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Ruiz

Lo confieso. Leo muy poco sobre economía. En tiempos inmemoriales, en mi adolescencia, sentía verdadera pasión. Incluso por los volúmenes más problemáticos. Pienso ahora en dos verdaderamente antagónicos: el Primer ensayo sobre la población, de Thomas Robert Malthus, y El capital, de Karl Marx. Dos long sellers muy carismáticos. El primero llegaba a conclusiones realmente alarmantes, alguna de las cuales defendía, por ejemplo, algo semejante a que si la Humanidad crecía en progresión geométrica, los medios de subsistencia lo hacían en progresión aritmética. Al bueno de Malthus no se le ocurrieron más que medidas drásticas. Ya que no había forma de multiplicar el grano, la carne o el pescado, lo lógico era buscar medios urgentes para eliminar humanos. Para ello, las guerras (ergo: era fundamental avivarlas) eran un método excelente. Y también, cosa harto curiosa y francamente despiadada, eliminar de raíz a esa parte de la población con determinadas taras físicas o mentales. Y, por supuesto, poner un límite a la existencia. Una edad para jubilarse (de estar vivo, quiero decir). Bondadoso el hijoputa, ¿a que sí? Al segundo ya lo conocen ustedes de sobra y huelga decir que marcó un antes y un después en la evolución de las relaciones sociales y políticas de los pueblos. Hoy ha cambiado la cosa. Pero no mucho...

LA DESIGUALDAD. El último libro que he leído es apasionante. Ha sido editado por Espasa. De hecho, ha sido premiado con el galardón editorial, es decir, el Premio Espasa, este año 2022. Su autor, un tipo brillante y muy conocido en los medios de comunicación. Él es Javier Ruiz, actual director de Las claves del siglo XXI, de TVE y de Hora 25 de los Negocios, ex redactor jefe de los servicios informativos de la Cadena SER y ex jefe de redacción de Noticias Cuatro. El libro al que nos referimos se llama Edificio España. El peligro de la desigualdad. Tuve ocasión de comentarle a él mismo la impresión que me produjo. Y es que fue abrumadora. Conforme iba avanzando en la lectura, mi sensación más persistente era de que aquello era una novela de terror. Aunque hacia el final no tenía más remedio que rendirme al irresistible encanto del autor narrando aparentes obviedades (o no tanto), sumado al hecho de que él mismo propone soluciones que están perfectamente claras. Una de ellas: que cambiar de opinión es un signo de inteligencia, no de debilidad. Y para ello cita una anécdota. La del telegrama que Winston Churchill envía a John Maynard Keynes: “Empiezo a estar de acuerdo con su punto de vista”. A lo que el economista le responde: “Lamento oír eso. He comenzado a cambiarlo”.

21 nov 2022 / 01:00
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