Opinión | BUENOS DÍAS Y BUENA SUERTE

Eduardo Riestra, una vida literaria

SUELO tener noticia de las aventuras literarias (¡qué gran explorador de la literatura!) del coruñés Eduardo Riestra. Sin duda, Riestra ha logrado construir una editorial modélica, Ediciones del Viento, especialmente en el género de la literatura de viajes, pero también ha hecho de su vida un bello y a veces arriesgado ejercicio de activismo cultural y artístico. No siempre se dedicó a la edición de libros, como es bien sabido, porque Eduardo ha sido muchas cosas, y ahora añade una más a su copioso y atractivo currículum: como dice en la solapa de su libro, recién aparecido, El negro de Vargas Llosa, “Riestra es editor y (ahora parece que también) escritor”. 

Me encuentro con Eduardo para celebrar su primera novela ante un público nutrido. Es en la Fnac de Coruña, sábado por la tarde, y Riestra ha venido para referirse a un aspecto concreto de su primera novela: los laberintos vitales del pintor Tim Behrens, personaje importante (y no ficticio) de El negro de Vargas Llosa desaparecido en 2017, habitante de tierras coruñesas en la última parte de su vida. Y autor de un famoso libro, aunque inencontrable hoy en la edición de Jonathan Cape en inglés, titulado El monumento. Afortunadamente, esta gran historia fue publicada en español en 2003 por el propio Riestra, y en ella Behrens rastrea la vida vertiginosa de Justin, hermano del que fue pintor y modelo de la Escuela de Londres, y de su mujer Úrsula, aristócrata húngara que se había divorciado para casarse con él, en medio de un escándalo notable, cuando Justin era apenas un adolescente. 

¿Por qué Tim Behrens en un libro dedicado, en gran parte, a Mario Vargas Llosa? Por varias razones. Como, por ejemplo, el hecho indiscutible de que esta novela de Riestra, a pesar del título, tiene mucho de viaje a través de la memoria, de relato de la vida literaria del propio editor coruñés, donde se refleja el ir y venir de tantos creadores que han pasado a su lado. Y por una razón más: la historia de Justin y Úrsula se parece, como sin duda aceptarán ustedes, a la que se cuenta en La tía Julia y el escribidor, y que nos habla de la construcción del novelista peruano en sus inicios. Y de su iniciación en las cosas del amor y sus demonios.

Tim Behrens, en efecto, el que fuera modelo en su juventud de Lucian Freud, cuya relación acabó mal, el pintor afincado apasionadamente en Galicia desde 1987, es uno de los personajes que atraviesan esta novela. Junto a otros muchos, desde luego. Y, de manera especial, al lado de los grandes nombres de la literatura latinoamericana, y de algunos más quizás bastante olvidados, como, por ejemplo, Haroldo Conti. “Soy de la generación de los latinoamericanos”, me dice Riestra: “cuando descubrí a Cortázar supe que escribía para nosotros, no para los académicos: esos autores son la base de mi amor por la literatura, cuando lo leía todo, entre los 18 y los 22 años”).

En este libro, Riestra nos hace entrar en las habitaciones más inesperadas de la producción y la invención literaria, en lugares en los que los lectores no se aventuran, o que ni siquiera conocen. Y, con notable sentido del humor (Riestra sólo concibe la cultura como algo divertido, o así me lo ha dicho muchas veces) nos traslada a ferias de libro, al backstage de los acuerdos literarios, a la vida secreta de las palabras de los contratos, los premios, las ediciones, y, sí, a las propias fragilidades e incertidumbres de los escritores. 

Digamos antes de terminar que este divertimento que es El negro de Vargas Llosa, parece que ha divertido también al escritor peruano, que fue de los primeros en leerlo. Que la historia narre cómo el editor se convierte en corrector primero y negro literario después del recién distinguido, entonces, como Nobel, es un curioso atrevimiento que puso cierto temor en Riestra y en la propia editorial, Pepitas de Calabaza, a la hora de la publicación. Es un excelente pretexto para llevarnos de paseo por toda una vida literaria, la suya, la de Vargas Llosa, y la de tantos otros. Ya lo verán.