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El sonido del silencio

¿Puede un diputado ser imbécil?

    ¿PUEDE UN DIPUTADO SER imbécil, un sacerdote pederasta, un policía ladrón, o un abogado gánster? No deberían serlo, pero desgraciadamente a veces sabemos que es así. Lo que pasa en todos los casos, menos en el del diputado, es que existen leyes e instituciones que tienen la misión de frenar esos abusos e imponer penas y castigos. En el caso del diputado no es así porque la imbecilidad es un arte, o quizás ya una ciencia, que se ampara en la libertad de expresión y para sus señorías se cubre con el manto de la inmunidad parlamentaria, necesaria para que puedan expresarse con plena libertad en el ejercicio de sus competencias.

    SI UN ABUSO SE REPITE Y SE convierte en costumbre se lleva con él el prestigio de la institución en la que tiene lugar y que debería haberlo evitado. Por eso es esencial poner cotas a la tolerancia con la violación de las normas. En la historia de la Iglesia sabemos que ya desde el Concilio de Elvira, el más antiguo conocido y que tuvo lugar en Hispania, se castigó la práctica de la pederastia en los conventos. Sin embargo, con diferente intensidad, se siguió dando a lo largo de la historia porque los abades y obispos en muchas ocasiones miraron para otro lado. Mientras todo se mantuvo oculto fue un secreto conocido por pocos y fácilmente negable por parte de las autoridades. El problema es que si en un determinado momento, como ahora, sale de repente a la luz el prestigio de una institución puede verse seriamente comprometido. Y se puede pasar a decir que “todos los sacerdotes siempre fueron pederastas”, lo que evidentemente no es cierto.

    DE LA MISMA MANERA EL HECHO DE QUE HAYA policías corruptos y abogados que colaboran con criminales no permite sostener que la jurisprudencia no es más que la rama erudita de la delincuencia, o algo así. Naturalmente que no, pero cuando la corrupción policial alcanza niveles como los de algunos países su-damericanos no cabe duda de que la justicia puede entrar en una seria crisis de credibilidad, si no se toman medidas tajantes para atajar el problema. Si es que se puede hacer.

    LAS LEYES PUEDEN ESTAR bien o mal hechas, pero también es verdad que se pueden cumplir, o no, en cualquier caso, y del incumplimiento deriva la idea de que hay que cambiarlas de raíz o que todo el sistema legal y político es corrupto y hay que acabar con él. Esto es lo que pensaron y sintieron los revolucionarios, cuya indignación muchas veces estaba justificada, aunque no lo estaban todos los medios que luego aplicaron para corregir las injusticias. Si las leyes son correctas en lo esencial no se puede decir que las instituciones sean corruptas globalmente. Las corruptas son las personas, y sus corrupciones deben salir a la luz y ser perseguidas y castigadas.
    Pero, ¿qué se puede hacer con un imbécil? Primero hacer constar en público que lo es. Pero eso no tiene mayor transcendencia, porque va de suyo en la naturaleza del imbécil que no sabe que lo es, y por eso no tiene propósito alguno de enmendar su falta de conocimientos, ni de mejorar su escasa inteligencia. Además, siempre puede contestarle a su interlocutor “tú más”, dando lugar a un bucle de imbecilidades mutuas que puede acabar en las manos o en el agotamiento.

    EL EJERCICIO DEL ARTE DE LA imbecilidad puede desarrollarse en diferentes niveles: públicos y privados y ejercerse en las categorías de aficionado y profesional. El imbécil privado y aficionado ejerce el oficio como buenamente puede, o como Dios le da a entender, puesto que la falta técnica. Por el contrario, el imbécil de oficio lo hace de modo metódico y sistemático, porque es plenamente inconsciente de todos los errores verbales y conceptuales que comete, y de su escasos modales y habilidades sociales. La imbecilidad profesional se practica por esa razón con total aplomo, y con una seguridad y confianza en uno mismo que permite al imbécil no darse nunca cuenta de que lo hace y dice es todo lo contrario de lo que él cree que está diciendo y haciendo.
    Si el ejercicio de la autoridad y de la imbecilidad se unen, entonces surge un gran problema, porque la imbecilidad deja ser inane, lo que está de acuerdo con su propia naturaleza, y se convierte en un peligro público. Un general imbécil no solo pierde la guerra, sino que lleva a la muerte y al desastre a su ejército y su país. Un banquero imbécil no solo lleva a la quiebra a su banco, sino que puede poner en peligro todo un sistema financiero. Un médico imbécil puede causar la muerte y la desgracia de cientos de enfermos y los profesores imbéciles pueden crear una sociedad igualmente imbécil y arruinar el futuro de una generación y un país.

