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Otra vez Cataluña, y van...

    CONSTRUIR un gran edificio lleva su tiempo, años; destruirlo, echarlo abajo, es cuestión de segundos. Construir es laborioso, complicado, difícil; destruir es fácil, se hace en un instante. Todo lo más que deja una destrucción es un montón de escombros y una nube de polvo que oculta la realidad de lo que fue y ya no es. Algo parecido sucede en la vida política. El Estado español –como tal– es uno de los más antiguos del mundo, construido sobre los cimientos políticos de la época: el matrimonio de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. Pues ahora, después de siglos de constante evolución para conseguir su consolidación, en un delirio romántico-nacionalista, se pretende destruirlo y hacerlo pedazos, más como expresión estética de un sentimiento que como respuesta a la demanda del bien común. Cuando los fenómenos sociales se globalizan y si Wall Street estornuda el mundo financiero se constipa y en Bruselas la economía europea coge una pulmonía; cuando los derechos de la persona humana se universalizan, perece fuera de lugar –y del tiempo– que aquí, en España, nos empeñemos en retroceder a la Edad Media.

    Nos referimos concretamente al problema de Cataluña, que unos quisiéramos ver resuelto de una vez por todas, tajantemente, sin oscuros trapicheos ni concesiones estériles; y otros prefieren darle largas, negociarlo, y que sea el tiempo el que se encargue de diluir su virulencia hasta que muera por inanición..., aunque con el peligro de que pueda resucitar en el momento más inoportuno, como sucede en estos días, en los que la Generalitat se ha inventado –para el 27 de septiembre– un adelanto electoral independentista. ¡Otra vez! y van tres golpes a las urnas en cuatro años con el mismo motivo. Es posible que quien tiene la responsabilidad de enfrentarse actualmente con el problema tenga elementos de juicio que aconsejen la segunda vía, pero –con mucha inocencia– nos preguntamos: ¿y para qué está el artículo 155 de la Constitución? Ya nos lo hemos preguntado más de una vez, sin que hayamos encontrado una respuesta concluyente y convincente. Cierto es que la moderación imprime carácter y está en la idiosincrasia del centro-derecha; pero hay cuestiones en que ser radial no es pecado político, en especial si está en juego la propia existencia de la Nación.

    Viene aquí como anillo al dedo la anécdota de los tres canteros que labraban la piedra para construir un gran edificio. Cuando se le preguntó a uno qué es lo que hacía, respondió que trabajaba como un animal para ganarse el pan de cada día; otro contestó que picaba la piedra de Sol a Sol para poder sostener a su familia, y un tercero, sin disimular su orgullo, respondió: "¿no lo ve?, construyó una catedral": a lo largo de los siglos, los españoles, entre luces y sombras, hemos sabido construir una catedral, ese gran edificio –el Estado español– en que cabemos todos, sin distinción de raza, credo, pensamiento o condición; en su día, levantamos un imperio y nuestras Leyes de Indias y la Escuela de Salamanca constituyeron el antecedente más sólido del Derecho internacional, y, ya más cerca, la Constitución de 1812, la Pepa, consagró un Estado democrático novedoso para su época. Tratar, pues, de romper y esnaquizar lo que a lo largo de la Historia se construyó con el esfuerzo de todos y el talento de cada uno, es, además de una estupidez y una insensatez, un atentado a los intereses generales de la Nación y una agresión al bien común de los españoles. No permitamos que nos destruyan la catedral.

    Abogado

    17 ene 2015 / 00:00
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