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Cacerolas, velas, vacunas y coronavirus

    miente quien diga que le coge por sorpresa el repunte descontrolado de casos de COVID en España –también en medio mundo, en honor a la verdad–. El efecto Navidad pasa factura, inexorable, y los 61.400 contagios del fin de semana pasado hacen añicos el techo de la pandemia y nos devuelven a la pesadilla de la casilla de salida, con cada vez más expertos apuntando a la necesidad de otro confinamiento domiciliario estricto. Sería una medida desesperada, con consecuencias muy serias para la economía y, a la postre, para la buena salud social. Por eso la mayoría de los gobernantes españoles, con la excepción del valenciano Ximo Puig, no quiere oír hablar de otro encierro como el de la primavera horribilis de 2020. A lo que sí deberemos acostumbrarnos más pronto que tarde es a otra vuelta de tuerca –Galicia está en ello– en las restricciones para contener la tercera ola del letal virus, que avanza a lomos de la relajación navideña. Fernando Simón se rasgó este lunes las vestiduras –tarde piaches– y nos recitó las verdades del barquero: que si el verdadero problema es nuestro comportamiento individual y no la tristemente famosa cepa británica, que si “hemos pasado unas vacaciones mejor de lo que deberíamos haber hecho y ahora estamos pagando las consecuencias” (sic), que si nos esperan semanas complicadas antes de que empecemos a ver un horizonte de esperanza –¡aleluya, aleluya!– de la mano de una vacunación masiva que ha empezado a un inaceptable trantrán. ¿Hay alguien que no esperase este demoledor escenario? Los contagios están disparados en quince de las diecisiete comunidades autónomas y nos han puesto en riesgo extremo, bien se ve, sin que podamos culpar a nadie en particular y sí a todos en general. Pertenecemos al club de quienes tienen claro que esta pavorosa crisis sanitaria se combate con restricciones todo lo estrictas que sea necesario, sí o sí, pero también que debemos proteger una economía vampirizada por el coronavirus, si no queremos que millones de trabajadores y miles de empresas caigan al abismo del colapso. Sería un destrozo que ni los ERTE amortiguarían. Ahí está el sector hostelero para recordarnos con cacerolas, velas y ataúdes –así se concentraron frente a la residencia oficial del presidente de la Xunta, la noche del lunes, los desesperados miembros del gremio en Compostela– que otro cerrojazo a la actividad económica desvestiría un santo sin vestir otro. La pregunta del millón es si será posible vencer a la pandemia sin que tengamos que dinamitar los pilares que sostienen el tejido productivo. Tiene que serlo.

    13 ene 2021 / 00:00
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