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A BORDO

Un virus igualitario

    CUANDO España sufría otro tipo de virulencia llamada terrorismo un vicepresidente de la Generalitat, de cuyo nombre es mejor no acordarse, viajó a Perpignan para entrevistarse con los virus principales y proponerles un acuerdo. A cambio de no cometer atentados en Cataluña, obtendrían la gratitud y el reconocimiento del nacionalismo. Lo que hicieran fuera era cosa suya. Sólo se les pedía un salvoconducto que dejara al margen a la comunidad, mientras se continuaba atentando en territorios menos dignos de protección.

    Los sucesores de este hombre que quiso pactar con el diablo seguro que estarían dispuestos a hacer lo propio con el coronavirus si este accediera a negociar. A través de un sistema de comunicación que no alcanzamos a imaginar, Torra le propondría al bicho un adecuado reconocimiento institucional, si tenía la deferencia de respetar las fronteras catalanas y contagiar sólo a los españoles. A lo mejor ya lo intentó y no ha trascendido. Quién sabe si el covid-19 rechazó la propuesta, indignado porque alguien dude de su acrisolada imparcialidad.

    A fin de cuentas los virus y demás congéneres microscópicos tendrán todos los defectos que ustedes quieran, pero no son nacionalistas ni clasistas. Nos ven a todos por igual. Nos invaden sin pararse a pensar en la nacionalidad, el pensamiento político o el nivel de renta. Abolen fronteras sociales y geográficas, destruyen privilegios, no se casan con nadie. Con su trabajo ayudan a recordar algo que solemos olvidar que es la unidad esencial del género humano. Hay una solidaridad que se ha activado con la crisis a la que, sin embargo, se resisten ideologías que llevan sus manías a extremos tragicómicos que harán reír a carcajadas a los virus en sus reuniones de planificación.

    Del "España nos roba" se ha querido pasar al "España nos contagia". Aquella mezquindad fiscal ya fue convenientemente rebatida por expertos como Josep Borrell (¿por dónde anda?) que reiteraron que la P del IRPF alude a personas y no demarcaciones. En resumen, que la corriente solidaria fundamental no se establece entre un territorio rico y otro pobre, sino entre un ciudadano de renta elevada con otro menos solvente, sean de donde sean. Ahora hay una versión vírica de aquella manipulación grotesca, de acuerdo con la cual Aragón o Valencia, al rozarse con Cataluña, la estarían contagiando con un virus extranjero. En consecuencia habría que establecer una separación adecuada, similar a la que se aconseja entre las personas.

    Por eso quizá una de las partes más afortunadas de la intervención del presidente Sánchez el otro día, fue la que se dedicó a resaltar la idea de que es una crisis que afecta a ciudadanos y no a territorios. Aunque sea sorprendente para algún nacionalismo, el contagio se produce entre personas. Al virus le da lo mismo la nacionalidad, la lengua o la identidad, como ha podido comprobar el propio president. Aplica el covid-19 un 155 contagioso sin ningún tipo de miramiento porque no está sometido a prejuicios, y le da lo mismo que lo tachen de centralista o de invadir competencias. No hay forma de pactar con él.

    Periodista

    18 mar 2020 / 00:00
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