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Poesía y naturaleza

    LA naturaleza que tanto alabamos y debemos proteger produce monstruos mucho más terribles que los que genera la razón cuando se encabrita y nos traiciona. La naturaleza es así. Nosotros somos así. Menos mal que un sueño mata a otro sueño y que, aunque no siempre suceda de tal modo, una esperanza sucede a una desilusión y nos ayuda a que nos elevemos por encima de nosotros mismos, de nuestra propia condición.

    ¿Cómo poner orden en el desbarajuste existente entre lo que debemos conservar de la naturaleza y aquello que, a pesar de que sea objeto de discusión, es deseablemente eliminable? Un temporal corrido en medio de un mar embravecido es hermoso, sentir como el barco obedece a tus impulsos y no se doblega a lo que la naturaleza ha desatado, ajena por completo a ningún deseo de someterte, desatada y terrible, produce una sensación que solo los que han vivido esas circunstancias pudieran entender si quien escribe tuviera las palabras justas para poder explicarlo.

    Es de suponer que por eso y no por otra cosa se habla del arte de navegar, del arte de escribir, haciéndonos sospechar así, por una parte, que la naturaleza revela una absoluta falta de propósitos en lo que podremos denominar sus acciones y el arte el ingenuo afán de otorgarle el lugar que le corresponde o, en definitiva, de dominarla de una bendita vez sometiéndola a nuestros designios. Hace unos días, María Almodóvar entrevistó a Francisco Puy Muñoz, humanista, entusiasta de la naturaleza y gran buscador de la palabra exacta, por decirlo con las mismas palabras que ella empleó para recordarnos quien es este catedrático de Filosofía del Derecho devenido en poeta a la altura de sus ochenta años; de poeta buscador de la palabra exacta que por ello ha recurrido a los haikus, a esos pequeños poemas de tres versos de muy pocas sílabas cada uno de ellos, para expresar la admiración que le produce el mundo, que le causa la naturaleza.

    Aún no he leído el libro que contiene los ciento diecisiete poemas que lo componen. Haikus de Guillamonde es su título. Prometo hacerlo. De momento me llega con su afirmación de que, en la cúspide de su personal pirámide de valores se encuentra la estética, decisión última que le lleva a anteponer la belleza al orden. Le creo.

    Es el arte, la búsqueda de la belleza, del equilibrio y de cierta armonía necesaria, lo que nos lleva a intentar mantener intactos esos breves momentos de iluminación resumiéndolos en un verso, acopiándolos en un poema, reteniéndolos en un cuadro o en una larga frase musical para que el arte nos ponga a salvo de nuestros propios monstruos y la esperanza en lo indefinible que creíamos perdida nos sobreviva incluso a nosotros mismos. Al final es la razón la que nos salva de los monstruos que la naturaleza crea y por eso la poesía es salvífica y los poetas necesarios.

    Escritor, Premio Nadal

    y Nacional de Literatura

    19 ene 2016 / 21:57
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