenido casi siempre- el “casi” lo cuento en mi novela a punto, por fin, de aparecer, La caza del cordero, grandes relaciones con gente de sotana o cleryiman. Ellos –en mi caso los claretianos– me educaron durante diez años y me animaron a dar el paso desicivo en mi vida: volver al mundo. No hablo de seminarios porque no he estado en ninguno que por tal se tenga. Eran Palacios convertidos en internados cuando acabó la Guerra Civil, y yo apenas había cumplido dos años. Unos pocos más tarde cambié de hogar. Dejé el de mis padres y comencé el nuevo hogar de destino errante. Digamos que cambié y diversifiqué mis rumbos. Siempre a  sus órdenes, por supuesto, para aprender los senderos del mundo.

Un sábado feliz y soleado, en Roma, en el centro mismo  de la plaza de San Pedro, al pie del monolito, escuchando y respondiendo al Angelus de Pablo VI que lo dirigía desde la alta ornacina de la fachada de la basílica, me topé con el cura Lezama. No lo conocía, pero me sonaba de alguna coincidencia en acto público. Fui, pues, yo quien, como periodista siempre, lo interrogué. Fue una pregunta sencilla tras santiguarnos al final de la oración. “Usted es Luis Lezama”. “Y tú eres otro de los luises”. Desde aquel año ya muy lejano  (1971), cerca o lejos, siempre he buscado hablar con él. Pero no es fácil porque corre por el mundo.  Y ahora me llega su último libro: es una confesión poética hermosísima; se lee y deslee, porque hay que demorar las palabras en el paladar y saborearlas; dicen demasiado para dejarlas pasar sin exprimir el sabor que despiertan en la boca y en el alma.  Este libro que edita

–¿quién, si no?– el viejo  y siempre renovado PPC (Propaganda Popular Católica) se instala en el paladar del alma; y los versos dicen cosas tremendas, dicen “Cuando pienso en mí, tú ya no eras otro” y dice más: “En el momento en que escribo/ya es mi pasado”. ¿Alguien recuerda a aquel personaje tan famoso de hace muchos años que firmaba Gar-Mar? Era sugerente;  tal vez Luis de Lezama lo conozca.  Y más, cuando va camino de Emaús a reunirse con los discípulos de Jesús. Yo, por si acaso, le he enviado la fotocopia  de una partitura de su paisano Luis de Irruarízaga, fallecido muy joven en 1928,  que “canta” de lo mismo. “No te vayas, Señor, que anochece y se apaga la fe, y las sombras avanzan, Dios mío, y el mundo no ve”.

 En suma, compren  el Cuaderno de Emaús y ténganlo a mano. A veces es mejor que te llamen cursi que perder un buen bocado que no saque de la tristeza, fruto, casi siempre, de la soledad.

periodista