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LOS REYES DEL MANDO

Llama un poeta

    Con la epidemia, incluso hemos recuperado las llamadas telefónicas. Hay muchas cosas que reaparecen, por encima del oleaje. Llegan como troncos a la deriva, o como botellas que un día lanzamos al mar, en otra vida. Cuando éramos reyes.

    Abundan los mensajes escritos, es cierto, y también está ese cruce de memes, una granizada en realidad, alimentada por la reclusión y el ansia de contacto, aunque sea a base de humoradas creadas quién sabe dónde. El humor siempre nos salva. Pero a veces llegan llamadas de voz, como anoche la de Paddy Bushe, preocupado por lo que escucha en los informativos desde Irlanda. Hace casi quince años que conocí a Paddy, del que he hablado aquí algunas veces, y con el tiempo he aprendido a conocer también su territorio (junto a unos cuantos colegas), allá en el condado de Kerry, donde dice la leyenda que llegó Amergin, desde las costas de Galicia, para lanzar su famosa invocación y romper el maleficio, y la barrera de las nueve olas.

    Paddy llama: puedo adivinar su gesto preocupado. Las cifras de contagios y de muertes en España le alarman, pero cree que en Irlanda la epidemia está en una fase anterior, como en otros lugares de Europa, y no sabe qué ocurrirá en las próximas semanas. Sólo llama para escuchar la voz. Las llamadas han vuelto porque queremos escuchar las voces de los otros. Me dice que el confinamiento también ha llegado al norte, y a pesar de vivir en una isla y de estar en un pueblo pequeño al borde del océano, a los que tienen ya una cierta edad les han pedido que no crucen la puerta de la casa. Pero Paddy y Fiona viven casi sobre los arrecifes, la casa mira al lugar donde llegó Amergin, y en esa mágica conexión mítica encuentran un alivio para el encierro.

    En la llamada se advierte el asombro y la preocupación. Les asombra, como nos asombra a todos, con qué facilidad nuestras pequeñas vidas se pueden convertir en un territorio de sombras. “¿Estás escribiendo?”, le pregunto. Me dice que apenas puede, que es difícil concentrarse. Aún así me envía dos de sus últimos poemas, por supuesto inéditos. Son también parte del alivio personal, la consolación por la literatura. Así conjuraban el terror los poetas de la antigüedad. Así lo hizo Amergin. Es el fruto de contemplar, como dice en uno de los versos, el aislamiento.

    Su hijo vive cerca, les deja las bolsas de la compra en la puerta. Frente a la ventana, el Atlántico ofrece una libertad y una grandeza en la que ahora mismo resulta difícil creer. Un paisaje, como el nuestro, que invita a una alegría ahora confinada. Hay una ternura grande en la voz del poeta, un sentimiento de extrañeza y de compasión mutua, la compasión por el dolor colectivo. Sólo queremos escuchar las voces de los otros, porque la voz es lo más táctil, lo más real, lo más físico que podemos acercar a nuestro cuerpo. Escribe Paddy: “Pienso en nuestro hijo, cuya casa, en la pequeña / península al otro lado de la bahía, puedo distinguir. / Él es quien deja la comida, las noticias y el consuelo / en la puerta de nuestro confinamiento. / (…) Nos sonríe, nos saluda. Medio bromeando / totalmente agradecido a este semi-aislamiento, / acuño y ofrezco una nueva palabra: ‘peninsulados’. Y viviremos con eso”.

    31 mar 2020 / 00:00
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