Opinión | Notas de actualidad

Barreiro y sus Vivencias

UNA OBRA, para un pintor cualquiera, no deja de ser un retazo de su propia vida. Barreiro (Forcarei, 1940), cuando la pandemia del coronavirus nos obligó, a todos, a recluirnos, estaba en su casa de Santa María de Cela (Bueu), el lugar en donde pinta, y mucho, a lo largo de los últimos años. No deja de ser significativo, de cómo es este pintor, su modo de actuar en un momento tan delicado como aquel, en el que el reloj de la existencia propia parece pararse sin saber el momento en que, de nuevo, vamos a poder recuperar esa libertad de movimiento tan precisa. En su caso, a sus más de ochenta años, se enfrentó a una tela de cuatro metros de largo y mas de dos de altura para hacer lo que siempre hizo: pintar; en este caso, una obra titulada Vivencias.

Y lo llevó a cabo con la convicción de que, en un trance como aquel, era el momento de acometer una obra que, en cierto modo, resumiese su legado creativo, a partir de una composición muy bien elaborada en la que él ha de ser ese hombre que está tocando un piano que tiene ante sí un acordeón, instrumento musical tan querido por él. Un gran ventanal se abre en el centro hacia la Ría de Pontevedra, con Ons al fondo. El cielo está iluminado por un reluciente sol. Dos veleros y una gaviota aluden a ese mundo libre, transitoriamente perdido. En tanto, sobre la mesa, que centra esa parte media, hay comida y vino, también libros y flores, al modo de un bodegón, tan suyo. En la otra parte de la estancia están la guitara, el gramófono, un florero… Y en las paredes, cuadros y un reloj que marca las diez y cuarto, una buena hora para empezar a gozar de un nuevo día.

Es decir, Barreiro es un pintor con tal grado de optimismo vital que es capaz de convertir un momento de obligada y doliente soledad en una especie de recreo que le da un sentido positivo a la vida. En cierto modo este cuadro, con el que se abre la exposición retrospectiva, que ahora puede verse en el Gaiás, nos ilustra sobre lo que es y ha sido su trayectoria artística, poblada de lugares transitados y bien vividos –Pontevedra, Vigo, Cela, Madrid, París. Buenos Aires…–, siendo amigo de sus muchos amigos, entre otros ese Laxeiro, con el que tantas cosas compartió. Su paso por París dejó en su arte especial huella. Es verdad que Picasso debió entusiasmarle pero hay otros pintores a citar, como Marc Chagall, con el que su modo de hacer resulta un tanto próximo, más por lo que les une, en cuanto a sensibilidad, sentido del color e imaginación que otra cosa.

Brillante, en todo caso, la exposición del Gaiás, con obras tan suyas que son, básicamente, las que salvaguarda en su propia casa. La labor de Antón Castro y Pilar Corredoira, como comisarios, resulta muy atinada, como lo es la de Eva Vázquez Lima y Sonia Otero, a la hora de enfrentarse a los recursos audiovisuales que enriquecen esta muestra. También cabe destacar, en este caso, el montaje, siempre difícil en este espacio.