Opinión | { BUENOS DÍAS Y BUENA SUERTE }

Los muertos siempre son los muertos

CUANTO más se encabrita el mundo, más deberíamos amar a Europa. Pero, con todo, estos son momentos muy trágicos. La esperanza se ha marchitado, el mundo es bastante peor. No son buenas noticias para el progreso ni para el futuro, si es que aún aspiramos a algunas de las dos cosas, o a ambas.

Tomemos como axioma que la seguridad absoluta no existe. En Occidente lo hemos creído algunas veces, pero la realidad se ha encargado de demostrarnos que no es así exactamente. No obstante, aún gozamos aquí de mucha más seguridad que esa que ahora se ve comprometida en los puntos calientes del planeta. ¿Puede el hombre vivir así? ¿Merece la pena?

Qué decepcionante el ser humano, tan genial a veces. ¿O son los líderes? Sí, malos tiempos para la política. Y muchas dudas sobre los liderazgos. Ese maldito maniqueísmo, creo que azuzado por las redes. A este paso, acabarán con nosotros. O no: somos nosotros los que acabaremos con nosotros mismos. Así es la estupidez. Hemos concedido crédito a la superficialidad, tan cómoda. El mundo se divide entre buenos y malos. Pero los muertos siempre son los muertos. Los muertos siempre pierden. ¡Ah, el engaño de lo superficial, esa manipulación de la ignorancia, tan fácil, tan provechosa!

Y todos estamos en el contagio. La política española llega a extremos ridículos, pueriles, con su polarización. O estás conmigo o estás contra mí. ¡Vamos, vamos! No hagamos frases solemnes ni épicas de mercadillo. Ya no cuelan. Eso es para un tiempo escolar, para el mundo dividido entre lo bueno y lo malo, como si pudiéramos vivir sin la complejidad, como si la realidad no fuera poliédrica. Ya está bien de simplicidades, de argumentos escuálidos, reducidos al mínimo imprescindible. La vida es más difícil, exige elaboraciones, adaptaciones, cambios. No hay felicidad sin flexibilidad.

En el primer mundo, levantarse y ver la destrucción de otros lugares no debería dejarnos indiferentes. Hay que salir, ir al trabajo, volver, quizás ver un programa intrascendente. Pero en las pantallas sigue asomando la muerte. Leí a una columnista, que aseguraba que, en la calle, casi nadie hablaba de lo que sucede en Oriente Próximo. Su omnipresencia televisiva, con la sangre ocupándolo todo, transita sin apenas tocar el mundo feliz, aunque tengamos motivos para el desánimo. No creo que seamos insensibles, pero, nos dicen, ¡adelante, la vida sigue! ¿La vida sigue? No. No para todos.

La globalidad tiene sus males, pero algo ha conseguido: contarnos las cosas atroces del mundo en tiempo real. ¿Servirá para detenerlas? ¿Cuál es el poder de Europa? La democracia será grande, mucho más grande, cuando logre detener las tragedias, no sólo las propias, sino las de los otros. Comenzar el día preñado de muerte y destrucción, aunque sea a cierta distancia (tampoco tanta) nos enseña que todo va mal. ¿Estamos hundiéndonos en la ciénaga?

¿Se puede vivir, soñar, aguardar por el amor, esperar un fin de semana, acudir a un cine, abrir un libro, abrazar a un hermano, besar a un ser querido, reír en una fiesta, gozar de un paisaje, contemplar el fútbol, beber una copa de vino, jugar con los hijos, enviar un corazón por whatsapp, bañarse en el mar, subir una montaña, tomar un postre, pasear junto a un río, trepar un árbol, escuchar un pájaro, cantar una canción… sin tener en la mente lo que sucede (y lo que ha sucedido) a los otros, a los que no pueden elegir, a los que no conocen lo que ocurrirá en sus vidas ni siquiera un segundo después? ¿Se puede vivir así? ¿El ser humano no es capaz de comprender que nada de esto tiene sentido? ¿Alguien supera la increíble estupidez del animal humano?

He leído columnas apocalípticas sobre el duro tiempo que se avecina. ¡Pero resistimos incluso nuestra propia incompetencia! ¡El mundo sigue a pesar de nosotros! (Y lo hará encantado sin nosotros, no lo dudéis). No hay quien acabe con los atardeceres, a pesar de la mezquindad, el egoísmo y el odio.