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ENTREVISTA
Javier Urra Psicólogo y escritor

“Los adolescentes han sido los grandes olvidados de la pandemia”

Estamos ante un libro muy positivo, que da respuestas a quien quiere que las cosas funcionen bien con su adolescente, y que nunca se pierda el respeto. En ‘Déjame en paz... y dame la paga’, el autor apuesta por aprovechar “las noticias, los sucesos, para comentarlos con nuestros hijos, para escuchar sus opiniones, para dialogar, para conocernos. Formemos en la necesaria capacidad crítica, y autocrítica.

Esta obra es muy conveniente y oportuna. ‘Déjame en paz y dame la paga’ llega un momento muy necesario para muchos padres con hijos adolescentes...

Es un libro a solicitud de la propia editorial (Harper Collins) porque ven que la sociedad lo necesita porque es verdad que la gente tiene como mucho miedo a la educación de los adolescentes. Es más, hacen un poco una profecía autocumplida, que es: ‘Tener un adolescente es un problema’.

Y creo que es un error de planteamiento porque pienso que es una etapa bonita. Yo soy un ferviente fan de la adolescencia y, por mi trayectoria, he estado y estoy todo el día con ellos. Son una gente estupenda, mucho más tiernos de lo que parece, quieren a sus padres mucho más de lo que también pueda parecer (aunque no lo digan) y, en general, están en cambio, quieren dejar de ser niños, no alcanzan a ser adultos y, a veces, es el momento más importante para que estemos a su lado.

Esa es la idea que refleja en el libro: “en la adolescencia hemos de querer a quien más lo necesita cuando de verdad menos lo merece”.

Posiblemente sea así. Y lo necesitan porque al final, tú fíjate, que ellos dependen mucho de la presión de su grupo (de si sus amigos los van a llamar para salir o no, por ejemplo).

Los padres no somos sus colegas ni sus amigos, pero sí ese sostén, muchas veces, de situaciones que a ellos los incomodan, les preocupan o los deprimen. Y durante la pandemia, han visto perder a sus abuelos, a sus padres desesperados por quedarse sin un puesto de trabajo. Es decir, que muchas veces son más sensibles de lo que parecen.

Lo que propugno en el libro, y lo dice el subtítulo, es escucharlos, hablarles de nuestra realidad, preocupaciones, de nuestra situación en el trabajo, con nuestra pareja.

Y luego está el tema de las hormonas, del que estoy un poquito harta porque parece la excusa perfecta.

Es verdad que ellos tienen unas alteraciones propias del cambio de estatura, granos, se desarrollan las mamas, el vello, los genitales, pero el libro lo deja claro: también hay mucho tópico con aquello de que es una explosión de hormonas. Vamos a ver: la mayoría de los adolescentes no crean grandes problemas. ¿Que hay una lucha entre padres y adolescentes con los horarios? Pues claro. Y hay un conflicto porque España tiene unos horarios anormales. Y tampoco les damos muchas opciones. Porque al igual que los adultos tenemos un ateneo o tantas cosas, los jóvenes tienen poco.

Por cierto, durante el confinamiento y la pandemia se ha visto que los adolescentes han sido los grandes olvidados del Gobierno, de todos. Nadie ha hablado de ellos porque es una figura que se queda ahí, en un impasse. Yo creo que el truco es hablarles con respeto, llenarles el tiempo de contenido, que se sientan útiles.

Dice que los adolescentes quieren padres con decisión, que pongan límites. Pero no es lo que demuestran con sus actos. Y es más, siempre se quieren ir con el progenitor que no los educa y que los utiliza de manera bastarda contra el otro.

Es verdad. Nadie dijo que educar sea fácil. Educar es contracorriente. A veces hay que decir que sí, otras que no. Y claro, si hay disensiones en la pareja (estén separados o no), el adolescente las va a aprovechar. Y de qué lado se va a decantar: pues del que le deje hacer las cosas. ¿Eso es muy educativo? Pues posiblemente no.

Y claro, las normas son muy necesarias, sobre todo en la etapa de la adolescencia, que es cuando les cuesta más organizarse, cuando pasan de una excitación absoluta a una pasividad y pereza... Por eso, las normas del hogar, los horarios de comida... Todo esto les hace serenarse, y es fundamental.

“El adolescente busca encontrarse a sí mismo, pero el sí mismo no se encuentra, se crea”. ¿Y eso cómo se lo decimos a un chaval que se siente perdido?

Pues muy fácil. Con el ejemplo del gusano y la mariposa. Hasta que un gusanito come morera y se convierte en mariposa es bastante increíble esa transformación.

Fíjate que los lóbulos delanteros cerebrales se desarrollan hasta los 21 años. Por tanto, hay unos cambios sociales, culturales, personales, biológicos, que se van estableciendo. La gente no nace ya desarrollado.

