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LEÑA AL MONO QUE ES DE GOMA

Olor a limpio en el Cottolengo

    HACE ya muchos años, este menda tuvo que ir al Cottolengo de Santiago a hacer un reportaje sobre cómo viven las mujeres allí ingresadas y las personas que las atienden, unas pocas religiosas con una voluntad de hierro que se pasan todo el año al pie del cañón y bastantes voluntarias que hacen un poco de todo para mantener el barco a flote con dignidad, desde coser a dar de comer a las enfermas.

    Muchas imágenes de la visita no las ha olvidado desde entonces. Una señora de más de ochenta años abrazada a un oso de peluche; dos monjas de apenas 1,50 de estatura llevando del brazo, con una habilidad increíble, a una interna de cuerpo grueso y sin apenas movilidad; decenas de camas cubiertas con unas sábanas tan blancas que parecían estar recién encaladas, muchos abuelas sentadas en sillas de ruedas frente a una colaborada que intentaba entretenerlas, algunas internas de mucha edad paseando con los ojos perdidos… En cuanto a la limpieza, todas las estancias olían a hospital recién desinfectado y parecían haber sido fregadas con los detergentes más potentes.

    Quienes con tanta ligereza critican la labor que realiza la Iglesia con los más desfavorecidos, por lo general personas que se creen más progres si dan caña a todo lo que huele a cristianismo, deberían darse un vueltecilla por el Cottolengo, o por cualquier otra institución religiosa dedicada al servicio de los menos pudientes, para saber de lo que hablan. A lo mejor se les quitaba de golpe tanta prepotencia y tanta inquina injusta contra quienes, como las denominadas Servidoras de Jesús, se dedican a cuidar y a querer a miles de personas sin recursos que, si no fuese por estas instituciones, estarían viviendo auténticas penalidades por ser pobres, estar enfermas y no poder ni apenas moverse.

    Allí, en cambio, no solo reciben todo tipo de cuidados asistenciales, sino que conviven en un auténtico ambiente familiar que no se respira, seguro, ni en muchas residencias privadas o concertadas que cuestan un dineral y que en ocasiones son simples hoteles exclusivos para clientes que peinan canas.

    El funcionamiento del Cottolengo, en suma, no admite reproche alguno y sí, en cambio, miles de reconocimientos, como el que recibió por parte de EL CORREO en 2006 al entregar a la institución uno de los premios Gallegos del Año durante una gala especialmente emocionante por todo lo que representan las monjas que se dedican a cuidar a quines nadie cuida. Todo ello bajo el único amparo de la providencia divina, concepto en el que confían al cien por cien los creyentes de verdad. Eso quiere decir que no piden jamás donativos o ayudas y confían en que Dios les haga llegar lo que necesitan a través de las personas que colaboran desinteresadamente con los centros de caridad. Así llevan funcionando desde hace un porrón de años y lo cierto es que, más pronto o más tarde, siempre les llegan los alimentos quenecesitan para sobrevivir.

    En cuanto a cómo funcionan algunas residencias de mayores en las que la caprichosa providencia divina se cambia por una jugosa renta mensual de carácter fijo, mejor es no entrar mucho en detalle, porque varias noticias publicadas al respecto durante los últimos días deberían avergonzar hasta laextenuación a las administraciones públicas responsables de haber repartido licencias sin ton ni son para ejercer una actividad empresarial tan sensible. Todo indica que la profesionalidad ha brillado por su ausencia en la gestión de bastantes de estas residencias y que se ha dejado el cuidado de los mayores ingresados en manos segu-ramente no muy expertas. De lo contrario, parece muy difícil explicar que la voz de alarma saltase tan tarde, cuando decenas de ingresados habían cogido ya el virus y los fallecimientos se multiplicaban por doquier.

    Alguien deberá explicar algún día, tanto por parte de los propios asilos afectados como de los poderes públicos, cómo se pudieron registrar decenas de muertes en algunos complejos que en teoría cumplían con todos los requisitos para dedicarse a este menester y que deberían estar vigilados al milímetro. Ese control ha fallado estrepitosamente y nadie debería irse de rositas tras verse salpicado por unos sucesos tan indignantes, aunque está muy claro que existe un deseo muy urgente de echar muchas cortinas de humo por parte de las administraciones responsables. Y quizá logren su objetivo si el Ministerio Fiscal se olvida del tema, o no le da suficiente importancia, cuando todo vuelva a la normalidad y nadie se acuerde ya, entre brindis en restaurantes y viajes compulsivos, de los numerosos abuelos que palmaron en soledad porque todos los controles fallaron de una forma estrepitosa.

    Ahora solo falta que Pablo Iglesias, vicepresidente de asuntos sociales, vuelva a salir en la tele contando milongas sobre lo rápido y lo bien que ha actuado el Gobierno en este tema tan sensible. O cualquier otro mandamás de la Comunidad de Madrid alegando que las tragedias se registraron en residencias privadas, como si los poderes públicos no tuviesen responsabilidad alguna en lo que se cuece en un ámbito que jamás debería escapar del control gubernamental. Mejor es que se callen. Están mucho más guapos. Por decir algo.

    29 mar 2020 / 00:00
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