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{ al otro lado }

Sin titubeos

    MARIANO Rajoy, que llegó a la política para quedarse, da la sensación, sin embargo, de que está de tránsito. Será difícil hacer una etopeya de su dedicación al servicio público. Todo son rincones escondidos, en los que la claridad no es su mérito. Rajoy, no lo dudamos, es un enamorado aristotélico del ser
    –en acto y en potencia– de España, pero sin brillo ni fulgor, sin poderío y sin ardor, más dado a la indecisión que al arrojo.

    España se enfrenta en estos momentos a un punto crucial de su historia: seguir siendo una Nación, con presencia y protagonismo en la órbita internacional, o dejar de ser. Estamos ante un hito verdaderamente esencial para España: o defendemos su unidad o dejamos de existir, divididos en tantos Estados de pitiminí como puedan impulsar los caciques territoriales de turno. Y no dramatizo. El secesionismo catalán –de prosperar– derrumbará la Monarquía, y con ella, la esencia misma de España como pueblo, país y Nación-Estado. No hay medias tintas. Por mimetismo, a la independencia de Cataluña le seguirá la descomposición territorial y el nacimiento de nuevas independencias. Y es triste que unos espíritus mezquinos y puñeteros sean capaces de poner en peligro nuestra presencia activa en el hacer político de la comunidad internacional y, así, defender con eficacia nuestros intereses para el mejor bienestar de todos, siempre en el marco del bien común.

    La encrucijada de Rajoy es dura y nada fácil. Más pronto que tarde, tendrá que enfrentarse con el problema catalán y coger el toro por los cuernos. ¿O no? Sería lamentable que pudiese en él su innata tendencia a ponerse de perfil; sería el desastre. Como dice García de Enterria, "No hay motivos para romper ahora el pacto social y político al que se llegó en 1978". Y aun añade: "la Unión Europea no va a aceptar las fragmentaciones", como pretenden en Cataluña. El catedrático Jorge de Esteban hace suyas las palabras de Enterría: "El artículo 155 de la Constitución está ahí, tiene que estar como defensa de toda la federación, porque la nuestra (se refiere al sistema autonómico) es una federación aunque no se llame así". Nadie puede atentar a los intereses generales de la Nación. El art. 155, que incorpora lo que en otros Estados federales se conoce como "coerción o ejecución federal" y que es fiel trasunto –en lo esencial– del art. 37 de la Ley Fundamental alemana, permite la intervención de una comunidad autónoma cuando se produce una agresión a la unidad nacional. Como dice el profesor Gómez Orfanel, "en ningún caso el principio de autonomía puede oponerse al de unidad, sino que es precisamente dentro de éste donde alcanza su verdadero sentido". Autonomía no es soberanía.

    Los nacionalistas deben saber de forma unívoca que su proyecto rupturista de la Nación española es inviable y que cualquier paso hacia la desmembración de Cataluña chocará con toda la fuerza disuasoria del Estado. A estas alturas de la cuestión, y dado el cerrilismo con que se manifiestan, abanderados por Artur Mas, pero realmente dirigidos por Oriol Junqueras, líder de Ezquerra Republicana de Cataluña, que apuesta por la independencia de los "Países Catalanes" para constituir la gran República de Cataluña, no es posible la indefinición en el Gobierno de la Nación. Hace falta la mano que coja con firmeza el timón del Estado, y esta mano en este momento no es otra que la de Mariano Rajoy. Esta es su responsabilidad histórica. Porque, no se engañe nadie, la teoría independista crece al ritmo con que se separa del sentido común, y ha llegado la hora de defender a España con decisión, sin titubeos ni remilgos ni zarandajas. Es la hora de la solidez institucional.

    Abogado

    23 oct 2013 / 00:00
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