Manuel Fraga, cien años después

Manuel Fraga, cien años después / Alberto Barciela
Alberto Barciela
En Manuel Fraga se reproducen los personajes: el culto, el afable o el aparentemente ineducado. Cuando me preguntan, yo prefiero decir que era excesivo, pues considero que no debe simplificarse el entendimiento público de un ser peculiar, hiperactivo, poderoso e ideológicamente comprometido, tan empecinado con los proyectos que le ocupaban como despreciativo con lo que consideraba una pérdida de tiempo, de inteligencia o de esfuerzo.
Tras todas las máscaras se escondía la persona. A veces pienso que tímida, de formas irregulares, bruscas, efectistas, exigentes. Incomprensibles por quienes no le conocieron en el día a día durante años y muy utilizables por los que resultaban ser o parecían ser sus adversarios en lo personal o en lo político. Amado o denostado, ese hombre cumpliría cien años el próximo 23 de noviembre.
En lo público y en lo privado, incluso en lo familiar, Fraga era el que era: un ser con una inteligencia y una memoria portentosas, dotado de una intuición prodigiosa y de un peculiar sentido del humor, al que le tocó participar del franquismo y promover la democracia. Su trayectoria fue muy larga, quizás demasiado. Fraga resultaba extenuante para sus colaboradores y casi siempre para sus rivales. Había leído todo, todo le interesaba, buscaba interlocutores de su capacidad y no los encontraba con regularidad. Era extralimitado en los aciertos y en los errores. Se rodeó de grandes colaboradores pero también de mediocres y desleales -en esto carecía de tino, como bien saben algunos Fouché de Madrid y otros de silveira- .
Fraga llegó cabreado a Galicia, pero me atrevo a afirmar que en ella acabó por encontrar la felicidad y el mejor de los destinos. Cuando tomó posesión ni estaba terminada la autopista del Atlántico ni había teléfono en muchas aldeas. Con ayuda de la emigración puso a Galicia en el mundo, con la de Felipe González y sus gobiernos afrontó las infraestructuras que permitieron la modernización de la Terra, Nai e Señora. Dialogó y respetó a políticos de todas las ideologías -bien lo pueden atestiguar Francisco Vázquez o Xerardo Estévez o, si me apuran, el último Xosé Manuel Beiras, no el del zapatazo-. E impulsó industrias como el turismo, con la ideación y puesta en marcha de los Xacobeo, la agroindustria con Galicia Calidade, la formación, la sanidad, los servicios sociales, el deporte... hizo de Galicia un país para vivir e invertir.
Afrontó duras crisis como la del Prestige y adhesiones e ingratitudes innúmeras... Y, puedo asegurarles que, con profunda emoción, aceptó no poder acceder al Gobierno tras su última victoria democrática, como también es cierto que con ella evidenció la infidelidad, incluso afectiva y humana, de algunos de los suyos, los que desde dentro contribuyeron a su fracaso en las urnas o le negaron una Fundación. Debería haberse retirado antes, pero no lo hizo.
Hay que hacer una relectura histórica rigurosa, serena, valiente y decidida. Seremos mejores sí nos desposeemos de postulados utópicos e irreales, sí huimos de formulaciones anquilosadas, reiteradas por algunos, si somos fieles a la verdad, a lo ocurrido, si no contribuimos a una pretendida y falsa realidad amedallada, negacionista del verdadero protagonista. Hacen falta que pasen los años que otorguen la perspectiva necesaria, pero todo llegará.
En mi opinión, que respeta a los que discrepan y se aparta de ideologías, Galicia tuvo un fiel y gran servidor en Manuel Fraga. Estoy persuadido de que Ramón Piñeiro estaría orgulloso de celebrar en torno a su humilde y decisiva mesa camilla los cien años del villalbés que supo descubrir, con Vicente Risco, que “desde el lugar más pequeño del mundo puede observarse todo el Universo”. Todo se irá escribiendo más allá de las anécdotas.
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