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María José Vidal: mientras dura el eclipse

conocí a María José Vidal Prado en las aulas de Filología Románica de la Universidad de Santiago, en las clases de Literatura Hispanoamericana donde yo ejercía entre novel y novato. Preguntaba en ellas, preguntaba mucho y siempre. Se encadenaba a sus inquietas interrogantes. Preguntaba y detenía el tiempo, siempre escaso y turbio.

Acabó sus estudios y publicó sus primeros poemas en EL CORREO GALLEGO, en las páginas de El Correo Cultural que habíamos creado un grupo de profesores en Santiago. Luego su vida se encauzó por otros rumbos, unos ásperos, otros inciertos. Vivió en Canarias, Toledo... con sus libros y sus poemas. Enseña literatura y en ello sigue, peleando seguramente con los agravios y pérdidas de las noches y los días.

Hoy María José será otra, distinta a la que conocí. Ignoro si continúa preguntándose, pero no me extrañaría que así fuese. Preguntando en la palabra escrita, soñada o imaginada. En el curso de sus versos que hieren por lo que dicen y lo que callan; que contienen siempre sombras, enigmas, caídas, golpes devastadores de una perturbadora memoria solo a ella entregada.

María José ha escrito poco, sin urgencias ni reclamos, ella sola. Su voz, lirismo duro y agrio, es difícil de transitar. Historia de un jardín muerto y de un pájaro rojo (2015), Polifonía (2016) o El paso del cometa (2020) así lo testimonian. Camina por espacios inhóspitos, secos, visionarios. Va sola, pero en sus palabras lleva su mundo, ella misma con sus revelaciones y asombros. Es ella poeta de cosmovisión trascendente y contenida, de revelaciones inquietantes y actitudes libertarias, desafiantes, de inéditos y duros quebrantos, de dañinos fantasmas imaginativos y otros que resisten el paso del tiempo entre penumbras y libros de cortantes perfiles.

María José maneja una extraña y lacerante expresividad que se desangra huérfana de fulgores y serenidades, zarandeada como está por tensiones violentas, punzantes; por el dolor y la pena. En “La terraza” está cierto balance de su vivir con su “corazón multiplicado” a cuestas, con la volatilidad del fuego y del humo y la memoria infiel de la casa “que quizá fue mía”, aunque de ello posea certidumbre. Pintores y escritores la calman y acompañan por momentos.

Sus palabras, sus tonalidades verbales brotan con frecuencia en clave de airada ironía, de filo amenazante, de amargas paradojas. Quieren enseñarnos el haz y el envés de la existencia, de los seres y las cosas, de lo próximo y lo remoto. Conversa con su hijo mientras baila en la cocina, examina su conciencia. Tropieza con un perro callejero “que sabía cosas que nadie sabe” y así derriba nuestra percepción de lo real, lo irreal y lo onírico. Habla con Dios muy en serio y lo interpela, exigente. Y lo mismo hace con la muerte y sus soledades. La materia existencial es el gran venero de su poesía.

He ido leyendo El paso del cometa, recorriendo sus tiempos y espacios, sus detalles puntuales e itinerarios para registrar los vivos recuerdos que me acercan a un pasado que sobrevive. María José es poeta sustantiva y de desolada hondura, de palabra significativa y doloroso lirismo. Su elevada altura poética, su acento quebradizo y su verso en plenitud llegan al lector, van lector adentro. Lean este poemario lastimado, agresivo que nos arrastra y concierne. María José está sola y lo sabe. Sigue preguntándose quién fue y quién es. Prosigue sin respuestas, entre paredes y vacíos. El viento zarandea su leve cometa ciego, en el aire. Allí están escritos estos signos suyos. Descífrenlos.

04 mar 2022 / 01:00
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