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Trintignant, un gigante de la interpretación

Icono del cine francés de los años 60, eterno caballero de la pantalla y rompecorazones en su vida personal, Jean-Louis Trintignant fallecía la pasada semana a los 91 años devorado por un cáncer contra el que se negó a luchar y tras casi veinte años de duelo por el brutal asesinato de su hija, Marie Trintignant.

Con más 120 filmes a sus espaldas, Trintignant fue durante décadas uno de los imprescindibles del cine francés, desde sus inicios en 1956, bajo las órdenes de Roger Vadim, Claude Lelouch, François Truffaut, Costa-Gravras o Michael Haneke, creador de uno de sus últimos papeles memorables, Amor.

El actor más tímido del cine y el teatro francés, acabó convertido en un icono por su encanto discreto y su perfil de hombre ‘normal’.

Nació el 11 de diciembre de 1930 en Piolenc, en la región sur de Provenza-Alpes-Costa Azul en la que volvió a instalarse para vivir los últimos años de su vida, rodeado de los olivos y las vides de las que le gustaba ocuparse.

Tras comenzar a estudiar derecho se trasladó a París con 20 años para hacer estudios cinematográficos y clases de arte dramático, que le ayudaban a hacer frente a su timidez, lo que le llevó a decir que ‘durante años’ fue un actor que daba ‘un poco de vergüenza’.

Trintignant entró en la actuación a través del teatro, donde había vivido una auténtica revelación al ver por primera vez El avaro, comedia de Molière que lo animó a entrar en los escenarios. Pero su nombre se dio a conocer a partir de 1956 con una de sus primeras apariciones en el cine en Y Dios creó a la mujer.

En ella, junto a Brigitte Bardot y bajo las órdenes de Roger Vadim, se puso en el papel de un joven esposo enamorado hasta las trancas de la bella protagonista, que se divertía seduciendo a los hombres en la playa de Saint-Tropez.

Una historia con un cierto paralelismo con la realidad pues Bardot, a punto de convertirse en un icono mundial, y Trintignant tuvieron una aventura a espaldas de Vadim, el marido real de la actriz, dando pie a uno de los cotilleos más mediatizados de aquellos años.

No sería la última vez que su vinculación con una actriz protagonizó las portadas: su papel en El Tren favoreció una relación fugaz pero intensa con Romy Schneider, a quien finalmente dejó para continuar con su mujer, la cineasta Nadine Trintignant. Con ella tuvo tres hijos: Marie, Vincent y Pauline, que falleció a los nueve meses, el primer gran golpe en la vida de la familia.

Después de un parón importante en el cine a finales de los 50 -se salvó de ser enviado a la guerra de Argelia enfermando a base de comer claras de huevo y vino blanco- volvió a las pantallas con clásicos que han pasado a la posteridad, como Las relaciones peligrosas, dirigida de nuevo por Vadim. En esta adaptación de la famosa novela de Pierre Choderlos de Laclos se codeó con Jeanne Moreau o Gérard Philippe, antes de convertirse también en una estrella del cine italiano, en el que trabajó con directores como Dino Risi, Ettore Scola o Bernardo Bertolucci. Películas como El conformista, Il sorpasso, Le mouton enragé o Mi noche con Maud, de Éric Rohmer, o Z, de Costa Gavras, le llevaron al podio de los actores más admirados de la segunda mitad del siglo XX, aunque su mayor éxito llegó con Un hombre y una mujer, la película de Claude Lelouch que ganó la Palma de Oro en 1966 y el Oscar a la mejor película extranjera un año más tarde.

Esta película, que protagonizó junto a Anouk Aimée, tuvo su continuación dos décadas después en Un hombre y una mujer: veinte años más tarde y de nuevo en 2019 en Los años más bellos de una vida, cerrando en una trilogía uno de los clásicos del cine romántico, donde Trintignant encarnaba a un piloto de carreras que se enamora de una viuda en medio de una relación atormentada por la culpabilidad y la pérdida.

La terraza (1980), La noche de Varennes (1982) y Entre el amor y la muerte (1981), las tres de Ettore Scola; La mujer del domingo (1975), de Luigi Comencini, o Mata Hari (1964), son otros de sus títulos más conocidos.

VEINTE AÑOS DE DUELO. No fue casualidad que el papel de Trintignant fuera el de un piloto de carreras. Nacido en el seno de una familia acomodada del sur de Francia, era sobrino de tres conocidos pilotos, Louis, Henri y Maurice Trintignant, de quien heredó la pasión por la velocidad.

Sus últimos años en el cine estuvieron marcados por la trágica pérdida de su hija Marie, también actriz, que fue asesinada a golpes en 2003 por su pareja, el cantante Bertrand Cantat. “Me destruyó completamente, no he conseguido superarlo. Hace 15 años que estoy muerto”, reconoció en 2018 en una de las pocas entrevistas en la que aceptó hablar de su vida personal.

Pocas veces volvió a ponerse antes de una cámara y reconocía rechazar papeles por falta de fuerzas, aún sabiendo que actuar era una de las cosas que más le ayudaron a hacer frente a la pérdida.

Sus escasas apariciones en el cine en estos últimos veinte años han dado sin embargo papeles memorables como en la película Amor, en 2012, de Michael Haneke, donde interpretaba al marido de una Emmanuelle Riva a quien se le escapaba sin remedio la vida, y de nuevo con el cineasta alemán en Happy End, en 2017, en la que su personaje, anclado en una silla de ruedas, anhela la muerte, y va pidiendo que le ayuden a morir a su familia, a sus amigos e incluso a los desconocidos por la calle, hasta que logra sumergirse en el mar en una rampa en Calais. No es su final en pantalla, ni el de Trintignant en la vida, pero sí que ilustraba el espíritu de un hombre devastado en la realidad por el asesinato de su hija.

Cerrando el círculo, Los años más bellos de una vida, donde le visitaba aquella amante Anouk Aimée de Un hombre y una mujer más de medio siglo después, solo era el patente testimonio de un declive que, a los 91 años, llegaba a su fin. Fue su última aparición en el cine, al margen de un proyecto documental sobre Lelouch. En 2017, con 87 años, hizo pública su afección de un cáncer de próstata contra el que se negó a luchar. ‘Cuando se es viejo, el cáncer no es la enfermedad más grave’, dijo, admitiendo que su única voluntad para hacer frente a su dolencia era descansar. Un año después, con motivo del estreno de una obra de teatro en París en que él era protagonista, concedió una entrevista al diario Le Monde, donde consideró que su vida no era en absoluto brillante aunque el mundo así la contemple. “Yo tengo la sensación de ser un fracasado”, admitió. Ante su éxito, Trintignant siempre ha asegurado que siegue sintiéndose sorprendido: “Soy muy tímido. La fama nunca me interesó demasiado. La primera vez, hace gracia. Pero después ya no. ¿Por qué nos dan premios? Estamos lo suficientemente bien pagados. Sería mejor dar los Oscar a los que hacen trabajos nada divertidos”, juzgó.

26 jun 2022 / 01:00
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