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Vidal Souto, la biografía en una obra

    a pesar del intencionado y buscado retiro, cuando Vidal Souto (Ourense 1948- 2021) se proyectaba publicamente a través de su pintura sucedía que ésta no dejaba a nadie indiferente, haciéndose con los lugares y los espacios que la acogían; sin embargo, era un artista de vida interior, libre e iconoclasta hasta los limites y de apariciones poco frecuentes.

    En el verano del 2015, cuando estaba proyectando una intervención para el espacio de arte de EL CORREO GALLEGO que mostraría en el otoño en el edificio de la calle Preguntoiro, manifestó su agrado al reecontrarse de nuevo con la ciudad, después de dos décadas de ausencia. Quería hacer algo singular que condensara en una mirada su mundo, así fue como planteó revelarse a través de tres piezas que tenían la identidad de una sola obra.

    Una vez más en ella se reconocía el gusto por la escultura de corte popular, no solamente la galaica, pues a lo largo de los años en los que Vidal era un asiduo viajero y recalaba por grandes temporadas en Salvador de Bahía, se integraba con total naturalidad en aquellas culturas de las que supo captar formas, colorido, detenerse en la ingenuidad de las imágenes, en la fuerza del mestizaje, en la diferencia de su carnaval de tradiciones y mitologías Yorubas.

    Mas allá de esa fascinación, para Vidal el surrealismo plástico y literario fue determinante hasta en su forma de vivir, como lo sería la obra de Marc Chagall. Y desde esos principios, otros ligados a su biografía, tendrían cabida en su original trabajo, incluyendo la escritura, una capacidad que pocos conocían.

    Todo lo que rodeaba a Vidal Souto era sorprendente; su taller ubicado en la aldea medieval de Osebe, en las tierras del Ribeiro, con su fachada de un intenso color azul Klein; los objetos que le acompañaban en sus horas de trabajo, uno de ellos, el primero e introductorio, estaba situado nada más traspasar la puerta, era un cartel de la mítica estampa que todos los amantes del espíritu dadá y el pugilismo conocen, unas imágenes de culto que completan el ideario que arranca del cabaret Voltaire y que fijan en el recuerdo el histórico y estrafalario combate entre el poeta-boxeador Arthur Cravan y el excampeón de semipesados Jack Johnson. Una acción que había sucedido en la Monumental de Barcelona en abril de 1916 y que se había saldado con un sonado escándalo por estar amañado.

    Acto dadá, absurdo por excelencia, gracias al cual Cravan, sobrino de Oscar Wilde, ganaba una buena cantidad de dólares que le permitirían cruzar el Atlántico e instalarse en Nueva York.

    Ese guiño al mundo del boxeo alude a los intereses de Vidal, que en sus comienzos combinaba el pugilismo con la pintura. Un primer asalto sobre la figura polifacética del poeta, dandi y vividor Cravan, autor de la revista Maintenant, nos lleva a la reflexión sobre ciertos aspectos de la existencia de Vidal y su actitud ante la vida.

    En tanto, su pintura se había desarrollado al calor de gestos y comportamientos que dieron paso a una particular forma de entender el hecho artístico, liberador automático de sueños y enigmas. Y así fue como el rastro de las experiencias de antaño permanecían, todavía, intactas en la obra realizada durante aquel verano del año 2015, y que denominó con el sugerente título de A piece of steak (Por un bistec).

    La enorme pintura definía el gusto por la novela negra hollywoodiana y el cine de los años 40. También constituía una suerte de homenaje al relato del mismo título de Jack London, en el que el escritor californiano narra la historia de Tom King, un viejo boxeador que al final de su vida profesional y sin recursos lucha por llevar el sustento a su familia; una situación que refleja la decadencia física, unida a la necesidad y la decrepitud, como contrapunto a la fuerza de la juventud.

    Ese mismo conjunto de sensaciones, de emociones encontradas, se concentraban en esa obra que, de algún modo, podría muy bien ilustrar y completar el mensaje de la dura narración de London.

    En la obra de Vidal, soporte, composición y materia empleada daban cuenta de su personalidad excesiva; la fuerza y el abigarramiento de las imágenes aportaba mayor dramatismo al argumento, ofreciendo su lenguaje consolidado, una forma de comunicación basada en la elaboración de signos, formas, iconos. Su discurso, se transformaba y volvía a nacer en cada obra: animales, objetos y figuras humanas de dulce expresión delataban al artista, también al hombre, a pesar de la aspereza argumental de la historia referida.

    12 abr 2021 / 01:00
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