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Benditos palos, benditas astillas

De todo lo que me ha dejado mi padre solo he sabido coger el modo en que cruzo las piernas, una sonrisa ingenua como marchamo y una flema que se asienta en el poso de las emociones para encarar los desafíos.

Hay una puerta en un piso de Fontiñas que dice lo contrario. La selección española de balonmano se jugaba en Londres y contra Francia una nueva reválida en su eterna búsqueda del oro olímpico. Accambray recogía en el último suspiro un rebote para dejarnos, otra vez, en el camino. Aquella puerta pagó las consecuencias en forma de boquete. De algún modo me vengaba de la madera en la que Cañellas había estrellado el último ataque español. Papá nunca habría reaccionado así.

El pasado viernes, la selección se examinaba de nuevo en Egipto y contra la campeona olímpica. Un pase filtrado dejaba a Marchán solo ante el mejor portero del mundo. De nuevo a la madera, como Luis Miguel López lleva cantando media vida. En la siguiente jugada, los daneses sentenciaron lo que ya no hacía falta.

La decepción punzante hizo que mi cabeza recordase otras muchas maderas. La de Guijosa en 1997, la de Maqueda en 2015, la de O’Callaghan en los siete metros de Atenas. Y en otros muchos palos que se ha llevado la selección: los 37 años sin llegar a una fase final mundialista, el bochorno de Croacia 2009, la ausencia en Río...

La ira me empujaba a escribir barbaridades sobre la mala suerte del balonmano masculino nacional. Pero esta vez no hubo puerta, no hubo boquete. Fue la flema que heredé de mi padre la que me permitió dedicarle dos minutos al luto y retomar un libro que hablaba sobre inflación.

España ha hecho cosas increíbles en balonmano. De los catorce europeos en los que ha participado (todos), ha conseguido medalla en ocho. De las diez ediciones en las que se ha incluido el balonmano en los Juegos ha participado en siete y ha obtenido medalla en tres. Quizás los Mundiales se le atraganten más, pero la victoria ante Croacia en 2005 por un incontestable 40-34 y la mayor paliza de las finales endosada a la todopoderosa Dinamarca (35-19) lucen en las vitrinas como los tesoros mejor preservados de generación en generación. Y esa es su mejor arma: la tradición.

La génesis se sitúa en 1989. Un kirguís de 21 años de apellido Dujshebaev, se erigía como una de las mayores promesas júnior en el Mundial de Pontevedra. En la final anotaba doce goles contra la España de Barrufet, Urdangarín, Garralda, Núñez o Masip, a los que se uniría en 1995. Solo le hizo falta un año para convertirse en líder. En 1996 llevó a España a la plata de su europeo como MVP.

Hoy su testigo lo recogen muchos, especialmente sus hijos Álex y Dani. Reciben cada semana sus indicaciones en el Kielce y cuentan con capacidad sobrante para tirar del carro y reverdecer esta generación de viejos rockeros que nunca se rinde. La clave es mirar al pasado y coger lo mejor de quienes nos han enseñado tanto. De su padre han imitado sus condiciones, su calidad, pero también esa flema para encarar desafíos.

Dicen que de tal palo, tal astilla y, por eso mismo, todas las maderas, todos los palos que han frenado a España, han sido también parte de su gloria.

04 feb 2021 / 01:01
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