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tribuna

Coronavirus y mala conciencia

    LO más inquietante de nuestra situación no es, al menos para mí, el miedo a contraer el virus o, incluso, poniéndonos en lo peor, a no conseguir superarlo. Tengo que esforzarme hora a hora (y día a día) en combatir la mala conciencia que me invade. Primero, porque en función de mis condiciones profesionales la única forma de ser solidario y de ayudar (algunos exageran un montón, y hablan de heroicidad) es quedarme en casa. Esto equivale a un oxímoron, a la identificación de dos significados totalmente opuestos, y encierra una paradoja: no hacer nada concreto es la única forma de hacer algo positivo.

    Por eso, por mi mala conciencia, no es que admire sino que envidio a quienes están en el tajo: en los hospitales, sobre todo; en las calles, supervisando el cumplimiento de las órdenes del gobierno; en los medios de comunicación; en la seguridad, en los transportes autorizados, en el saneamiento y la limpieza; en las cadenas logísticas que nos garantizan el abaste-cimiento; en la producción de todo lo que necesitamos para seguir viviendo, aunque recluidos en nuestros hogares...

    Pero mala conciencia también por los que no los tienen, quienes carecen de otro refugio que las propias calles que ahora deben estar vacías, que los portales de otros o los nichos de los cajeros, especialmente insalubres en caso de pandemia. Y un largo etcétera: los ancianos que se quedan más solos que nunca y son calificados, sin delicadeza, como "grupo de riesgo"; los trabajadores que, amén del virus, temen la pérdida de sus empleos; los autónomos, que ya no tienen ingresos para ellos ni para el asalariado que les secunda en su modesto negocio; nuestros compatriotas que, fuera de España, porfían con éxito incierto para volver con los suyos o los que ya están confinados en cuarentena lejos de su país; los extranjeros que se encuentran en la misma situación pero con azimut contrario...

    Mala conciencia, sobre todo, porque además de considerarme poco útil (salvo en atender a mis alumnos virtualmente), a la vez sé que soy un privilegiado. Mi privilegio es máximo: el confinamiento significa tiempo generoso para hacer todo lo que más me gusta, me serena y me reconcilia conmigo mismo. Leer, hablar aunque sea a distancia, y, sobre todo, escribir.

    Por eso, si se me admitiese la sugerencia, recomendaría la misma terapia a quien quiera leerme. En especial, la propuesta es muy sencilla: leer (y no digamos escuchar la música que más nos inspire). Literapia y musicoterapia. La primera de estas dos triacas la suelo buscar, por supuesto, en muchos libros y muchos autores. Pero hay uno infalible, Miguel de Cervantes. El Quijote, y en general todas sus novelas largas y cortas,son, además de narraciones fascinantes, auténticos compendios sapienciales, lo mismo que Harold Bloom proclamaba a los cuatro vientos a propósito de Shakespeare.

    Ábrase al azar, por caso, El Quijote y en cualquiera de sus páginas encontrarás una máxima, una explicación o un consejo perfectamente válido para ti en tus circunstancias particulares. Y como muestra, dos botones, esta vez tomados del Persiles. "Las desgracias y trabajos cuando se comunican suelen aliviarse". Pero también nos dice aquel fracasado genial que fue el manco de Lepanto: "En los grandes peligros la poca esperanza de vencerlos saca del ánimo desesperadas fuerzas".

    Exdirector de la Real Academia Española

    26 mar 2020 / 00:00
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