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Amenaza en la FOSA ATLÁNTICA

Odisea en el mar

Nadie, desde hace décadas, realiza ningún tipo de seguimiento del cementerio nuclear de la Fosa Atlántica, ubicado a 700 kilómetros de nuestra costa. En 1982, gracias a dos pesqueros gallegos que cooperaron con Greenpeace, el planeta tuvo noticias de la existencia de aquel peligroso cementerio incontrolado.

En el verano de 1982, a caballo de los meses de julio y agosto, el planeta tuvo conocimiento de que a poco más de trescientas millas de la costa de Galicia se hallaba un cementerio nuclear de grandes dimensiones. Veinticinco años después, a finales de junio de 2007, expertos de la Organización Marítima Internacional (OMI), reconocían en Santiago de Compostela que nadie, ningún gobierno de la Unión Europea, mucho menos el Gobierno central de España, había realizado jamás una inspección mínimamente seria de aquel cementerio: "Los vertidos radiactivos depositados en la Fosa Atlántica", confesó el secretario de la OMI, René Coenen, "no son objeto de un seguimiento sistemático y regular".

La historia de esta denuncia jamás atendida comenzó durante aquel verano del 82, cuando la organización ecologista Greenpeace lanzó una señal de alarma: del puerto militar holandés de Den Helder acababa de zarpar el buque Scheldeborg, con tres mil toneladas de basura atómica a bordo. Y se disponía a arrojarlas con absoluta impunidad a aquel mostruoso cementerio marino que ya había sido utilizado en otras ocasiones por otros países para abandonar allí buena parte de los más peligrosos residuos de sus industrias nucleares.Greenpeace envió a uno de sus barcos a la zona, el

Sirius, que enseguida fue secundado por dos pequeños barcos pesqueros de Galicia: el Arousa I y el Pleamar, fletados por varios ayuntamientos costeros que vieron en aquella operación una amenaza real contra la salud de sus propias costas a largo plazo.

Había que ver al humilde Pleamar y, sobre todo, al renqueante Arousa I, surcando a duras penas las aguas del océano con sus proas enfiladas hacia la Fosa Atlántica: apenas treinta metros de eslora, trescientas toneladas y más de veinte años de edad, pero suficiente para que la protesta de su tripulación lograse el eco de los principales medios de comunicación de Europa y América.

 

Los marineros del holandés Scheldeborg, entre otras cosas, cobraban los salarios más altos de toda la flota de la UE, por una sencilla razón: el altísimo riesgo de su cometido, al tener que manipular una mercancía extremadamente inestable y peligrosa. Sus tres mil toneladas de basura atómica iban a reunirse, según informó Greenpeace, a las casi noventa mil toneladas que ya habían sido arrojadas allí desde 1975, año en que la Administración española aceptó las propuestas de la Convención de Londres, celebrada en 1972, que permitía que los países de la antigua CEE (Comunidad Económica Europea) enviasen regularmente a la Fosa Atlántica los residuos que sus respectivos gobiernos no aceptaban en casa.

 

Aquella fosa era una inmensa hendidura en el océano Atlántico, situada justo enfrente del litoral de Galicia, el lugar idóneo, se decía en Ámsterdan y Bruselas, para depositar aquel mismo año de 1982 hasta doce mil toneladas que Bélgica, Holanda, Suiza e Inglaterra tenían a la espera en almacenes provisionales. España, por el contrario, jamás había utilizado aquel lugar, siguiendo los consejos de países como Estados Unidos o Canadá, que ya entonces habían optado por otros métodos, como el enterramiento de sus basuras nucleares en silos situados bajo tierra.En una de las informaciones que levantaron acta de aquella aventura, publicada en el semanario Cambio 16, se ponía de relieve que sólo había constancia de unas fotografías realizadas en los fondos marinos donde, en los años cincuenta, ya se habían realizado vertidos masivos. Según aquella información, las fotografías sugerían que podría haber cerca de quince mil bidones que no estaban en perfectas condiciones de almacenamiento y que, a la altura de los años ochenta, podrían haber reventado bajo las aguas.

Cuando René Coenen, de la OMI, admitió que nadie realiza un seguimiento de todo aquello, el senador nacionalista Francisco Jorquera preparó una pregunta al Gobierno central, dirigida a las ministras de Fomento y de Medio Ambiente, para saber si Madrid estaba al tanto del asunto. De momento, el Ejecutivo no sabe/no contesta. Y es probable que continúen realizándose aquellos vertidos, a pesar de la creciente normativa de la UE para impedir que aquella cloaca nuclear siga creciendo impunemente. La más reciente es una directiva por la que Bruselas prohíbe expresamente a los buques de sus países miembros que sigan "exportando" sus residuos tóxicos a terceros países, en su mayoría en vías de desarrollo o sencillamente subdesarrollados, incapaces de rechazar una compensación económica, venga de donde venga.

