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El Triunfo y la Derrota

El periodismo es, como el sacerdocio o la milicia, un apostolado. Su ciclo vital se extiende sobre toda la vida. En mi caso nació a los 18 años cuando el joven Alejandro Armesto Buz, entonces redactor-jefe de El Progreso y más adelante presidente de la Agencia Efe, publicó un artículo con mi firma en el que pedía al ayuntamiento monfortino ayuda para crear un club de tenis. Éramos jóvenes y aspirábamos a un futuro mejor. Mi vocación se consolidó al ver mi nombre en letra impresa, convertirme en redactor de la emisora local (hoy RNE), ejercer como corresponsal de Efe y media docena de colaboraciones en otros tantos medios, hasta aterrizar en Santiago fichado por el inolvidable don Feliciano Barrera. Y a partir de ese encuentro, el milagro. Rodando, rodando llegó el año 1984 y tras el fallecimiento del director Juan María Gallego Tato ocupé su lugar... hasta hoy.

Miro atrás en el tiempo, y aunque no hay nada más antiguo que el periódico de ayer afirmo que en esta Casa se han hecho muchas cosas bien. La cara es un historial brillante, que ahí está, a poco que se profundice en su hemeroteca. El resultado que supone haber llegado hasta aquí es fruto de aplicar por el camino los principios elementales de este oficio: rigor, hechos sagrados, opiniones libres, pero también echando mano a la imaginación creativa que rompió moldes, estimuló la puesta en marcha de iniciativas admirables, logró éxitos periodísticos de primer nivel, creó estados de opinión favorables a la convivencia, defendíó a ultranza los intereses de Compostela y por extensión de Galicia, puso en valor las tradiciones y el espíritu que inspiraron a los buenos y generosos, y siempre bajo el lema de la excelencia en el trabajo.

Disfruté del privilegio que me permitió hacer felices a muchas personas, de poner en su sitio a quienes lo merecían, de censurar a los que rompieron las reglas del juego, de ser la conciencia crítica de los demás poderes, de ayudar al desvalido, de ridiculizar a los prepotentes, desvelar lo oculto, denunciar a delincuentes y hasta descubrir los más bajos instintos de la naturaleza humana. Conservo entre mis notas manuscritos reveladores de la metamorfosis de quienes pasaron del más servil peloteo a la denigrante caza de brujas. O como Bruto, acuchillando por la espalda.

Los ciclos de la vida son invariables a lo largo de milenios. Auge, depresión y estancamiento. Ejercer el periodismo en primera línea de fuego ha sido una bendición, y hacerlo durante casi cuarenta años, quizá un récord en España. No cotiza en Bolsa ni aumenta quinquenios, pero enriquece por dentro. Cité las bondades de la cara pero también cargué con la cruz. Incumplir con quienes han mantenido en pie esta cabecera de mil formas diferentes será una pesada carga que me acompañará siempre y por la que pido perdón. A la hora del repaso final afloran los remordimientos. Ocurre como con la metáfora de la quiniela. Cubrirla el viernes es una incógnita; hacerlo el lunes, no tiene mérito. Y aquí procede el aserto de que el único que no se equivoca es quien no hace nada.

La nostalgia continúa siendo lo que era, pero miro hacia atrás sin ira y llego a la conclusión de que mis años (décadas) en esta santa Casa han merecido la pena. La quinta cabecera más antigua de España se incorpora a un grupo mediático líder. Queda en buenas manos. Cuando se cite a EL CORREO será con una base sólida, cimientos firmes y capacidad de crecimiento. No puedo quejarme. Disfrutaré viendo como se perpetúa en el tiempo. Y en relación a mi pase a la reserva activa, siempre me quedará Kipling. Recuerdo sus versos: “si tropiezas al Triunfo, si llega tu Derrota, y a los dos impostores los tratas de igual forma, todo lo de esta tierra será de tu dominio...”.

Pues en esas estamos.

24 ene 2023 / 01:00
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