El Correo Gallego

Xacobeo

¿Quién es Benedicto XVI?

Por sus obras los conoceréis, solemos decir al hablar de personas por las que sentimos sana curiosidad

JOSÉ MANUEL ESTÉVEZ-SAÁ   | 06.11.2010 
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Juan Pablo II besa la Cruz de madera sostenida por el entonces Cardenal Joseph Ratzinger durante la Pascua de 2004 celebrada en la Basílica de San Pedro

Cuando hablamos de alguien y queremos aludir a su valía como ser humano, solemos acudir a la conocida máxima de Jesús cuando trataba de explicar el modo de distinguir entre verdaderos y falsos profetas (Mt. 7, 15-18). La expresión "por sus frutos los conoceréis", cuyo sentido metafórico, referido a obras o hechos, lo podemos encontrar en numerosas filosofías religiosas e incluso en Cicerón, contribuye a argumentar que a un hombre o a una mujer se le debe juzgar por sus actos y modos de obrar. En el caso de Benedicto XVI, al igual que en el de otros ilustres personajes del momento o de la historia, el término "obra" alude tanto a los hechos, acciones o iniciativas que emprende o ejecuta en su vida personal, como a su faceta intelectual y creativa.

Son ésos los dos parámetros que debemos escoger para aproximarnos, sin prejuicios, a un Joseph Ratzinger que es, ante todo, hombre e intelectual. Su dimensión pública, como hombre de estado, como cabeza de la Iglesia y como representante de Dios en la tierra dentro de la cultura y la tradición cristiana (una faceta, por cierto, en la que yo no voy a entrar), debe ser juzgada y analizada bien independientemente, bien en paralelo a su dimensión privada como ser humano, amante de su familia y de su tierra natal, y como profesor universitario, comprometido con la historia del pensamiento, las culturas globales y el arte.

En lo que a su faceta más íntima se refiere, a poco que leamos, con cierto detenimiento, las aproximaciones biográficas que sobre su persona han escrito el alemán Peter Seewald (Benedicto XVI: una mirada cercana, en 2006; y La sal de la tierra, quién es y cómo piensa Benedicto XVI, en 2005), y, sobre todo, el español Pablo Blanco Sarto (Benedicto XVI, el Papa alemán, 2010), o alguna otra que sobresale en el mercado (como Después de Ratzinger ¿qué? (2009), del periodista y escritor madrileño José Catalán Deus; The Pontificate of Benedicto XVI (2009), del americano William G. Rusch; Santità e potere (2009), del periodista y vaticanólogo italiano Giancarlo Zizola; Benedicto XVI: heredero del Concilio (2008), del medievalista francés Jean Chélini; Tras las huellas de Joseph Ratzinger (2007), de la princesa italiana Alexandra Borghese; o los de Alfred Läpple, Heinz-Joachim Fischer, Scott Hahn, Stefan Kempis, George Weigel, Freddy Derwahl, Vincent Twomey, Alberto Melloni, Alexander Kissler, Gianni Valente, Joseph Murphy o Marco Bardazzi), descubriremos que estamos ante un hombre orgulloso de sus orígenes humildes y profundamente comprometido con el mundo real.

Han pasado ya prácticamente seis años desde aquel 19 de abril de 2005 en que el cardenal Medina Estévez pronunciara las palabras rituales Annuncio vobis gaudium magnum: habemus papam!, y Joseph Ratzinger fuese elegido Sumo Pontífice con las lágrimas que no pudo reprimir como muestra de su sensibilidad; y casi ochenta y cuatro desde su nacimiento, el 16 de abril de 1927 (víspera de la noche de Pascua de Resurrección). Fue bautizado pocas horas después de nacer con el agua recién bendecida, en un pequeño pueblo bañado por el río Eno, de nombre Marktl (y quinientos habitantes – hoy tiene unos dos mil), situado en el sureste de Alemania, en la Alta Baviera; una región administrativa del que pasa por ser el mayor estado federado de Alemania, Baviera, cuya capital es Múnich, y que ha dado a la música, el pensamiento, la ciencia o la literatura nombres ilustres como Franz Liszt, Richard Wagner, Friedrich Schelling, Werner Heisenberg o Thomas Mann. Fue también aquí donde hizo la primera comunión con nueve años, junto a otros treinta niños y niñas "un bonito domingo", y donde "comprendí que Jesús entraba en mi corazón y me visitaba precisamente a mí", suele recordar Ratzinger.

Este contexto geográfico, por cierto, muy semejante en orografía y paisaje a Galicia, eminentemente católico y con una rica cultura campesina, nunca ha dejado de ser un referente vital para un Joseph Ratzinger ("Mi patria son mis años de infancia", confiesa) que ya a los doce años ingresaría en el seminario y que con sólo dieciséis sería movilizado forzosamente, junto con el resto de los seminaristas, para participar en una guerra en la que no creía y en la que deseaba que perdiese Alemania, porque sabía que, de otro modo, nunca llegaría a ser sacerdote, debido al neopaganismo de un Führer, Hitler, que quería controlar y acabar, desde su régimen dictatorial, con la iglesia católica y la luterana, y enfrentarse al Papa.