Lodos, líquidos, cenizas y aparatos en desuso
La mayor parte de los residuos almacenados en la Fosa Atlántica son de baja actividad, diferentes y menos peligrosos que los de alta actividad que proceden de los reactores nucleares. Se trata de aparatos en desuso, líquidos, lodos o cenizas que fueron sometidos a radiación. Para su vertido se guardan en pequeños depósitos recubiertos por plástico de seguridad, hormigón o asfalto que, a su vez, va dentro de un bidón de acero cuyo grosos depende del grado de actividad del residuo encerrado en su interior. Se calcula que hacen falta al menos trescientos años para que esos residuos dejen de ser nocivos para el ecosistema. Por todo ello, si es cierto que –como denunció Greenpeace hace ya veinticinco años– numerosos bidones sufrieron roturas, en la base de la Fosa Atlántica duerme un auténtico dragón cuyos vómitos pueden estar infectando amplias zonas del océano frente a las costas de Galicia. Sin embargo, al no haber ningún tipo de seguimiento de la realidad, nada se sabe sobre esa eventualidad. Hasta que los ecologistas denunciaron la presencia de ese cementerio, la opinión pública ignoraba todo en torno a este asunto. Después de la odisea de 1982, el silencio ha vuelto a imponerse aunque existen sospechas razonables sobre la posibilidad de que buques de la Unión Europea sigan vertiendo allí deshechos nucleares al margen de las normativas comunitarias. La duda persiste.

Corrientes marinas que alcanzan las rías
“La eliminación de la basura nuclear”, escribían Ricardo Herren y Silvia Llopis en Cambio 16 en pleno verano de 1982, “es el problema que más quebraderos de cabeza causa a los asesores científicos de los países nuclearizados”. Y para algunos, como se comprobó al hacerse pública la presencia del cementerio de la Fosa Atlántica, arrojar los bidones de los residuos en profundas simas marinas, era la manera más segura de alejar el peligro. Alejarlo, sí, pero los riesgos no se conjuraban: aquella opción era el equivalente a meter la cabeza debajo del ala. Los oceanógrafos indicaron hace ya un cuarto de siglo que la zona en que se encuentra la Fosa Atlántica está en un área que recorren a diario poderosas corrientes marinas que a menudo se mueven en di­rección a las rías de Galicia. Uno de los dirigentes de Greenpeace a comienzos de los años ochenta era Remy Parmentier, francés, que solía estar con mucha frecuencia en nuestra tierra: “Si los países que arrojan esos residuos a la Fosa Atlántica no los consideran peligrosos, ¿por qué no los xechan cerca de sus costas en vez de hacerlo cerca de Galicia?” Aquella pregunta jamás recibió una respuesta adecuada. Y la polémica desatada aquellos días de los años ochenta ha vuelto a cobrar una cierta vigencia a mediados de junio, a raíz de la reunión que expertos de la Organización Marítima Internacional celebraron en Santiago de Compostela.

Y así ganó Greenpeace la batalla informativa
Algún tiempo después, un pequeño buque llamado Xurelo repitió la gesta. Pero en aquella ocasión, la admiración del emergente movimiento ecologista gallego se la llevaron el Pleamar y el Arousa I, fletados gracias al apoyo de varios ayuntamientos. A pesar de su modestia, acudieron en apoyo del Sirius de Greenpeace y se ganaron la simpatía de la opinión pública, sobre todo el Arousa I, tal vez por las vicisitudes que vivió durante su travesía hacia la Fosa Atlántica: con una velocidad que apenas superaba los siete nudos, enseguida se quedó atrás. Los esfuerzos de su patrón para tratar de sacarle el mayor rendimiento posible a la máquina y dar alcance a los otros buques, fueron inútiles: el motor se averió y su tripulación se vio obligada a pasar una noche en solitario, con el único amparo de las estrellas. El Sirius y el Pleamar fueron en su busca en cuanto amaneció, pero los ecologistas de Greenpeace decidieron que –si querían alcanzar su objetivo a tiempo– los pesqueros gallegos regresasen a casa en cuanto el motor del Arousa I estuviese reparado. Así fue como el Sirius pudo intentar el abordaje del barco holandés Scheldeborg y molestarle lo suficiente como para que las imágenes de sus zodiac entorpeciendo el vertido de los bidones radiactivos recorriese las cadenas de televisión de todo el mundo. El aldabonazo había sido dado y, a pesar del fracaso, Greenpeace consiguió ganar la batalla informativa.

27 jul 2007 / 21:07
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