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{ LOS OTROS DÍAS }

Hoy entra el otoño

    HOY entra el otoño, una vez más. La hiedra que cubre parte del muro que vela la entrada de esta casa ya se tiñó de rojo. Lo hace todos los años, desde hace más de veinte, de forma inesperada y modo que siempre me sorprende; luego va perdiendo las hojas hasta aparecer esquelética y desnuda, como unas garras que se asiesen a las piedras del modo en que todos los seres vivos suelen aferrarse a la vida. Ya sé que no es lo mismo y que ni siquiera valdría recurrir al simil del náufrago y la tabla. La hiedra es otra cosa, otra forma vida.

    En primavera, la hiedra empezará a velar sus sarmentosas, sus leñosas articulaciones con hojas verdes y brillantes que irán creciendo hasta ocultar la piedra y yo me habituaré a ellas. Me habituaré tanto que llegaré a ignorarlas hasta que, llegados estos días, de repente, se me ofrezcan bermellonas y fulgentes como las viñas que bajan hasta el Sil, todo a lo largo de la Ribeira Sacra. Volverán a sorprenderme, siempre lo hacen. Sabré que es menos lo que me queda que lo que ya llevo andado de trecho de vida gracias a la señal en rojo que se me ofrece desde el muro de entrada de mi propia casa. Y volveré a soñar ya con la primavera.

    Sin embargo amo el otoño, su luz, la diafanidad con que la atmósfera suele vestirse en las que han de ser, también, breves semanas; me gusta la sensación de plenitud y sosiego que invade los campos, antaño cultivados con esmero, hoy dejados de la mano del hombre y lamento tener que pensar que también de la de Dios. Tal es el disparate que contemplo. Si bien se piensa hemos abandonado las casas para habitar en nichos, discúlpenme el recuerdo que esta palabra provoca. Pero así es. Se me dirá que mejor se vive en esos "nichos" que en las casas antiguas, más higiénica y salubremente, más cómoda y dignamente. Y yo no lo negaré. Pero osaré preguntarme si no hubiera sido mejor que en vez de tener que haber ido a buscar esas condiciones en las ciudades se hubiesen trasladado estas a las aldeas convirtiéndolas en sanas y habitables, dignificando el cultivo de los campos. Eso es lo que está sucediendo ahora. Váyanse por donde se abermellonan las viñas y comprueben que así se está llevando a cabo... por cantidad de extranjeros que han decidido venir aquí a finalizar sus días porque aquí hallan esa extraña paz que nosotros tanto y tantas veces añoramos.

    Hoy entra el otoño y sé que ya me van quedando menos. A lo largo de los años la vida ha dado muchas vueltas y demasiados tumbos. No hay que desesperar de que aún pueda dar un par ellos que permitan recuperar el tiempo que hemos estragado y que, poco a poco, empecemos a llevar al campo las comodidades y los conocimientos que nos ha proporcionado la ciudad de modo que podamos aprovechar en él todo aquello de lo que la ciudad nos ha privado. Desde la plenitud del cultivo de la tierra, hasta esa armonía que, si se cita, puede provocar que te llamen cursi. Entonces las ciudades serían lugares de trabajo, refugios de turistas e inmerecido castigo de gentes que se perderían hermosas realidades. Ya lo están siendo.

    Escritor, Premio Nadal

    y Nacional de Literatura

    21 sep 2011 / 00:00
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