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Baroña, balcón a la inmensidad del Atlántico

La llegada de la primavera, del buen tiempo, embellece particularmente los hitos de nuestra tierra gallega, que cobran un atractivo especial al ser bañados por los rayos del templado sol del ocaso.

Uno de estos hitos es la antigua ciudad celta de Baroña, a escasos cuatro kilómetros de la villa marinera de Porto do Son.

Este icónico lugar presume de ser uno de los ejemplos minoritarios de castro marítimo, ya que la regla general en los poblados castrexos, según defendía el experto e historiador gallego López Cuevillas, era que estos recintos fortificados se situaran en la cima de oteros o montañas, como estrategia de defensa frente a posibles ataques de otras tribus.

La cultura castreña está vinculada a la llegada a las costas del noroeste peninsular de distintas etnias centroeuropeas, como los celtas. Sus asentamientos, levantados por toda la geografía gallega, así como por otras regiones españolas, como Asturias y Cantabria, entre los siglos VI a.C. hasta el V d.C. testimonian uno de los primeros sistemas de organización urbanística en la historia.

Así, los poblados, más allá de su estratégica ubicación, eran fuertemente defendidos por varias líneas de murallas circulares concéntricas, levantadas a partir de sólidas rocas. Estas murallas circundaban un recinto donde la sociedad se disponía siguiendo patrones jerárquicos, en barrios formados por viviendas circulares o rectangulares construidas a partir de muros de piedra y techos de madera o paja.

En el castro de Baroña todos estos elementos convergen en una idílica instantánea de la que podemos disfrutar desde el otro lado de un sendero de piedras (quizá dispuesto por sus antiguos pobladores, a modo de calzada) desde el que contemplamos todo el recinto, rodeado por una robusta muralla de mampostería de más de dos metros de altura. Tanto desde la lejanía como ya desde el interior del núcleo urbano, se distinguen fácilmente dos barrios, que determinan esa división social que responde a criterios jerárquicos.

La vida en el poblado se desarrolló entre los s. I a.C. y I d.C. Sus habitantes, los Praestamarci, que se extendieron por todo el territorio de Barbanza, presentaban un perfil eminentemente comercial, pues no solo disponían de facilidades para caza, por los bosques que rodean el lugar, sino de un inmejorable acceso a un Atlántico rico en pescados y mariscos. A todo ello debemos sumar la proximidad de una antigua mina de estaño, metal con el que alimentaban un exitoso sistema de mercado basado en el trueque.

La importancia del estaño en Baroña no es baladí, pues, además de lo ya expuesto, la abundancia de este metal en la zona, así como la facilidad de su fusión, para lo que precisaban poco más que una buena hoguera, ha permitido que podamos recoger vestigios de aquella época, en forma de pequeñas piezas de joyería, armas y otros utensilios.

Una de las mejores vistas del castro te espera desde lo alto de las peñas, desde donde se aprecia perfectamente la disposición de los dos barrios en el recinto castreño. Contemplar la costa que se extiende desde el poblado, con el océano de fondo, silbando el viento siempre fresco desde sus adentros, quizá fruto de la inmensidad vital que encierra el profundo e interminable Atlántico, es disfrutar de la esencia de Galicia, un territorio lleno de historia y de leyendas.

Respecto a estas, la muralla de Baroña abraza un suelo alfombrado por la escasa y mágica clavelina del mar o herba de namorar, llena de propiedades sobrenaturales con las que las chicas son capaces de hacer enloquecer de amor a sus enamorados, según recoge la tradición.

Descubrir el castro de Baroña es viajar a la cultura de nuestros antepasados, no tan distintos a nosotros, como se puede entender. Te invito a perderte entre sus callejuelas, imaginando cómo fue la vida para unos individuos que mantenían una estrecha relación de respeto con el medio natural que les rodeaba, del que se servían a partir de la esencia de la proporcionalidad.

17 abr 2022 / 00:00
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