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La capa de San Martiño

LOS RECUERDOS que tengo del otoño me llevan una y otra vez a allí donde la calle del Paseo confluye con Bedoya. Supongo que en aquella maravillosa esquina donde comenzaban nuestras excursiones pedestres dominicales ocurría todo lo mágico que sucedía en Ourense, que es mucho, cuando comenzaban a caer las hojas.

Se trataba de un privilegiado deleite para los sentidos. Se afinaba el oído, con el incansable golpeo de baqueta de Andrés; se refinaba el gusto, con el singular sabor del chocolate de La Ibense; se estimulaba el olfato, con el chisporroteo de la castaña asada por la vendedora ambulante; se alegraba la vista, con una serpiente multicolor que se reflejaba en los charcos que el agua formaba en los adoquines, y se regalaba el tacto, con la mano curtida de papá asiendo con firmeza la mía.

El modo violento en que ese tren caleidoscópico golpeaba los cúmulos de agua de lluvia para deshacer su propio reflejo aún pervive en mi memoria, como perviven los gritos que jaleaban a los primeros atletas locales que perseguían lastimosamente a una incombustible locomotora negra. Lo que sobrevive con holgura en el imaginario colectivo de la ciudad, es el primer pistoletazo de salida, que se guarda bajo llave desde 1977 y que contó con poco más de dos centenares de participantes.

Quizás aquellos primeros valientes fueron los más importantes de una historia que ya cuenta con 44 ediciones y que ha crecido desde entonces, hasta juntar seis millares. Ellos fueron los primeros en celebrar la advocación de San Martín de Tours en Ourense con un itinerario que comenzaba en la emblemática e inclinada Plaza Mayor y que subía hasta San Francisco. Y es en ese nexo de unión entre los dos santos, donde reside la verdadera magnitud de la San Martiño.

Por todos es conocida la leyenda más reseñable de San Martiño. Entrando en Amiens encontró a un mendigo tiritando de frío a quien le dio la mitad de su capa tras partirla en dos con su espada. Es en esa noche en la que Jesús aparece en sus sueños y San Martín se convierte al catolicismo.

Casi un siglo después, venía al mundo el mayor exponente del ascetismo religioso. San Francisco de Asís predicó con una vida de pobreza y austeridad. El hecho de que regalase sus túnicas a los pobres posibilita que hoy se conserven tantas. La más famosa, la de la capilla de San Nicolás de la Basílica de San Francisco de Asís, una capa con hasta 31 parches, la mayoría de ellos remendados por Santa Clara.

No hay más secreto para una carrera popular que el calor de sus gentes. Un calor guarecido bajo las capas de San Francisco, de San Martiño y de toda una ciudad que comparte lo poco, que es mucho, que tiene.

12 nov 2021 / 01:00
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