Su animadversión y la de su padre hacia la causa les ocasionaron a él y a su familia numerosos disgustos y represalias por parte del bando nacionalsocialista. Servicios laborales, trabajos forzosos y un período de reclusión en un campo de concentración aliado (el de Bad Aibling, debido a los listados de afiliación obligatoria del régimen) acelerará el proceso de maduración de un joven que nunca dudó de una vocación sacerdotal que hacía pública allá donde estuviese, lo que en numerosas ocasiones le ocasionó burlas y severas humillaciones.

No estaba dotado para el deporte, y el dibujo tampoco se le daba bien, pese a su gusto por el arte. Sin embargo, siempre fue un entregado estudiante, como reconoció el obispo, recientemente fallecido, Franz Schwarzenböck. Pablo Sarto también nos recuerda que sus compañeros le llamaban Bücher-Ratz, "el Ratzinger de los libros", jugando con la expresión Bücherratte, "rata de biblioteca". Su hermano Georg ha dicho de él, como podemos comprobar en sus conversaciones con el periodista alemán Peter Seewald, que cuando trabaja se concentra tanto que se vuelve algo irritable, para luego"volver a ser sociable y divertido" en los momentos de descanso. Estudió teología en el instituto teológico Herzogliches Georgianum de la Universidad de Múnich, de donde décadas más tarde, en 1977, sería designado arzobispo. Antes, en 1953, obtendría el título de doctor con una tesis alrededor de la figura de san Agustín ("el santo al que me siento más unido", alguien "en quien podemos encontrar todas las cimas y profundidades de lo humano", "cuyas pesquisas e indagaciones todavía hoy nos conmueven", ha dicho en más de una ocasión el Papa), y en 1957 la habilitación para la docencia con un trabajo de investigación a partir de los preceptos teologales de san Buenaventura (un estudio, por cierto, que desasosegó a algún que otro profesor, especialmente a Michael Schmaus, por su profunda modernidad de miras hacia un autor medieval).

Benedicto XVI, en septiembre de 2010, en el Cofton Park de Rednal, Birmingham, durante la beatificación del Cardenal John Henry Newman

Es en ese momento cuando comienza una carrera imparable como profesor de las universidades de Bonn, Múnster, Tubinga y Ratisbona. En su biografía, el filólogo y profesor universitario Pablo Blanco Sarto, quien ha tenido la oportunidad de reproducir las declaraciones de algunos de los estudiantes de Ratzinger, describe cómo a sus alumnos les sorprendía "su sencillez, típicamente bávara", y su condescendencia (frente a la autoridad y distancia profesoral de la época), lo que hacía que le apreciasen profundamente (sus clases siempre estaban abarrotadas y muchas veces tenía que trasladarse al aula magna para poder impartirlas); y "no le gustaba que se tomaran apuntes de sus clases". También que, en los exámenes, "preguntaba lo que los alumnos sabían" y les ayudaba a poder acabar sus estudios, e incluso llegaba a dirigir los procesos de evacuación en los simulacros de incendio (recordemos que ya su hermano Georg le había señalado a Seewald que Joseph lo mismo leía un libro de filosofía que se remangaba para fregar los platos sucios). Aceptaba la disparidad de criterios tanto como las objeciones, y "nunca presentaba su solución como la única posible".

Su trayectoria universitaria sólo es comparable a su carrera eclesiástica. Ordenado diácono en 1950, sacerdote en 1951 (ritual que recuerda el Papa con emoción, especialmente el momento de sostener el cáliz con las manos atadas como "símbolo de la renuncia al poder"), teólogo del cardenal Frings en 1962 en el seno del Concilio Vaticano II primero, y perito de Pablo VI más tarde, consagrado obispo en 1977 y nombrado arzobispo de Múnich-Frisinga inmediatamente después, y cardenal al cabo de un mes por Pablo VI, hasta presidir, cuatro años más tarde y a propuesta de Juan Pablo II, la Congregación para la Doctrina de la Fe en Roma en calidad de prefecto ("Estoy agradecido por la confianza que me dio, sin mérito por mi parte", dice Ratzinger desde la humildad que le caracteriza; "me impresionó la cordialidad sin prejuicios con la que habló conmigo", recuerda de su encuentro con Juan Pablo II); puesto que ha ocupado hasta su elección como Sumo Pontífice por el colegio cardenalicio en 2005 (momento, por cierto, en el que tenía pensado retirarse y llevar una vida sencilla en una casita próxima a Ratisbona, junto a su hermano, con quien disfruta dando largos paseos por la montaña en sus vacaciones).

