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Falsos y auténticos ídolos

    ¿DE dónde procede la inquina de algunos hacia el rico magnánimo, hacia el empresario benefactor, hacia el millonario filantrópico? La explicación no es fácil y quizá haya que sondearla en viejas religiones ideológicas cuyo culto ha decaído pero que mantienen en pié sus obsesiones. El caso es que para ese tipo de creencias, si todo tipo de riqueza es sospechosa, lo es todavía más aquella solidaria debido a que no encaja en el estereotipo de plutócrata avaricioso que acumula dinero sin preocuparse de los demás. Quién sabe si un Amancio Ortega sin donaciones, fundaciones, becas o aviones fletados con material asistencial, sería menos criticable para las nuevas inquisiciones de hoy en día.

    Lo sorprendente es que esas opiniones tan anacrónicas no residen en sectores marginales como puede ocurrir en muchos otros países, sino que están en una parte del Gobierno. Fuera de aquí, excluyendo ambientes caribeños, causaría asombro que todo un vicepresidente haya centrado parte de su campaña electoral en atacar al primer empresario y a la primera banquera del país, pero así ha sido. Ni siquiera lo disuade el hecho de que alguien como el creador de Inditex tenga orígenes humildes y que su gesta empresarial se base en la tenacidad y no en una riqueza de cuna.

    Ocurre que la pandemia pone en evidencia a los ídolos de barro y reivindica a los auténticos. Poco queda de aquellas palabras resueltas del vicepresidente social por excelencia sobre las residencias de mayores. Su pomposo escudo es tan invisible como los test del timo, los respiradores que se quedan en Turquía en venganza por lo de Lepanto, o las mascarillas que antes eran prescindibles y ahora se convierten en esenciales. Y aparte del rojo intenso del atuendo que exhibió para la ocasión, la ministra sólo aportó un número de prestidigitación con las cifras de paro.

    Mientras vicepresidentes y ministros de uno y otro lado del Gobierno juegan al Pasapalabra en comparecencias que parecen concursos para ganar un premio, los denostados empresarios suplen las carencias del Estado. La empresa privada y el ejército, las dos bestias negras del populismo, son lo que mejor funciona en la crisis y lo hacen además sin la verborrea propia de los que sólo se envuelven en la bandera de lo social para después mostrar su torpeza en las acciones concretas.

    Fue el Moisés bíblico el que se alzó contra los falsos ídolos a los que adoraba el pueblo elegido; es el virus el que está poniendo en evidencia las falsas idolatrías de nuestro tiempo. Sin aspavientos ni ruedas de prensa de autobombo, sin buscar ningún tipo de reconocimiento, sin lucir ninguna medalla a la solidaridad ni condecoración, personas como Amancio Ortega reafirman que obras son amores. La prosperidad de los últimos años no se explica sin ellos y la ardua tarea de recuperación que nos aguarda sería imposible sin ellos. El Estado no puede sustituirlos en lo económico ni tampoco, por lo que se ve, en lo social y a pesar de ello persiste un rencor dificil de explicar si no es remontándonos a viejas supersticiones ideológicas. Pocas dudas quedan de quiénes son los ídolos de verdad.

    05 abr 2020 / 00:00
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