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Antropofobia

Al margen de la piedad obligada hacia todos los seres que sufren, es difícil no vincular la mercadotecnia del cuerpo “trans”, de cuya fobia podemos hoy acusar a cualquiera que argumente valores morales de reserva, con nuestra vocación contemporánea de liquidar todo lo que sea gravedad, referencia natural o punto fijo. Se dijo ya hace tiempo que la nuestra es una cultura del tránsito, del aplazamiento perpetuo y la deconstrucción de cualquier intensidad real. Este es el motivo de fondo de la posverdad y la deconstrucción: el complot gregario contra lo “asocial” -lo impolítico- que late en la vida real de los cuerpos.

En nuestro control de geometría variable, tan lejano de la disciplina heteropatriarcal de antaño, todo debe ser revisado por la velocidad de la actualización, estar en perpetuo proceso y en crisis. Le ha llegado el turno al propio cuerpo. ¿Estamos ante un trasunto secular del peregrinaje cristiano por este valle, aunque hoy no sea de lágrimas sino de risas enlatadas? Y ahora aplicado al cuerpo, representante de una tierra antigua que odiamos. El tiempo dirá.

Para la generación que defendió públicamente a los homosexuales ridiculizados en la mili de Franco, puede hoy importar un comino la orientación sexual de cada quien. Si a uno le gustan las mujeres, los hombres o cualquier otra cosa, es asunto suyo y algunos no necesitamos que nos lo cuenten. Es indiferente a nuestra preocupación antropológica por la vida. Esta manía actual de que el prójimo se pase el día saliendo de un armario del cual ha sido víctima, publicitando después sus opciones sexuales elegidas, no deja de ser otra pesada versión del puritanismo que nos ha penetrado -sin vaselina- desde el norte. Antes estaba mal vista la confesión indiscriminada de tus miserias íntimas, ahora es obligada. Pero seguimos en el mismo proceso inquisitorial que no puede dejar en paz al cuerpo, sin dejarlo ser. Hasta un Santo Tomás se asombraría de nuestro delirio político con lo impolítico del cuerpo.

En cierto modo, la dimensión internacional del trans train no puede dejar de inscribirse en nuestro culto a lo minoritario, un regodeo en la rareza con el cual podemos acusar a cualquier cultura de despótica, insensible, homofóbica o negacionista. Además de alimentar el supremacismo de Occidente, esta “trampa de la diversidad” (D. Bernabé) tiene entre nosotros el fin de pulverizar el cuerpo social en toda clase de polémicas secundarias. Atomización del individuo real y endeudamiento posterior a las conexiones virtuales. Así nos hacemos mejores sirvientes de la interactividad, olvidando los seres sufrientes que somos por el simple hecho de estar vivos. Olvidando también la tortura creciente que ejerce en cada uno de nosotros la normativa omnívora del Estado mercado.

Al margen de la presión estatal moderna, todos sufrimos, siempre hemos sufrido. Todos, hasta los conservadores y los imbéciles, estamos atravesados por un involuntario proceso de tránsito que dura la vida entera y al que le costará mucho ser “reconocido”. Menos mal que tampoco lo necesita. Esta manía social de la visibilidad y el empoderamiento, siempre grupales, es también muy puritana, pues parte de la base de que puede haber una sociedad que descienda por fin a la vida y la salve del trauma de sus contingencias individuales. Una sociedad que sea transparente, providencial y no represiva. Es el despotismo democrático, diría Foucault, de nuestro estatismo continuo. Hemos cambiado un Dios por otro, no menos omnipresente.

No obstante, a diferencia de la antigua religión, estamos ante una ilusión muy elitista, pues convierte la exquisitez de las rarezas metropolitanas en nueva norma para la humanidad de las afueras, esa inmensa y fea mayoría que, luchando por vivir, casi nunca entiende de qué hablan las vanguardias urbanas. Pero no importa. Lo que interesa al sistema es que haya una norma -antes hetero, ahora homo, trans, queer...- que descienda a los intersticios de vivir y acabe con una legendaria autonomía. No es tan extraño que este encanto elitista con lo minoritario sea un caudal de votos para una extrema derecha que se presenta como populista, incluso cercana a lo quede de una clase obrera cuya preocupación no es la felicidad, sino vivir. En realidad, fuera de las comedias estadounidenses, nadie ha demostrado que la felicidad sea obligatoria. Nadie ha demostrado siquiera que sea posible. Tal vez lo máximo a lo que podemos aspirar es a cierto temple de ánimo ante la dureza de vivir.

Pero no es solo la desaparición de la clase obrera lo que amenaza en este capitalismo alternativo. Es la desaparición virtual de lo común a la especie, el sufrimiento radical de los seres finitos que somos y, también, la ocultación del maltrato mayoritario del que hemos sido objeto. Dios nos libre de estar en contra de ningún trans, de ningún ser que sufre o ninguna minoría discriminada. Lo que incomoda es esta dimensión urgente y mundial de lo minoritario, que no deja de ser sospechoso de un genial ardid político. La sensibilidad extrema hacia las minorías, por exiguas y raras que sean, puede ser una cortina de humo para tapar el desprecio mayoritario y correcto, sin sangre a la vista, del que todos somos víctimas.

A mayor perversidad en el maltrato popular -como ocurre en EE.UU.-, más corrección formal y lingüística en las élites. Es tal el desprecio al que se somete a unos pueblos exprimidos sin cesar económica, social y simbólicamente, que hemos encontrado en todo lo minoritario, desde la corrección en el lenguaje hasta el cuidado de la imagen y los animalitos, la disculpa perfecta para que sea invisible nuestro modo de odio, una indiferencia a lo popular de la cual algunos populismos llevan tiempo sacando partido.

22 may 2022 / 01:00
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