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Violentadas en El Pedroso y burladas en La Alameda

Las dos Marías Maruxa y Coralia
Las dos Marías Maruxa y Coralia

ISABEL CES / PERIODISTA   | 09.12.2018 
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Mañana, lunes, se entrega en Oslo el Premio Nobel de la Paz al ginecólogo congoleño Denis Mukwege y a la activista yazidí Nadia Murad que fue esclava sexual del grupo terrorista Estado Islámico, ambos galardonados por su lucha contra la violencia sexual.  Con este doble del galardón, el Comité del Nobel de Noruega  denuncia el uso de la violación como "arma de guerra" en numerosos conflictos en todo mundo. Un "arma letal" que ya motivó una cumbre especial en 2014 en la que el entonces Secretario de Estado de Estados Unidos John Kerry  declaró que "la violencia sexual en la guerra es una mancha en la conciencia del mundo que tiene que acabarse". Un crimen silenciado que, según datos de Unicef, se ha cobrado 50.000 víctimas en la guerra de los Balcanes y más de 200.000 en la República Democrática del Congo. Y mañana a las 13.00 horas, en mi ciudad Santiago de Compostela, habrá sin duda, al menos, un turista haciéndose una foto muy sonriente, cuando no mofándose, al lado de la estatua de las llamadas Dos Marías y algún compostelano que pase al lado con una sonrisa cómplice. Ambos sin saber, o en el caso del compostelano quizás no queriendo saber, que están frente a dos víctimas de la violencia sexual durante la represión franquista.

Maruxa, la mayor, y Coralia su hermana menor cometieron el crimen de pertenecer a una familia de anarquistas, teniendo tres hermanos miembros de la CNT y uno de ellos nada menos que secretario general de la sede de Compostela. Un crimen muy grave tras el golpe de Estado de 1936 cuando los falangistas y afines se presentaron en casa de la familia Fandiño y al no encontrar a los tres militantes que estaban escondidos o huidos se vengaron en las mujeres presentes en la casa, presionándolas para que confesasen el paradero de los hombres. Las versiones sobre las vejaciones que sufrieron difieren pero en todas coincide que las raparon, las sacaban a la calle desnudas para humillarlas y las subían al Monte Pedroso. En esa época cualquiera que prestase ayuda a un "rojo" podía ser considerado como tal y condenado,  y los vecinos veían y callaban ante esas incursiones en la casa familiar de los Fandiño que se repetían día y ,sobre sobre todo, noche pese a la puerta cerrada a cal y canto que era echada abajo por los "defensores del orden" al tiempo que sus pertenencias eran destrozadas. Lo que vivieron esas mujeres solo ellas lo saben, el miedo, el acoso y quizás la violación y la tortura. Sin nadie para defenderlas. ¿Quién iba a denunciar una violación o simplemente mencionarla en ese clima de terror? Si eran violadas, mejor no saberlo y en todo caso callar. Un silencio que permanece hasta hoy, sólo algunos testimonios tardíos hablan de violación.  En lo más fuerte de esas vejaciones dejaron de salir a la calle, vivían encerradas, y los vecinos más compasivos les dejaban comida a través de la puerta gatera que tenían. 

Cuando los tres hermanos fueron finalmente arrestados, encarcelados y en algunos casos torturados,  a mediados de los años 40, el acoso que duró casi 10 años terminó para las mujeres de la familia pero la pobreza permaneció porque la represión posterior se tradujo en la perdida del trabajo para el padre y para ellas que eran costureras como su madre;  las clientas se asustaron de que pudiesen relacionarlas con esa familia "apestada" para el régimen franquista. Y perdieron, sobre todo, la razón. La locura era, sin duda, la mejor manera de olvidar los abusos que habían sufrido en público y en privado. Entonces se inició el ritual que es el recuerdo que permanece en la memoria colectiva de los compostelanos sobre las Dos Marías aunque en principio eran tres, pero Sarita murió joven. Unas mujeres escuálidas casi cadavéricas, y con la cara ya no pintada sino enmascarada de polvos  de arroz o incluso de talco y los labios rojos, que paseaban a partir de las dos en punto, en cuanto sonaban las campanas de la Berenguela, firmemente cogidas de la mano y disfrazadas ante la adversidad. Eran los fantasmas de su propia juventud, volvían a ser "Libertad, Igualdad y Fraternidad", como las apodaban antes de que les robasen su vida. La imagen de estas dos mujeres víctimas de la violencia sexual "se vende" ahora en llaveros, figuras, camisetas y demás recuerdos de Compostela, pero sin explicar su historia, y cuando me escandalicé por esta carencia en una librería feminista de Santiago ante un broche de Las dos Marías, me respondieron que no estaba comprobado que las violaran, sólo que las violentaron...

Una falta de explicaciones que es todavía más flagrante en la estatua que, se supone, les rinde homenaje en la Alameda y que da pie a fotografías muy graciosas; sí, su historia es realmente como para reírse o como me sale con toda la retranca gallega "¡Eche unha risa!". Mientras no se solucione este "olvido", Las dos Marías están expuestas a la inclemencia no de la lluvia sino de las burlas.