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{el sonido del silencio}

Cara gano yo, cruz pierdes tú

    YA NO EXISTE LA POLÍTICA, sólo los políticos. Ya no hay ideas, sino sólo lemas acuñados para la ocasión y repetidos hasta la saciedad. Ya casi nadie tiene principios, sino sólo estrategias para ganar siempre que se pueda, y por eso pueden interpretarse las leyes según convenga, saltándose todas las reglas de la lógica y hasta los principios del sentido común. Tampoco existe una buena información en los grandes medios y por eso el mundo de las noticias, repartido entre los dimes y diretes de los políticos, sus corrupciones de cada día, sus tuits y el aplastante peso de la información deportiva, es un mundo paralelo al mundo real, que aparece en las letras de la parte baja de la pantalla en las que se puede leer a toda prisa el número de muertos por atentado, bombardeo y de los emigrantes rescatados o ahogados en el mar.

    En ese mundo irreal se crean polémicas a veces artificiales y se juega con la pobreza y los sufrimientos de muchos, llegándose en ocasiones a jugar con fuego, tal y como está ocurriendo con la independencia de Cataluña. Un tema en el que no se sabe si la insensatez, el cinismo o la conveniencia personal de Artur Mas mantiene viva la atención jugando a la ruleta rusa y movilizando a masas con lemas que darían vergüenza a un verdadero nacionalista, catalán o de cualquier otro país.

    No hay duda de que existen las naciones, aunque nadie haya logrado definirlas. En todas ellas hay una parte real, que se corresponde con una historia compartida, una lengua propia, aunque no necesariamente, un territorio, que no siempre suele ser el mismo, y un sistema de costumbres y tradiciones que crea el sentimiento de pertenencia a una nación. Pero a la vez las naciones también tienen una parte imaginaria, construida mediante la educación nacional, la enseñanza de una lengua oficial y la historia y la geografía del país, y con la creación de símbolos y fiestas cívicos. Asociado a cada nación está el sentimiento patriótico, que puede ser noble o refugio de los auténticos miserables, y que ha engendrado grandes logros culturales y científicos y también guerras, miseria y genocidios.

    El nacionalismo catalán en la versión de consumo de A. Mas y sus colegas corresponde al imaginario mundo de la información y la política actuales. En él no hay ideas profundas, ni principios sólidos de compromiso político, sino únicamente oportunismo y lemas y palabras vacías. De la historia se hacen mangas y capirotes. Se da a entender que Cataluña es un ente histórico invariable en el tiempo, cuando nunca existió un reino o un estado catalán, sino el Reino de Aragón, que incluyó las actuales Cataluña, Valencia y Baleares, pero también Sicilia, Nápoles y todo un imperio mediterráneo. A nadie se le ocurriría reivindicar la vieja integridad territorial con anexiones. Del mismo modo la Guerra de Sucesión fue un conflicto dinástico que implicó a España, Francia, Inglaterra, Prusia, Austria y otros países, y en el que los catalanes, que se caracterizaban por ser muy fieles a la dinastía de los Austrias, apoyaron los derechos al trono del archiduque de Austria, siendo luego castigados por Felipe V con la retirada de su derechos locales, no con la pérdida de su soberanía. Podríamos dar marcha atrás y reunir imaginariamente a los firmantes del Tratado de Utrech, devolviéndole a Cataluña su supuestamente perdida independencia y de paso haciendo que Inglaterra devolviese a los patrióticos españoles Gibraltar, a cambio de regalarle Menorca, como ocurrió con ese tratado. En esa isla al fin y al cabo ya viven muchos jubilados ingleses e Inglaterra podría instalar un paraíso fiscal, como el de la actual City londinense para captar y lavar todo el dinero sucio procedente de Oriente Medio.

    Esto es una broma, pero también lo es sostener que la nacionalidad de una persona es cuestión de gustos y sentimientos subjetivos. Se pueden citar casos de hijos de inmigrantes de primera generación castellanoparlantes que dicen que ellos no son españoles, como tampoco son franceses, sino catalanes porque les gusta más, y por eso tienen “derecho a decidir”. Tener derecho a tener derecho es un sinsentido como el de aquel que decidió no meterse en el mar de ninguna manera hasta que supiese nadar perfectamente. Sólo se pueden ejercer los derechos que se tienen. En el caso de Cataluña y su independencia no sirve ningún precedente histórico. No se trata de un país colonizado por extranjeros, sino de un país con un doble sistema político: estatal y autonómico, en el que sus ciudadanos tienen la nacionalidad española, que una parte de ellos no puede quitarle a la otra, a menos que sigamos el lema: “tú no eres nada, el pueblo lo es todo”, que era el fundamental del nazismo.

    Por supuesto que muchos catalanes tiene derecho a no ser españoles y renunciar a su nacionalidad española y europea a la vez, pero también que a otros no se les puede retirar esa nacionalidad. Si analizamos los procesos de independencias recientes en Europa en países mixtos lingüística y culturalmente, lo lógico, puestos a imaginar sin tasa, sería permitir a quien no quisiese la nacionalidad española que renunciase a ella en un plazo y según un procedimiento establecidos. Luego los miles o millones de personas que lo hiciesen pasarían transitoriamente a ser extranjeros en España con todos sus derechos, y acabado el plazo el territorio catalán se dividiría entre la Cataluña nación y la Cataluña autonomía, pactando unas fronteras y obligando a la población a trasladarse a un país u otro. Esto es lo que ha pasado tristemente muchas veces de verdad en la historia real.

    En nuestra imaginaria política no se sabe si cuando un político pide la independencia es que la quiere o quiere sólo negociar unos impuestos, más o menos. En ella se escriben una constitución en la que los catalanes independientes mantienen la nacionalidad española, aunque España no quiera; en la que España, potencia hostil, tiene obligación de ser amigable e incluso de defender a Cataluña, porque no se piensa tener un ejército de verdad porque es muy caro; siguiendo en la Liga de fútbol española, porque en la francesa no los iban a admitir.

    Esto se puede lograr con un referéndum que no lo fue en el que se preguntó si se quería ser un estado, sin decir qué es eso, para añadir si luego se querría ser independiente, o no se sabe qué otra clase de estado, o convocando unas elecciones autonómicas que no lo son porque son plebiscitarias, pero que no son plebiscitarias porque son autonómicas, en el que se vota a una lista, encabezada por un excomunista, en la que el presidente del gobierno podría no salir diputado y que cierra Guardiola, entrenador del Bayer de Munich, firmemente comprometido también, se supone, con la independencia del antiguo reino de Baviera, incorporado a Alemania en 1870, y cuya nómina mensual supera en mucho a la de todo el gobierno catalán. Él podría retar a un partido a Albiol, exjugador de Baloncesto y candidato del PP, en un país en el que una infanta también se casó con un jugador de balonmano con el consiguiente escándalo financiero. La imagen de A. Mas riéndose cuando se abuchea al Rey en la copa que lleva su nombre y que no se entiende para qué se quiere, si es borbónica, es la síntesis de todo este despropósito montado al borde del abismo.

    El autor es catedrático de Historia Antigua de la USC

    30 ago 2015 / 00:00
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