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Jaime

Confesiones. Sobre toda una vida. Ideas complejas que infieren que una persona ha sufrido. En un magnífico libro que he leído estos días, una mujer, Elvira, se entrega a una larga, sincera y honesta reflexión sobre lo que han sido los puntos cardinales que han delimitado con precisión su existencia. Es una persona de clase media, y ha vivido, muy intensamente, por cierto, a lo largo de la postguerra. Ya tiene cierta edad, y se culpa de infinidad de cosas. Todos sus lectores la excusamos, porque sabemos que no tiene razón en achacarse nada. En absoluto. De hecho, y sabiendo que su cultura y educación la ha preparado para ser una mujer banal, cosas de la época, vamos descubriendo en ella un espíritu que lucha por reafirmarse en un status que la hace muy próxima a una macroconciencia universal. Una analista, sin saberlo, extraordinariamente lúcida, que va descubriendo poco a poco que, en resumidas cuentas, su único delito es, sencillamente, no haber aprendido a querer ni a ser querida. En su brillante discurso hay perlas de una sabiduría exultante. Como cuando nos encontramos con una descripción de alguien muy próximo en donde dice algo que nos resultará cercano a Cioran: “No existía consuelo para un hombre que había perdido la fe. Le habían enseñado a creer en Dios, pero no quedaba espacio en su pecho para tamaña abstracción”... Tremendo, claro...

CRÓNICA

El magnífico libro del que les hablo se llama Si te digo que lo hice. Acaba de ser publicado en Espasa, y su autor es novel, se llama Jaime de los Santos, y nos es conocido por varias cosas muy curiosas. Como el ser partícipe en calidad de tertuliano en medios como Onda Cero, Antena 3 o El Confidencial. Pero también por su actividad política, como el ser senador, y el haber sido un tiempo Consejero de Cultura de la Comunidad de Madrid. Y, para colmo, el haber participado en diferentes exposiciones con textos científicos. Es historiador del arte, condición que se hace notar continuamente en su narrativa, que es, francamente, de un gusto exquisito. Sus citas de los grandes maestros son continuas, de Miguel Ángel a Honoré Daumier. De Toni Morrison a Flaubert. De Stefan Zweig a Galdós. De Cela a Teresa de Jesús. Y un hilo conductor se hace muy presente, y va llevando su espíritu de paseo por todas sus páginas sin que se note demasiado: alguien llamado Federico García Lorca, de quien el autor se siente, muy especialmente, deudor. Todo enhebrado en un relato a contra corriente donde, con frecuencia, nos encontramos con frases e ideas explosivas: “Murió sin ser ella. Corrompida. Mas, cuando expiró, un aroma a flores lo inundó todo...” Una joya inconmensurable...

04 abr 2022 / 01:00
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