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Mujer, deportista y afgana: el estatus de la muerte

1986. NACE EN Kabul Robina Muqimyar. A sus diez años los talibanes toman el país. “No podías ir a la escuela, no podías jugar, no podías hacer nada”. La derrota talibán le permite comenzar el colegio, donde conoce el atletismo. Si lo hubiese practicado antes habría sido violada o asesinada. Consigue la mejor marca de una selección de 60 chicas afganas. Se entrena en el estadio Ghazi, donde el deporte había sido sustituido por ejecuciones públicas, amputaciones y lapidaciones. En 2004 se planta en la cuna del olimpismo, en la línea de salida de los 100 metros. Con pantalones largos, una camiseta que tapa sus hombros y un pañuelo que oculta su cabello consume unos 14 segundos. No pasa a la historia por ello, sino por ser la primera olímpica afgana. También participa en Pekín y termina sus estudios de Derecho para ser diputada en la cámara baja de su país. Con el regreso de los talibanes ya no podrá hacer deporte ni trabajar. Ni coger un taxi. Ni llevar zapatos. Ni reír.

1992. Nace en Kabul Nilofar Bayat. A sus dos años un misil se estrella en su casa y le cercena la pierna. La derrota talibán le permite estudiar Derecho, trabajar en el Comité Internacional de la Cruz Roja y capitanear la selección nacional de baloncesto en silla de ruedas con la que quiere llegar a Tokio para ser la primera paralímpica afgana. El no conseguir la clasificación no cambia la historia. Con el regreso de los talibanes, los afganos no competirán en los Juegos. “No puedo salir y sé que no estoy segura aquí. Los talibanes me matarán si me encuentran”. Nilofar ya no puede hacer deporte ni trabajar. Ni pintarse. Ni usar un baño público. Ni asomarse a un balcón.

De las treinta prohibiciones que la Sharía impone sobre la mujer, una atiende al deporte: no pueden practicarlo ni acceder a ningún centro deportivo.

La ley islámica bebe de cuatro fuentes. Las dos primeras son objetivas: el Corán y los hadices -que cuentan los dichos y hechos de Mahoma-. Las dos segundas, subjetivas: el Ijtihad -esfuerzo para redactar las leyes- y el ljma -consenso de la comunidad-. Por ello no hay una sola Sharía ni una sola interpretación. La que siguen los talibanes es la hanafí, la más popular en Afganistán y la más estricta. Pero, ¿qué dicen los textos sagrados?

El Corán defiende la práctica deportiva sin distinción de género por sus beneficios para cuerpo y espíritu. Los hadices también. El Sahih al-Bujari es una de las colecciones más confiables para los suníes. Una de sus historias es narrada por Aisha, la esposa más joven de Mahoma: “Corrí con el Profeta y le gané. Más tarde, cuando aumenté un poco de peso, corrimos de nuevo y él ganó. Entonces dijo: ahora ya estamos en un pie de igualdad”.

Mientras los hombres más ricos del planeta se suben a las butacas de aviones supersónicos para dar paseos espaciales, combatir por su orgullo y ganar la carrera de la ciencia, las mujeres (y hombres) más pobres del mismo planeta se suben al fuselaje de aviones militares para escapar del horror, combatir por su vida y ganar la carrera de la dignidad.

Ese es el único pie de igualdad que conoce este mundo.

20 ago 2021 / 01:00
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