    EL PROBLEMA ES QUE LA IMBECILIDAD no es ilegal. Es más, casi se reivindica el derecho a ser imbécil, confundiendo la imbecilidad con la libertad de expresión. La imbecilidad no puede ser un derecho, en contra de lo que se piensa, porque no se puede crear una república de imbéciles. Los imbéciles no pueden crear un consenso social porque para ello necesitarían poder darse cuenta de que deberían respetar la imbecilidad del prójimo. Y, como si se respeta la opinión del otro, sopesándola con la propia, uno ya deja de ser imbécil y comienza a razonar, podemos concluir entonces que una democracia de imbéciles sería una contradicción en los términos. Y es que un conjunto de imbéciles, que coloquialmente también es denominado como una “pandilla de borregos”, es un grupo totalitario guiado por un mega imbécil, o líder, y no una república, porque es propio de la naturaleza de las repúblicas y cuerpos políticos basarse en la razón, el diálogo, y en el respeto a los derechos de las personas y a la dura realidad de los hechos de todo tipo: económicos, sociales, políticos y militares, que condicionan el futuro de la gente corriente, de la mayoría.

    ¿QUÉ PASA, COMO PARECE que está ocurriendo ahora, cuando en un país, llámesele como se quiera, la gente corriente tiene la sensación de que la vida pública parece cada vez más un bochornoso espectáculo en el que los imbéciles parecen querer ocupar el primer plano y conseguir a la vez tomar a todo el mundo por imbécil? Pues que nuestro sistema político cada vez se desacredita más. Y eso ni lo merece el sistema, ni mucho menos se lo merecen todos los que lo mantienen con su trabajo y su esfuerzo, y que son aquellos a cuyo servicio está destinado.

    ¿DÓNDE PODEMOS VER ESA imbecilidad? Pues en el nivel lamentable de los debates parlamentarios, en la pobreza de lenguaje de sus señorías, que al ser señorías son por igual hombres que mujeres, ya que los señoríos y las señorías son dos cosas radicalmente diferentes; en la desfachatez de los políticos de muchos partidos para defender una causa y luego la contraria, para decir en el gobierno lo contrario que decían en la oposición; en su oportunismo, que acaba convirtiendo las causas justas en lemas publicitarios y poses para las fotos; en la falta de dignidad, que hace que todo se subordine a los intereses electorales más mezquinos y oportunistas; en la burla que lleva a defender los intereses privados más mezquinos, y a veces hasta los vicios más inconfesables, con pancartas y banderas de las nobles causas comunes de los desfavorecidos, como las causas feministas o las de la pobreza y la violencia; y en la más absoluta prepotencia de aquellos que se creen impunes y que creen que pueden vivir más allá del bien y del mal, haciendo, por ejemplo, gastos con tarjetas de dinero público en todo aquello que define la vida y el gusto de los machos más horteras en comida, vestido, viviendas, viajes, coches y consumo ostensible.

    SI QUIENES HACEN ESTO, Y LO llevan haciendo muchos años, creen que pueden quedar impunes y defender sus conductas con sus lamentables razonamientos y su ridícula retórica, con sus apelaciones a los sentimientos más profundos de la gente y a las ideas más cargadas de contenido emotivo, como las de pueblo y nación, unas veces, y la de la seguridad y la estabilidad económica otras, se creen que no se les nota lo que hacen y lo que son, es porque son imbéciles, y como tales al final caerán, porque es propio de la imbecilidad trabajar en su propio prejuicio.

    QUIENES CREEN EN EL BIEN común, que son la mayoría, aquellos que tienen que ganarse su vida y la de sus familiares con su trabajo y que ven cada vez más comprometidos su seguridad y su futuro, deberían declararle la guerra moral, política e ideológica a la imbecilidad y a los imbéciles, entre los que vivimos y entre los que nos movemos. A esos imbéciles que nos han arrastrado a todos y que piensan seguir haciéndolo. Y es que los mayores enemigos de la democracia, o lo que es lo mismo, del derecho y las leyes, son aquellos que desprecian la razón y el pensamiento, y anteponen sus mezquinos intereses, creyendo que ni se les ve, ni se nota, porque son imbéciles.

    LOS IMBÉCILES ESTÁN POR TODAS PARTES. Búsquelos, obsérvelos y enséñeselos a sus vecinos en la medida de sus posibilidades y podrá contestar a la pregunta: ¿puede un diputado ser imbécil? Uno no, unos cuantos.

    *El autor es catedrático de Historia Antigua de la Universidade de Santiago

    20 oct 2018 / 20:48
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