Y, precisamente, mientras te estás buscando y no te encuentras, te estás creando y desarrollando y a veces pensando: ‘Si yo fuera adulto, este mundo cambiaría’. Luego los años te enseñarán que una cosa es lo que uno quiere hacer y otra lo que puede. Pero lo lógico es querer cambiar el mundo a esa edad, y no con 92 años. Ahora, tienes que tener tu tiempo para reflexionar, serenarte, para estar en contacto con la naturaleza, para la soledad, para reír, para llorar, para decir que no, para aprender a debatir, a ser asertivo, a no levantarte y dar un portazo... porque... ‘Hijo, no es que estemos contra ti, estamos a tu lado, porque tú dentro de cuatro días vas a ser padre y vas a tener los mismos conflictos’. Y eso es ley de vida.

Otra cosa son los padres que no quieren dejar de tutelar al niño, los que sobreprotegen, los que no dan buen ejemplo en casa.

¿Cómo se consigue impartir una disciplina equilibrada, instruir sonriendo y reprendiendo con ternura?

Pues diciendo: ‘Te sanciono porque te lo mereces’. Te puedes enfadar, pero sin alterarte. Tienes derecho a ser sancionado. ¿Que a ti no te gusta? A mí tampoco me gusta sancionarte. Pero la vida es así. Y si yo voy a mucha velocidad, me retirarán el carné de conducir. Vivir en sociedad conlleva limitar la libertad de uno para defender los derechos colectivos sin atacar la individualidad. Uno lo que no puede es entrar en un combate dialéctico, pero sí debe decir ‘te quiero, eres un tío majísimo, pero que esto no lo has hecho bien’.

Y el sentido del humor, qué importante es.

A veces hay que conseguir reírse de lo que nos acontece porque genera un vínculo precioso con el adolescente. Y luego todo lo demás va mucho más fácil y se dará cuenta de que no eres un fiscal que le persigue; eres un padre que le quieres y que por eso tienes que decirle sí a unas cosas y no a otras, como cuando de pequeño no le permitiste que metiera los dedos en un enchufe.

Tenemos niños con una infancia cada vez más corta

Bueno, hemos acortado el tiempo de infancia; también es biológico. Las niñas tienen la menarquia un año y medio antes que lo tenían sus abuelas. Estamos estudiando por qué se produce. Y luego hay mucha presión de consumo, etc. La infancia es demasiado corta y en cambio la adolescencia se alarga sobremanera.

Cuando están en la fase de dividir para vencer, ¿qué hay que hacer?

No permitir que se hagan muchas grietas. Los adultos tenemos que llegar a acuerdos y si discrepamos, no hacerlo delante del hijo. Un momento habrá para hablar y decir: no me ha parecido bien, eso ha sido un poco excesivo, o es que estás dejándote hacer... Cada uno le pondrá su toque, su forma porque somos distintos en la pareja, pero con unos criterios. Y no quitar responsabilidad, no quitar liderazgo, no quitar auctoritas a la otra persona, porque si no el chaval se da cuenta y va por ahí.

De todos modos yo creo que durante el confinamiento tanto los niños como los adolescentes han demostrado un muy buen comportamiento. Creo que nos han dado alguna lección a los mayores.

Estoy de acuerdo. Lo que pasa es que a mí no me ha sorprendido, la verdad. Pero como la sociedad tiene una imagen tan de conflicto de vivir con los niños, de vivir con los adolescentes... Y realmente no lo es. Lo que tenemos un problema en España es de tener pocos hijos. Ahora se empieza a pensar en poder tener hijos con 31 años, por esa adolescencia superalargada. Y yo creo que hay etapas. Que hay conflictos?, es que los tiene que haber, como lo hay con tu pareja, como lo hay contigo mismo o como lo hay con tus compañeros de trabajo. Si la vida nadie ha dicho que no sea un conflicto. Pero eso no quiere decir que no te quiera. Esto es como un hospital: a veces te dan un tratamiento que te genera dolor, ¿pero es necesario? Pues sí.

Lo que pasa es que a veces se le hace más caso a los de fuera que a los de casa

Bueno, eso seguro. Es más fácil educar desde fuera, con un entorno, con un ambiente, siendo profesional, que en el hogar. Lo que ocurre es que yo tengo la impresión de que a veces no se tienen los criterios educativos hasta muy tarde. De hecho, yo no soy el típico abuelo que dejo hacer a mis nietos todo lo que quieren. ¿Por qué? Porque les quiero.

El amor es esencial

¿Podemos decir que la educación y el amor van de la mano?

“La educación lo es todo. Desde que naces hasta que mueres puedes estar aprendiendo, enseñando. Y el amor quizá sea lo vital. Es decir, el último día de la vida nos preguntaremos para quién he vivido. El amor es esencial y no tiene nada que ver con querer. Esa es otra cuestión. Porque puedo querer un coche... Y además no puede equipararse con poseer. No puedo poseer jamás a un ser humano, por muy pareja o hijo mío que sea. Y me parece que hay que educar desde el amor, es decir, ser bondadoso. Y ser una sociedad menos individualista”.

Más basada en el tú y nosotros, no tanto el yo-yo .

“Creo que si tú vas a una cafetería y escuchas: ‘Porque a mí no se me entiende, no se me valora’. ¿Qué hace usted por los demás? Y eso es importante, pensar en los otros, me parece que la pandemia nos ha enseñado que hay gente muy solidaria, muy comprometida, muy valiente, y otra muy recluida, muy egoísta...”.

02 oct 2020 / 00:00
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