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Antón Patiño la pintura como territorio de libertad

La exposición Caosmos de Antón Patiño en el CGAC, que fue concebida antes de la pandemia del covid-19, semeja premonitoria de un tiempo de libertad arrebatada tras meses de inesperado y arduo confinamiento al que nos hemos visto obligados.

El arte jamás surge de forma espontánea como nos enseñaron a apreciar historiadores de la talla de Arnold Hausser; siempre obedece a razones sociológicas y culturales profundas.

La exposición Caosmos de Antón Patiño (Monforte de Lemos, 1957) en el CGAC, que fue concebida antes de la pandemia del covid-19, semeja premonitoria de un tiempo de libertad arrebatada tras meses de inesperado y arduo confinamiento al que nos hemos visto obligados. La gran divisa de la Revolución francesa, encarnada en la figura femenina del valor libertario, guía el recorrido de esta antológica en una especie de bucle vicioso ambicionando alcanzarla.

En las primeras salas se invita al espectador a una inmersión en tiempos convulsos como delata la pieza Esquizoide, 1978. Un cubo elaborado con páginas del mismo cómic recoge en cada una de sus caras el ambiente agitado y rebelde del momento. Otras piezas de icónicos rostros son homenajes a los asesinados del franquismo. Por aquellos años, el artista se empapaba del lenguaje pop creando su particular caja tonta, fascinado por el impacto del televisor que se colaba en los hogares de los 70, o de los efectos de tanto consumo en Colector de lixo, 1976, o Multitudes-Berro, 1976. Su técnica absorbía el lenguaje de las vanguardias recortando el soporte con un estilo crispado de clamor y grito de obras emblemáticas de la historia del arte, consagradas por Munch y extraídas de la imaginería picassiana del Guernica. Piezas trascendentes de aquellos tensos años que al artista le tocó vivir.

Los anhelos de savia nueva, de aire fresco, estaban en el espíritu de Atlántica. Patiño fue uno de los miembros fundadores, como lo está en su ADN desde sus inicios hasta su madurez creativa. El monfortino pujó alto por la libertad y siguió embadurnándose de pintura aunque abordase el vídeo y otras disciplinas, entre ellas la escritura, para sentir y experimentar con lo que simboliza el mar. El polifacético artista, que tiene mucho del druida Merlín en Beira do océano, interactúa con sus pinturas en los arenales de Vigo en una poética acción que documenta en vídeo. Emula al mar parcelando el oleaje a su antojo y plantea así un diálogo con la naturaleza. Pequeñas tablas atrapan gestos puros que devienen ondas, rastros encadenados y signos secretos como los de Gottlieb, Morthrwell o Michaux.

El deseo de vuelo, de ser libre y ascender desde el plano terrestre, ha sido otro motivo recurrente en su trayectoria; por ello recurre a Ícaro, 1996, representado a través de sus míticas alas; o del laberinto, imagen recurrente en su iconografía personal. Ese sueño alado vinculado a la noche, a lo onírico pero no menos a la melancolía, emparenta su pintura con la de Urbano Lugrís, con los simbolistas pero no menos al pensamiento presocrático.

Patiño toma conciencia del mundo, de ahí que acuda a la imagen de la cabeza ocupada por el laberinto. Se sirve de la intuición expresada por Walter Benjamin del artefacto como arqueología de la historia. Signos fatalistas como sillas vacías, dados o barcas a la deriva nos recuerdan lo impredecible de la existencia humana. Las ánforas, ya sean de Gundivós o de antiguas civilizaciones, encarnan vida pero a la vez son contenedoras de muerte; reiterados signos desvaídos pero apresados en el lienzo como improntas emblemáticas de su singular lenguaje, más proveniente del inconsciente que de cualquier atisbo de realidad. Sus sempiternas marañas, manchas, trazos y borrones congregan múltiples interrogantes así como reflexiones diversas.

Apuesta por el gran formato, a veces como suma de pequeñas parcelaciones que constituyen un recuerdo de nuestro territorio al que suma secuencias minimalistas. Lo delata la pieza Caosmos(1994-1995), sinónimo de mundo fragmentado y disperso. También lo son las divergentes miradas que cada uno proyecta sobre el cosmos.

Nuestro compatriota nos ha acostumbrado a encendidas atmósferas, pero nos abruma con mantos de pintura negra con los que cubre lienzos críticos y de negación ligados a expresiones de destrucción y a conceptos como lo “terriblemente bello” de la muerte del medio natural. Esa noción la experimentamos en Marea Negra, 1989, en donde enfrenta al espectador con la noche, la oscuridad o con el luto del alma al contemplar extensiones de mar vomitando fuel de tragedias incrustadas en la memoria de todos, como fue la catástrofe del Prestige. Estas piezas tornan metáforas de incerteza, contaminación y sentimiento apocalíptico, intensificado por la teología de la cruz y lo que conlleva: su tono serio y de enorme peso simbólico. Se junta a los profusos manchones y espesor del pigmento negro desarrollando un sentimiento de drama, riesgo y desolación.

La muestra Caosmos, por extensión, equivale a pathos, tensión, fatalidad, pero no menos a lucidez, rigor del artista como hacedor de un orden de composición estético y poético. Por eso Patiño se afana en ensamblar polípticos que estira a su antojo para componer su particular cosmogonía. En ese manar de fluidos dibujos sobre el caos afloran trozos de pensamiento filosófico atravesando el lienzo como acontecimiento iluminador. Se percibe en Memoria Branca (2014) o en forma de caminos y encrucijadas que se barajan al andar como metáforas del vivir. Por ello recurre a la tradición del informalismo y del actionpainting, cauce más idóneo para asumir el cuadro como espacio arqueológico y territorio sentido, que se inscribe en una dimensión espacio temporal, introduciendo la metafísica.

Patiño se interesa por la huella última del ser. Territorio-Rostro (2014) es sinónimo de trascendencia, aunque del paso humano por la tierra solo quede su impronta reducida a silueta, mirada o pensamiento pululando sobre fondos de incerteza. Su pintura fértil en símbolos es entendida como territorio, mapa de apariciones y signos abandonados a su suerte. En definitiva, equivale a sustrato de nuestro presente y nuestra historia.

27 jun 2020 / 21:58
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