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Viajes de Vuelta

Esa espera en los semáforos de cualquier ciudad para cruzar la calle es como los cortometrajes respecto a las películas largas, ya saben, las de hora y media o más. Que tienen que pasar cosas interesantes en muy poco tiempo para que sea recordable. De lo contrario, son de esos minutos, junto con otros ratos de desidia mental que se guardan en el baúl de los tiempos inútiles.

Lo ocurrido fue un domingo por la mañana. Temprano para lo que es un domingo. Poco tráfico y menos ruido. Según iba llegando hasta el cruce de la calle grande ya llegaba la música de la flauta. Llegué al semáforo justo cuando se cerraba para los viandantes. Las estancias en los semáforos, aunque cortas, son extrañas: nadie sabe a dónde mirar y no hay opción de hablar del tiempo, ni de cómo vamos con la peste como ocurre en un ascensor. En este caso y algo retirado había un hombre que tocaba una flauta pequeña. Sonaba muy agudo; lo mismo era un caramillo. Muy chocante escuchar ese sonido tan bucólico en un domingo gris ciudadano. El tipo ni iba vestido de juglar, ni daba brincos como el de Hamelin, ni tenía un platillo cerca para ir recogiendo unos ingresos por los que no iba a tributar. Tuve la impresión de que el buen señor no estaba allí para ser visto sino más bien para poder ver él.

Los que pasábamos por allí le mirábamos y él nos miraba. Y además miraba fijamente: lo mismo estaba buscando personajes para introducir en alguna novela o en algún guion que estuviera trabajando y los buscaba entre la fauna que íbamos apareciendo -con cara de domingo- a resolver las cosas de domingo.

Por la pinta del personal, allí andaba al que le habían mandado a por churros (porque habían dormido los nietos en casa), el que va a por el periódico y el pan con el abrigo puesto disimulando que se había vestido lo mínimo para hacer el recado, el del perro que ya llevaba la bolsa negra llena para tirarla en alguna papelera, deportistas “runners” (otrora corredores) y un deportista en horas bajas (servidor de Vds) que caminaba deprisa como si fuera alguien importante de algún gobierno. Volviendo al flautista pensé que aquella música –desconcertante por desubicada- me resultaba familiar. Extraño en mi caso que he nacido en ciudad. Soy amante de pueblos y de todo lo rural pero con cortas estancias de tiempo. Me dio por pensar que debe ser alguna clase de memoria que tenemos instalada y que nos lleva a lo ancestral, a los tiempos más antiguos; que se activa y te hace sentir en lugar seguro. Debe ser como esos cereales –tan de moda ahora- que se dice que el cuerpo reconoce por haber sido dieta de la humanidad durante milenios y ahora, a modo de memoria genética, el cuerpo reconoce y agradece con un buen tránsito intestinal.

Con estos sones y el olor a churros, me apeteció cerrar los ojos para imaginar campos abiertos de esos de la España Vaciada. De esa España de la que libremente salieron muchísimos padres y abuelos hacia otros lugares en busca de prosperidad y que, como a lo que se ha vaciado no se le otorgue una esperanza de buena vida, difícil será que las gentes de bien hagan el camino inverso.

Aquel señor estuvo tocando durante un buen rato la flauta, porque cuando volví de hacer esa especie de atletismo de perfil bajo, allí seguía. Me reafirmo en que estaba coleccionando gestos de las caras ajenas: pereza, preocupación, el careto del que charla por el móvil... Algo buscaba.

Ya de vuelta a casa se iba quedando atrás el intérprete con su inesperado recital y la buena sensación que esparcía. Entendí porqué en tantas ocasiones llegando a los lugares de España que a uno le gusta visitar se tiene esa sensación difícil de explicar: estás de vuelta más que yendo de visita a un lugar nuevo.

24 dic 2022 / 01:00
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