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Elogio a los años

Hace unos días hablaba con mi buen amigo Modesto Seara, un gallego de Allariz, que después de leer su tesis en La Sorbona sobre derecho en el espacio cósmico –en 1959, nada menos– se fue a México, donde fue profesor en la prestigiosa UNAM, la Universidad Nacional Autónoma de México. Hace algo más de veinte años empezó a crear de la nada una red de universidades públicas en el estado de Oaxaca, que hoy son un ejemplo de educación superior, estudiado internacionalmente. Este año cumplirá 90, y me comentó, por enésima vez, que está pensando en retirarse. Me reí con ganas al oírle, ya que sé que no es cierto, aunque él crea que sí. No por estar cansado, me dijo, y lo sé, sino por hacer otras cosas en los 30 años que, también me dijo, le quedan de vida.

Óscar Ribeiro de Almeida Niemeyer Soares Filho nació en Río de Janeiro, en 1907. Murió a punto de cumplir los 105 años. Quizás su nombre completo les despiste, pero si le llamo solo Oscar Niemeyer, es posible que sepan que fue un famosísimo arquitecto, premio Pritzker en 1988. Uno de los más importantes del pasado siglo, sin lugar a dudas. Su legado es enorme, y su huella es omnipresente en la ciudad de Brasilia, la capital de Brasil desde 1960. También es obra suya el Centro Cultural Internacional Oscar Niemeyer en Avilés, Asturias, inaugurado en 2011. Una obra de un Niemeyer que ya había dejado atrás el centenar de años.

Cuando tenía 90 años, James Lovelock recibió el II Premio Fonseca de divulgación científica de la Universidad de Santiago de Compostela. En el acto de entrega de este premio, que tuvo una vida tan fulgurante como efímera, el auditorio de Galicia estaba a rebosar. Lovelock impartió una conferencia titulada ‘El cambio climático en un planeta vivo’. Su forma de hablar, sus ideas, su clarividencia y su bondad, nos impactaron a todos los presentes. Hoy Lovelock es centenario y acabo de leer su último libro, titulado Novaceno, del que les hablaré otro día. 

Evidentemente, estas personas son excepcionales. No es común que alguien a los 90, y menos con un ciento de años a cuestas, siga tan activo intelectualmente, poniendo tanto tiempo y pasión en lo que hace y con una mente tan creativa como en su juventud, sino más. Pero sí lo es, y cada vez más, que personas de edad avanzada, si tienen la salud suficiente, sigan siendo capaces de aportar y mucho en sus ámbitos de conocimiento y desarrollo profesional. Esto lo tienen en cuenta en otros países, pero no en España, donde los despachamos rápidamente. Recuerdo al profesor Lotfi Zadeh, creador de un nuevo campo de las matemáticas y de las ciencias de la computación, denominado lógica borrosa o difusa, con quien hice una estancia en la Universidad de California en Berkeley, que siguió activo en ella hasta casi el final de sus días. Murió en 2017, con 96 años.

Quise hablarles de personas que atesoran muchos años y saber, por ser precisamente los más mayores quienes más han sido estigmatizados durante la pandemia, especialmente en nuestro país. Les ha tocado la peor parte, no solo por la edad sino por las condiciones de contorno en las que viven, en particular en ciertas residencias, algo especialmente grave y que debe ser investigado en profundidad y con rigor. Por cierto, varios de los investigadores al frente de algunos de los principales proyectos españoles de desarrollo de vacunas para la COVID-19 están ya jubilados y trabajan ad honorem. Es el caso de Luis Enjuanes, Mariano Esteban y Vicente Larraga. Vaya también para ellos mi admiración y máximo respeto.

Una sociedad que no cuida bien de sus mayores es una sociedad que no se quiere y una sociedad que desprecia lo que saben es una sociedad que retrocede.

07 mar 2021 / 01:00
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