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La estrategia de la crispación

no creo que haga falta poner a todo gas nuestra capacidad de análisis –que, por lo demás, casi nunca tenemos excesivamente ocupada– para advertir el clima de crispación dominante entre quienes habitamos este que unos llaman País y otros Estado para, en definitiva, omitir su nombre; unos, porque lo sienten con frialdad o indiferencia; otros, porque lo repudian o aborrecen. El hecho es que al conversar, al manifestar cada uno sus opiniones al relacionarnos dialogando, asoma aquí y allá algo turbio o discordante, incluso potencialmente violento, que nos aleja divide y opone. En tal situación, y a falta de unos gobernantes que se ocupen de fomentar la respetuosa convivencia y entendimiento entre los gobernados, y no se limiten cicateramente a cuidar los intereses de su partido y de los beneficios y prebendas que les proporciona el poder político que ocupan, no creo que sobrevivir como pueblo con un mínimo horizonte histórico sea tarea fácil. Y será una pena.

Cuando en el año 2011 sucedió en Madrid el trágico desastre terrorista de los trenes de cercanías, en vísperas electorales además, recuerdo la nerviosa charla entre el señor periodista Iñaki Gabilondo y el señor presidente Zapatero (que de señor nunca anduvo sobrado) manejando la consigna de “tensión, crispación” para enrarecer el clima de confrontación ciudadana. Lo mismo se dio tiempo después, cuando buena parte de la sociedad catalana nos dijo al resto de españoles que no nos querían allí, ni siquiera en el Camp nou, que es al parecer “más que un club”, vaya vd. a saber qué más, acaso una estridente grillera para silbar al Himno y a la Monarquía.

Una de las sensaciones más penosas y decepcionantes que nos trae el paso del tiempo es comprobar cómo por desidia o incapacidad, siguen sin resolverse problemas y carencias a los que no se les ve fin. Lo expresó con rotunda claridad y pesadumbre el notable poeta Xosé María Díaz Castro al comienzo de su poema Penélope: “Un paso adiante e outro atrás, Galiza, / e a tea dos teus ollos non se move...”. Está claro que moverse no es avanzar y que es eso precisamente lo que nosotros necesitamos; para ello lo previo es saber y aprender de nuestra Historia, sobre todo de nuestros errores.

Bien entendido: espíritu crítico siempre, desde luego, pero no ese masoquismo de flagelarnos sin piedad, estérilmente, y menos aún ese enfermizo revisionismo que nos lleva una vez sí y otra también a denostar y despreciar lo que durante siglos hemos elogiado e incluso considerado momento histórico estelar como los que el ensayista y biógrafo Stefan Zweig seleccionó y analizó en su espléndido libro Momentos estelares de la humanidad (1927).

El ambiente de crispación es inquietante, pues igual que el iceberg, esconde mucho más de lo que muestra. Es, como el exacerbado individualismo, uno de nuestros males. Otro, la radical politización de todos los órdenes de la vida a modo de plaga o epidemia, lo que deteriora y hasta envenena nuestra convivencia colectiva fomentando la corrupción y hasta la injusticia. Por cierto, se me olvidaba decir que todo esto que aquí escribo se refiere a un lugar que se sigue llamando España, donde queda Galicia. Además de aludirla como “este País” o “el Estado” es posible que nadie se contagiase de enfermedad grave llamándola España; no digo siempre (eso sería vicio y redundancia), pero sí de vez en cuando, incluso muy de vez en cuando. Verán que ni siquiera produce un ligero sarpullido, ni siquiera el inglés, que dicen que de lejos parece sarna... y de cerca lo es. Pues eso. Seamos prudentes.

11 jun 2021 / 01:00
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