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Hipnotizando gallinas

Se puso todo a favor. Noche tranquila de Agosto en la sierra segoviana; un pequeño escenario con los focos ni mucho ni poco encendidos. Una brisa que movía las hojas algo lacias de los olmos aún mejoraba la atmósfera. Allí estaba la narradora Raquel Queizás que nos introdujo en su mundo mágico y rural de la Galicia de infancia haciéndonos convivir por un rato con lobos -y lobas- que por la noche deambulan por los pueblos, ferias de ganado, mucho aguardiente a cualquier hora... Y por supuesto, la Santa Compaña (que no es santa) con la cual te ibas tropezar quisieras o no como no apresuraras el paso y te metieras en casa a la puesta del Sol.

Los relatos que contó y que debió recibir por transfusión sanguínea desde su abuela, dada la precisión de palabras y gestos para explicar momentos y sentimientos, nos hizo viajar desde la tierra agostada de Castilla la Fría hasta entrar en un mundo de bruma permanente, las fragas en las que te pierdes sin remedio, vivos y muertos resolviendo antiguas pendencias...

Un verdadero mundo de realismo mágico antes de que los grandes de la literatura hispanoamericana (bonita expresión en desuso por mor de independencias y rencores salidos de un radicalismo oportunista) la desarrollaran hasta su máximo extremo. Un mundo, en suma, en donde se narra desde lo normal y cotidiano sucesos siempre extraordinarios. Abandonados a una realidad en que vivos y muertos así como bestias, humanos y plantas conviven sin estorbarse nos preguntó la narradora algo tan desconcertante como “si había alguien entre el público” que supiera hipnotizar gallinas. Aquello debía ser importante en ese momento de la actuación y decidió abordarlo invitando a los allí presentes a contar lo que supieren.

El que escribe, de oídas sabía que eso se hacía, pero ni la menor idea de cómo ejecutarlo. Un par de brazos o tres se levantaron afirmando saber de la materia y hubo una señora muy decidida que tomó la palabra y nos explicó que ella hacía una línea en el suelo con un palo, se ponía una pata de la gallina a cada lado, se le doblaba la cabeza y se le obligaba a mirar. Tan solo con eso el animal entraba en trance y allí quedaba durante un rato sumida en sueños avícolas.

La narradora nos contó que en su aldea la cosa iba de otra forma. Se cogía al animal como de las axilas (si las tuviere) y se la bamboleaba de un lado al otro. Y con eso era suficiente para que quedara dormida un rato. Lo que nadie pudo aclarar era para qué servía eso. Si es que las gallinas ponían los huevos más gordos o con dos yemas o cualquier otra cosa. En una atmósfera de perplejidad y empequeñecidos por el desfile de personajes no merecía la pena saber si había algo detrás de lo de hipnotizar a las gallinas.

Hecha esta explicación siguió la narradora haciéndonos vivir su mundo de recuerdos infantiles en donde leyenda y realidad eran la misma cosa. Reíamos con las ocurrencias del lugar y empatizamos con las tragedias de una vida dura y remota.

Acabados los relatos, la Sra Queizás se despidió y nosotros nos despedimos de ella y de sus paisanos los cuales, con diferentes grados de corporeidad, estuvieron con nosotros. Quedó la audiencia en silencio quizá recuperando lugar y tiempo real. Particularmente, me sentí como la pobre gallina que va recobrando el sentido después de su viaje astral y va reconociendo sitios y personas. Pensé que la ocurrencia de la hipnosis fue algo muy meditado.

No hubo artificios, no hubo efectos especiales. Una voz modulada y una invitación a entrar en los mundos fantásticos. Como se hacía antes. Como ya poca gente hace.

28 ago 2022 / 01:00
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