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El pezón de Venus

SIEMPRE ME HE PREGUNTADo si es legítimo traer vida a este mundo infame sin consentimiento previo del nonato. Creo que tener un hijo es un acto narcisista, egoísta y cruel. Pero lo quiero tener. Supongo que mis dudas se despejan cuando calculo que, siendo la mitad de bueno de lo que fue mi padre, al niño que no pide nacer, ya le habrá valido la pena.

No tengo información suficiente para asegurar que King Richard no lo haya sido. Ni autoridad para desdecir las maravillas que cuentan las Williams. Ni siquiera para juzgar la perspectiva sobre la que se enfoca la película que producen. Pero es que nadie les ha dado la oportunidad de conocer otra cosa que no sea jugar al tenis. Y si hay algo peor que decidir la vida de alguien es decidir cómo debe vivirla.

Es una decisión que Richard Williams toma en 1980 al ver a una tenista rumana ingresar 40.000 dólares por ganar un torneo. A la mañana siguiente le dice a su mujer, Oracene, que deben tener más hijos y hacerlos tenistas.

La intenta convencer con cenas románticas e incluso le retira sus píldoras anticonceptivas. Mientras tanto, se empapa de literatura tenística para que Venus y Serena comiencen a pegar raquetazos a los 3 años.

El éxito de las hermanas Williams es un éxito de educación. Porque la doctrina que les instruyó su padre -recogida en un manual que de 78 páginas- funcionó. Aunque bien podrían haber acabado en una espiral de drogas, denuncias y agresiones como ocurrió con Jennifer Capriati, porque sobre el respeto a sus propias vidas, nadie les dijo nada.

No sé quién decidió que el papel de Richard Williams lo interpretase Will Smith, pero no hay dudas de que el casting fue un acierto. Tomar decisiones sobre a otros miembros de la familia identificados como débiles es una tarea que se le presupone a los hombres.

Y ahí confluyen personaje y actor. Cuando creen que lo mejor para ellos es lo mejor para su familia. Richard decide que sus hijas deben jugar al tenis para llenarse los bolsillos de dinero. Will decide que su mujer debe ser vengada con violencia física para llenarse los bolsillos de honor.

Lo hacen quizás también por miedo. Por la lastimosa contemplación de las alternativas. Ser padre de una familia numerosa, pobre y marginada en Compton o ser marido de una mujer señalada por calva en Filadelfia no son estatus que se correspondan con la robustez de su hombría que, como sus hijas y su mujer, es suya y nada más que suya.

Este comportamiento también es educado. El padre de Richard Williams observó como su hijo era apaleado por el Ku Kux Klan sin mover un dedo.

El padre de Will Smith golpeó a su madre hasta escupir sangre delante de su hijo. El hijo de Will Smith dice ahora que “así es cómo nos las gastamos”.

Entre los tres sucesos transcurre más de un siglo de heteropatriarcado e invisibilización de la mujer. Las priápicas figuras de Chris y Will, su varonil psique -el humor de uno y la rabia de otro- ensombrecen la presencia de cualquier rasgo femenino. Miento.

Las porciones del cuerpo de la mujer, como el dibujo de las diferentes partes de un cerdo en una carnicería, sí copan portadas. De ahí la importancia del pelo de Jada Pinkett. O mejor dicho su ausencia. Porque en una mujer está feo no tenerlo. Su opinión da igual, aunque nadie se haya molestado en preguntársela.

Como su marido no le preguntó si le parecía bien partirle el maxilar al humorista. O si prefería hacerlo ella misma, aunque siendo mujer, seguramente no sepa.

Si la opinión de Jada Pinkett tuviese tetas, otro gallo cantaría. En el momento del discurso de Will las cámaras enfocaron a Venus Williams porque su vestido dejaba entrever un pezón.

El pezón de una mujer negra. Que era más importante que todo lo demás, porque un pezón es superior a una calva.

Y porque ambos, en el cuerpo de una mujer, son enfermedades.

01 abr 2022 / 01:00
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