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Javier Marías, una deriva peligrosa

hablo de Javier Marías, hijo de Julián Marías, el ilustre filósofo, dicen que discípulo de Ortega y Gasset... Más que discípulo, diría yo, a la par del maestro Ortega, el de la chuleta pilosa sobre la calavera pensante y armónica en su ritmo. He disfrutado como un neoconverso, tal vez neófito, leyendo las 680 páginas de su última novela, Tomás Nevinson, editada por Narrativa Hispánica en Alfaguara. Y no es que me haya “convertido”, pobre de mí, a su manera de escribir novelas. Un viejo resabio me impidió, durante algún tiempo, leerlo sin prejuicios. Julián, su padre, al que yo trataba y frecuentaba en su despacho de la calle general Yagüe, sede artesanal de la revista Cuenta y Razón, a donde llegaban las colaboraciones que pilotaba Rafa Ansón, tuvo algo que ver con mi escaso primer entusiasmo cuando recibía un ejemplar de cualquiera de los títulos prometedores de Javier. Por entonces, yo maquetaba idealmente las páginas de crítica literaria en el diario YA. Una mañana, después de dar mis clases de Literatura Universal Contemporánea Comparada en el CEU, estaba con Julián Marías en su despacho, esperando que me entregara un artículo para el número inmediato de la revista. Acabó de releerlo, colocó dos últimas comas y me lo dio.

–¿Cómo está la familia?, le pregunté, de manera bien ambigua y genérica. Veo que Javier está trabajando la novela... Se arañó el pestorejo con el índice de su mano derecha.

–¡Ah, esas cosas!”, resumió sin ningún entusiasmo. Sin más.

Supuse, torpe de mí, que no valía la pena. Julián no era muy pródigo en los elogios y menos en la expresión verbal.

Esta tarde, doblemente vacunado, en mi hospital del Barbanza contra la pandemia y en el Tomás Nevinson, bien subrayado, de Javier Marías, apenas quiero apuntar unos párrafos que responden a un talante elogioso, pero no tanto. Es una buena novela; el peso del volumen se compensa con la generosidad de la edición de Alfaguara que distribuye tanto texto, de acuerdo con el autor, claro está, en páginas generosamente regaladas a escenas en cuadros , breves, de menos tres o cuatro páginas. Por tanto, es manejable. Yo la he leído y anotado en muy poco tiempo, y casi siempre recostado en la cama, antes de dormir.

Los lectores de Javier Marías, supongo, ya conocen su estilo correcto, claro y, a veces, analógico. Uno de los términos de la analogía será siempre Oxford, así que su simiente oxoniense florece sin remedio, incluso en versión inglesa, en cuanto parece encontrar algún tropiezo o duda en el sendero del español, nada infrecuente por otra parte. Hay tropiezos en los que cae: expresiones sin demasiado sentido en castellano: “Carecía de mucha paciencia”, “para imaginar que florecerían irresistiblemente cuando se apasionara en los impudores sexuales, a los que con Folcuino no se entregaba ni quizá con nadie más”. “Hay sujetos inmunes a la contención”. “Se me iban los ojos más de la cuenta hacia aquellas rodillas y muslos, pero me refrenaba de adoptar posturas forzadas que me permitieran ampliar el ángulo y atisbar más allá”. A veces, las preposiciones se desmandan... Pero bueno, pueden ser, si afilamos el rigor, pequeños seres víricos que saltan de la gramática y se posan en la pluma del escritor que no cuenta las sílabas del verso...

El argumento tampoco se presta a la lenidad ni, menos, al castigo, se hace remoto y de inesperable solución. Cuál de las tres mujeres, Inés, Celia y María, todas tres sospechosas terroristas de ETA intervino, participó en los horribles atentados de Zaragoza y Barcelona de diez años antes que no suele aportar materia noticiable a los diarios nacionales, y ahora instaladas, “dormidas”, legales, de vida tranquila en una ciudad del occidente de la península –puede ser León, por ejemplo– las tres acomodadas en sus correspondientes roles de apreciadas ciudadanas, limpias de sospechas en cualquiera de los dos atentados... Una de las tres, sin saber cual de ellas, colaboró en los acontecimientos brutales de Zaragoza y Barcelona, con muertos indiscriminados –niños incluidos–, sin escapatoria posible en la explosión. De las tres, sólo una era buscada para ser conducida a los tribunales como integrante del comando de ETA de los dos atentados. Se sospecha que una de las tres mujeres tiene ascendencia dual, española e irlandesa del Ulster. Era una época de mortal colaboración entre IRA y ETA.

No soy nada escéptico cuando trato de valorar los libros de Javier Marías. Ya hace años que se ha convertido en escritor universal y su obra está por encima de muchos laureados en Estocolmo. Tomás Nevinson no es su mejor novela; tal vez a él, a Marías, lo descubriríamos en seguida por el acento oxoniense involuntario. No es exhibición, claro está, sino hábito que irrumpe cuando menos se espera. No era su intención... Pero le queda fuelle, es joven y le sobran redaños y capacidad para profundizar en otros temas y argumentos. Tal vez sea fruto de la improvisación temática. Desgraciadamente, hay tanto miedo en nuestro mundo que, si, incluso si se le ahorra la violencia, seguirá siendo un estupendo motivo para describirlo. Esperemos, pues, hasta octubre. Aunque yo no tardaría tanto tiempo en firmar una novela de Javier Marías.

18 abr 2021 / 01:00
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