El Papa Ratzinger aseguró que “no existe vida exitosa sin sacrificio” durante la celebración de Domingo de Ramos de 2009 en la Plaza de San Pedro

En sus homilías, que siempre han sido célebres por su "característico movimiento circular de la mano derecha", como apunta Blanco Sarto, no suele apoyarse en papeles; de hecho, prefiere escribirlas y luego memorizarlas, para que el resultado final se conjugue con la inspiración del momento ("Todo lo que dice lo escribe él", nos recuerda el periodista Vittorio Messori, "sentado a su mesita"). Además, en su nuevo cargo como prefecto de la Congregación, renunció a ocupar el lujoso emplazamiento que le correspondía en favor de un anciano cardenal.

Bien al contrario, se trasladó a una residencia, al otro lado de la plaza de San Pedro, poco equipada y con muebles de segunda mano, sin importarle atravesar la plaza a diario y exponerse a un posible atentado. Resultan conmovedoras sus imágenes cruzando San Pedro con su boina y portando una sencilla cartera bajo el brazo. Y no menos impresionante ha sido su papel como "Gran Inquisidor" al frente de lo que antes se denominaba Sacra Congregación de la Universal Inquisición y, posteriormente, Santo Oficio. Frente a la nueva Congregación de la Doctrina de la Fe, Ratzinger se mostró siempre como un oyente más, atento a los argumentos de sus interlocutores, discreto, dispuesto a escuchar y a aceptar las ideas de los demás. "Todavía no le hemos pegado a ningún obispo" ha llegado a decir con el humor del que suele hacer gala y que lo distancia mucho de esa imagen inquisitorial con la que le han querido etiquetar injustamente ("el rottweiler de Dios" le han llegado a denominar), y que genera un gran temor hacia su persona en numerosos obispos.

Tanto sus padres como su hermano Georg (sacerdote y músico) y su hermana María (†1991) han sido siempre un referente para Ratzinger. Suele recordar el Papa la profunda religiosidad que caracterizaba a su padre, Joseph, un humilde gendarme rural que bendecía la mesa a diario, invitaba a rezar antes de irse a dormir y disfrutaba asistiendo a misa en familia y explicándoles el Evangelio a sus hijos. De carácter fuerte y decidido compromiso en contra del régimen nacionalsocialista, estaba casado con una humilde pero jovial ama de casa tirolesa, de nombre María, que no dudaba en complementar sus tareas domésticas (las solía realizar cantando) con la asistencia a sus convecinos en las más dispares tareas, y que siempre (hasta que la enfermedad y el dolor acabaron con su vida) supo mostrar su capacidad de entrega no sólo habiendo cuidado a sus ocho hermanos, sino también con su temprana actividad en el servicio de diferentes hostales y en la pequeña pastelería de su padre.

La devoción de Joseph Ratzinger por la familia es infinita. "Los padres son los primeros evangelizadores", depositarios de la tarea de mostrar la verdad y la libertad. Para Ratzinger, la figura de la madre adquiere una dimensión excepcional. Considera que, junto con María, la madre de Jesús, como referente, las madres son el centro neurálgico de la sociedad, las "guardianas de la vida, con la misión de enseñar el arte de vivir, el arte de amar", nos recordaba en su visita a Valencia en 2006 en el marco de la Jornada Mundial de las Familias. Por ello, siempre reclama respeto hacia la dignidad de la mujer, "para que no sea considerada sólo bajo el aspecto de la explotación y del beneficio", como señaló en la misa celebrada en mayo de 2009 en el International Stadium de Ammán, en Jordania; momento que también recoge Blanco Sarto.

Este hombre sencillo, amante de la música (siente predilección por el piano), la literatura y los largos paseos, quiso ver quizá en Benedicto XV (promulgador en 1917 del Código de Derecho Canónico, promotor de las misiones y símbolo de la Paz), y sin duda en san Benito (480-574), el gran patrón de Europa, dos referentes básicos en su vida; una existencia, como nos señala Blanco Sarto, en la que la unión del trabajo y la oración (ora et labora), junto a la idea de que "lo podado reverdece", inherente al concepto de purificación (sucissa virescit), constituyen un objetivo en sí mimas para Joseph Ratzinger. Estamos, en definitiva, como ha señalado Vittorio Messori, ante "un intelectual posmoderno, un académico al que se le entiende", y un hombre, añadiría yo, cuyo lado humano y familiar siempre ha prevalecido sobre el cargo de altísima responsabilidad que ocupa como depositario de la Cátedra de Pedro. Un hombre al que le gusta ofrecer la comunión de rodillas y en la boca siempre que puede, y quien no cree en el preservativo como antídoto contra el Sida, sino en la educación universal y en la erradicación de la pobreza. Así es Joseph Ratzinger, Benedicto XVI.

José Manuel Estévez-Sa. Profesor Titular de la UDC